Foto. Néstor Majnó (Makhno) carismático dirigente anarquista ucraniano.

Jaime Arregui

Igual que hace cien años, la burguesía europea camina de la mano de la americana entonando juntas sus cantos de sirena sobre el legítimo derecho de la defensa de las pequeñas naciones. En 1914 eran Bélgica y Serbia, ahora es Ucrania.

Woodrow Wilson, presidente de los Estados Unidos de 1913 a 1921, adoptó una postura de defensa a ultranza del derecho de autodeterminación de los pueblos, al menos sobre el papel. En el fondo, la secesión de pequeños países de sus imperios, debilitaba las viejas potencias europeas en favor de la emergente economía yankee.

Tenían que contrarrestar también las políticas bolcheviques que por primera vez ponían en práctica este derecho en una constitución. Sin embargo, para los líderes de occidente esto no era algo nuevo, era otra forma de llamar a la vieja máxima romana de DIVIDE ET IMPERA.

En la conferencia de Paz de París de 1919, nadie apoyó públicamente el derecho de secesión del pueblo irlandés, que estaba en ese entonces en plena lucha por la independencia. Era inadmisible para los gerifaltes del Imperio Británico, los mismos que habían llenado millones de tumbas con la excusa de defender a “la pequeña Bélgica” cinco años atrás. Hoy sucede algo parecido cuando se defiende con altas palabras el derecho a la soberanía nacional de Ucrania contra la injerencia rusa al mismo tiempo que se vuelve la vista a otro lado cuando Israel lleva a cabo sus matanzas en Gaza, o cuando Marruecos viola de manera sistemática e inmisericorde el derecho del pueblo saharaui. Por no hablar de la interminable lista de hazañas bélicas de los marines americanos y sus súbditos de la OTAN. Por cierto, que Zelenski, de origen judío, nunca ha tenido ni una mala palabra contra los crímenes de Israel.

«Cuando dos poderes con pretensiones imperialistas se enfrentan, nuestra posición no puede estar con ninguno de los dos, si no con el pueblo atrapado entre los bárbaros.»

El “No a la Guerra” ha de sonar de nuevo con más fuerza que nunca. Pero la única manera de acabar con esta guerra es terminar de raíz con el sistema socioeconómico que las provoca: el capitalismo. Este sistema social no se basa en la cooperación entre los pueblos, sino en la competencia por las riquezas y los mercados, y la guerra es su expresión más cruel. Oponerse a la guerra es inseparable de reivindicar los derechos sociales y democráticos, el derecho a una vida digna, frente a los explotadores de todo tipo. Y esa es la tarea de la clase trabajadora en Rusia, en Ucrania y en el resto del mundo, que ha de derrotar al enemigo en casa.

No obstante, el partido principal del gobierno y los medios de comunicación pueden ganar fácilmente la pelea propagandística, dividiéndonos al obligarnos a optar por el Sí o el No sin matices, la postura pro bélica o la pacifista. Al final unos apoyan a la OTAN y otros acaban por decir que el pueblo en armas es malo, lo que llevaría a denostar la reacción popular contra el levantamiento franquista en 1936, que fue lo único que evitó que el alzamiento triunfase en esos días, o que hubiera hecho imposible la Revolución francesa o la lucha por la independencia de los propios Estados Unidos.

Foto. Bombardeo ruso en Jarkov

Cuando dos poderes con pretensiones imperialistas se enfrentan, nuestra posición no puede estar con ninguno de los dos, si no con el pueblo atrapado entre los bárbaros.

¿Acaso no defendemos que la República española tenía derecho a armarse contra el golpe militar del 36? Entonces, al igual que con Irlanda, las potencias occidentales a penas enviaron ayuda al ejército republicano español. Enviar armas a la República suponía alimentar las calderas de la última gran revolución proletaria en Europa.

Quizás es momento de llevar a cabo una maniobra política de aikido, la disciplina marcial japonesa que busca la victoria no a través del enfrentamiento frontal y la humillación del oponente si no a través de redirigir la fuerza de su ataque en beneficio propio.

En lugar de un No rotundo a la cuestión del envío de armamento, aprovechemos esa ventana que se abre para defender nuestras políticas con firmeza.

Apoyemos el derecho a la resistencia armada del pueblo ucraniano para defender su independencia. Apoyemos la resistencia armada de todos los pueblos que son agredidos por el imperialismo. Exijamos garantías de que esas armas sean solo repartidas a organizaciones con un programa como mínimo de carácter democrático.

Las armas no pueden caer en manos de elementos fascistas como el Batallón Azov, una milicia nazi controlada por el ministerio del interior ucraniano. Si no hay garantías de que las armas lleguen de verdad a las manos del pueblo para defender la construcción de un Estado Democrático, limitémonos a enviar medicamentos y comida y a gestionar el traslado de refugiados. Recordemos a la gente que TODAS las víctimas de la guerra tienen derecho a refugiarse de esta.

Captura de emisión en la TV española en la que integrantes del Batallón Azov reciben formación sobre las armas occidentales llegadas a sus manos.
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¿Quiere Pedro Sánchez enviar armas que puedan acabar siendo utilizadas para actos de terrorismo como los perpetrados por los chechenos en los años 90 y 2000 y alimentar una espiral de violencia reaccionaria? Quién sabe lo que pueda pasar si Kiev acaba compartiendo el oscuro destino de Grozny. ¿Quiere Pedro Sánchez adoptar una política exterior Guevarista y empezar a armar a los movimientos anti coloniales del tercer mundo?

Está bien defender la independencia de los países ante un intento de anexión por la fuerza, pero una cosa es ayudar a los seguidores de Néstor Makhno, el legendario líder anarquista que perseguía al galope a los caudillos zaristas sin darles cuartel por los campos ucranianos y que llegó incluso a enfrentarse al Ejército Rojo en varias ocasiones a pesar de compartir un enemigo común. Y otra muy distinta sería ayudar a los seguidores de Stepan Bandera, el jefe del colaboracionismo nazi en Ucrania durante la Segunda Guerra mundial.

Cuando Putin habla de la desnazificación como casus beli, no lo hace de manera gratuita. Sin embargo, enviar jóvenes reclutas al matadero en nombre del viejo Imperio Ruso para reclamar viejos territorios, es tan nazi como atacar a las comunidades rusofonas del Donbás en nombre de una Ucrania mono cultural.

«No dejemos que las mentiras del enemigo nos empujen a un callejón sin salida contra nuestra voluntad. Si entramos en su juego, ellos ganan.»

¿Cómo defender al pueblo ucraniano de las barbaridades que está sufriendo y permitir que seres humanos sean sometidos a una auténtica tortura en las vallas de Melilla o Ceuta, como hemos visto estos días, por el “crimen” de querer escapar de la guerra y la miseria?

Igual que hace cien años, cuando el estallido de los combates hizo caer la Segunda Internacional en lugar de lanzarla a organizar una Revolución Europea, la izquierda actual se divide confundida y atemorizada por el escalofriante retumbar de los tambores de la guerra.

Unos apoyan el esfuerzo bélico de sus amos, otros proponen enfrentarse a ellos solo con buenas intenciones y discursos pacifistas, que poco pueden hacer para frenar los bombardeos de la artillería de Putin sobre los barrios obreros de Kiev, Járkov o Mariúpol. Solo la unión trasfronteriza de la clase obrera puede hacer frente a la Guerra.

Se olvidan de la única vía revolucionaria, la del internacionalismo y la acción de clase continental en contra del Capital financiero internacional y sus esbirros.

Es fácil verse arrastrado por la corriente chovinista que estos días hace que muchos cambien la clase por la nación y se cubran con las pinturas tribales para defender ciegamente el envío de armas a Ucrania. Sin embargo, detrás de esto se esconde también un sentimiento de solidaridad internacional que muchas personas no podemos evitar sentir al ver gente común sufrir el ataque de un ejército de invasión y que la prensa usa en su favor para promocionar oscuros intereses.

No dejemos que las mentiras del enemigo nos empujen a un callejón sin salida contra nuestra voluntad. Si entramos en su juego, ellos ganan. Cuando el enemigo es más fuerte, recordemos las enseñanzas del aikido, tratemos de canalizar esa energía en nuestro favor, sin miedo, con sangre fría e ideas claras.

No a la Guerra. No al Imperialismo. No al capitalismo.

¡Internacionalismo o barbarie!