¡Solo fútbol!

La pasión por el fútbol suele ser despreciada desde determinados ámbitos culturales y políticos, pero este artículo reivindica que el deporte más popular del mundo también puede servir para entender las relaciones de poder, las contradicciones del sistema y algunos de los principales debates políticos y sociales de nuestro tiempo.

21 Jul, 2026 | Estatal, Internacional

Escribe Nacho Martínez
Foto: Lamine Yamal momentos antes de recibir la medalla de oro junto a Gianni Infantino y Donald Trump

Nuestra clase lo ha elegido como su pasatiempo, su forma de evasión y su afición. Es de lo que entendemos, lo que practicamos desde niños y lo que nos permite apreciar la complejidad de un pase al espacio, un regate, una parada o un remate a puerta. Decir que el fútbol son veintidós tipos detrás de un balón es lo mismo que decir que la música clásica son sesenta personas haciendo ruido.

Otros prefieren el ballet, la ópera, la música clásica, la literatura, el golf, la vela u otros deportes, como si la burguesía no los utilizara también en su provecho, apropiándose de todo lo bueno que puedan tener. Todo es política, y un Mundial es la expresión de lo peor del fútbol y del sistema económico, pero también muestra sus contradicciones, el papel del poder, la injusticia para el débil y el favor hacia el equipo «grande».

También enseña mucho de materialismo dialéctico: el colectivo puede ser superior a la suma de las individualidades; la mejor manera de defenderse, en ocasiones, es atacar; un accidente puede jugar un papel decisivo en la historia o en un partido de fútbol; se pueden acumular cientos de pases que parecen no implicar nada, mientras se desgasta al rival hasta llegar al elemento cualitativo del gol, después de todo ese trabajo cuantitativo. Y, sobre todo, que un equipo puede imponerse al brillo de las estrellas de cualquier selección. En la izquierda llevamos años buscando esa estrella sin hacer un «equipo» que se trabaje desde la base.

Hemos visto a un aficionado del Congo homenajear a Lumumba y conseguir que millones de personas se preguntaran quién fue, hasta que le prohibieron viajar por EE. UU. para impedirle su silente homenaje. Hemos visto a Trump quitando una sanción a un jugador de su selección con una simple llamada a Infantino, mandamás de la FIFA. Hemos visto al seleccionador de Paraguay explicar que representan a un equipo «pobre» que lucha con dignidad contra las grandes potencias económicas y futbolísticas del mundo. Hemos visto a Rajoy decir que los negros no son franceses; con ese criterio, tampoco lo serían jugadores como Williams o Lamine Yamal. Hemos visto a un futbolista musulmán con la camiseta de España orando tras ganar un Mundial. Lamine representa lo peor para el españolismo: migrante, de origen pobre, orgulloso de ser de un barrio marginal, negro y, encima, musulmán. Eso último no lo pueden perdonar. España se hizo grande matando «moros».

Y hemos visto a Messi. Nunca asaltará el cielo como hizo Maradona. No se situó detrás de la pancarta, junto a sus compañeros, que reivindicaba las Malvinas como argentinas, ni quiso implicarse públicamente en esa reivindicación. Optó por mantenerse al margen. Para mí, representa a un deportista integrado y al servicio del sistema: evita cuestionarlo y se limita a desarrollar su carrera y a generar ingresos sin realizar críticas políticas. Desde esa perspectiva, tanto Milei como él han quedado en evidencia ante una parte del pueblo argentino.

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