Cortar cabelleras palestinas

Para Nacho Martínez es necesario "denunciar que esto no va de los malos guerreros indios y de los apacibles, buenos y ‘democráticos’ vaqueros".

14 Oct, 2023 | Internacional

Escrito por Nacho Martínez

Los que peinamos canas, vivimos una infancia marcada por las películas del oeste. Las tardes de sábados y domingos veíamos las batallas de los bienaventurados yanquis contra las malvadas tribus indias.

El sumun de la maldad de sioux, apaches, arapahoes, navajos o cualquier otra tribu era el momento en que cortaban las cabelleras —escalpelamiento— de los civilizados pobladores blancos. La heroicidad de europeos y sus descendientes suponía aceptar el peligro de acabar sin cuero cabelludo, muriendo con terrible sufrimiento.

Normalmente, en un apacible rancho, una familia que se ganaba la vida con el sudor de su frente, era atacada por bárbaros con plumas en la cabeza. Estos saqueaban, mataban, quemaban, incluso secuestraban a niños del hombre blanco. Por suerte, casi siempre había un final feliz, en la que los “vaqueros” vengaban a sus muertos y sometían a los salvajes a su dominio o a la muerte. Eso sí, los “nuestros” mataban a los indios de forma civilizada, sin crueldad y después de intentar otras vías que evitaran la masacre.

Con los años, uno se da cuenta de que la historia real poco tiene que ver con las películas que me hacían vibrar, mis héroes no lo eran, mientras los distintos pueblos indios trataban de resistir al genocidio que sobre ellos se practicaba.

Entre otras muchas consideraciones, y a pesar de que el escalpelamiento pudiera hacerse antes de la llegada de los occidentales en algunas tribus indias, “fuimos” los europeos los que extendimos esta práctica por Norteamérica. Fue en la guerra franco-india en la que los franceses daban recompensas por cada indio muerto. La mejor opción para demostrar que se era merecedor de la recompensa era presentar la cabellera del salvaje muerto. Pesaba menos que la cabeza o cualquiera otra parte del cuerpo y se acreditaba la muerte del salvaje.

Bien, esta costumbre, instaurada por los “civilizados” hombres blancos, acabó por extenderse en muchas tribus como respuesta a lo que ellos habían sufrido previamente. Solo que los indios luchaban por sus vidas, mientras los “vaqueros” y sus aliados lo hacían por dinero o para exterminar a los indios. La crueldad puede ser la misma, los motivos y el origen de las dos violencias son completamente distintos.

El genocidio indio se dio después de múltiples acuerdos con el hombre blanco para tratar de cohabitar pacíficamente. Primero británicos y franceses, después EEUU y Canadá se comprometían a respetar determinados territorios indios. Ya en 1766 se alcanzó la “primera paz”, consecuencia de la Guerra de Pontiac, en la que se acordaba que las tierras al oeste de los Apalaches pertenecían a las tribus indias. Un año después los colonos empezaron a incumplir los acuerdos firmados por ellos, con el inestimable apoyo de los ejércitos imperiales.

Durante todo el siglo XIX, los EEUU se dedicaron a desplazar paulatinamente a las naciones indias desde el Este hacia el Oeste, las más de las veces mediante matanzas, con el uso de la fuerza, o bien mediante acuerdos forzados por la amenaza del exterminio, la traición o la combinación de todas estos elementos.

Se les masacra, literalmente. Por poner un ejemplo, en 1864 el coronel J. M. Chivington convocó a cheyenes y arapahoes en Sand Creek, prometiendo protección a cambio de dejar las armas. A pesar de una bandera blanca, Chivington ordeno matar a 450 indios indefensos sin distinción de su edad o sexo, llegando a mutilarlos cortándoles los genitales.

“Israel, mientras tenga apoyo y financiación de EEUU, intentará expandirse, ya ha ocupado la mayor parte de Palestina, quiere toda. O paramos al monstruo imperialista en la zona o intentará continuar su expansión a Líbano, Siria, Egipto, etc.”

Nacho Martínez

Esto no aparece en las películas, pues haría dudar a los niños sobre quiénes fueron los buenos y los malos en la historia de EEUU. Hoy nadie duda de que el exterminio indio fue un hecho. Muchos intelectuales reconocen los “excesos” de aquella época en ese territorio. Se consideran cosas del pasado, pecados de otra época, los mismos que niegan la crueldad de fuerzas y Estados ocupantes cuando suceden hechos similares en este tiempo y en otros territorios como en Palestina o el Kurdistán.

Ahora no son películas, son telediarios e informativos de todo tipo los que nos muestran a palestinos “cortando cabelleras”, nos muestran sus atentados como prueba del salvajismo y el fanatismo religioso que los mueve. Al igual que en las películas de vaqueros, obvian quién utiliza esa misma violencia, incluso con mayor grado de crueldad, tanto por el número de víctimas como por lo indiscriminado de sus acciones, como por los fines que persiguen unos y otros con la violencia y la crueldad.

No nos explican cómo Israel, con el apoyo de la “comunidad internacional”, va desplazando de sus territorios a los pobladores árabes de Palestina, cómo les han robado territorio, el agua, han derribado sus casas, cómo los torturan, los matan. Lo que nos explican como la mayor de las barbaries —es decir, matar a civiles desarmados, mujeres y niños— es lo que lleva décadas practicando el Estado de Israel. Nadie informa de que la franja de Gaza es un gran campo de concentración controlado y dirigido por Israel.

El cinismo de medios de comunicación, políticos de la derecha y algunos autoproclamados “progresistas” es evidente. Es más, nos dicen que no podemos ser equidistantes, que los malos son los palestinos y el bueno el Estado de Israel que tiene derecho a defenderse. Es más, solo hay un fanatismo religioso, el de Hamas, mientras que Israel es un Estado democrático, obviando el fanatismo religioso y ultraderechista que gobierna en estos momentos.

Nos dicen que tenemos que denunciar las acciones y a las organizaciones terroristas, esos mismos que no denuncian al Estado terrorista de Israel ni condenan sus acciones macabras y genocidas. Es más, muchos de estos elementos jalean y animan al Estado de Israel a “defenderse”, a “acabar con Hamas”, es decir: animan a Israel a continuar con el genocidio.

Pues bien, yo no soy equidistante. No lo soy por un motivo fundamental: odio los crímenes y la violencia, pero no podemos equiparar la de aquellos que la utilizan para practicar un genocidio respecto de los que la utilizan para impedirlo. Hay otros motivos, por ejemplo: el número de muertos, heridos, mutilados y encarcelados es mucho mayor en los palestinos que en los israelitas; además del grado de responsabilidad máximo de Israel para poner fin a la situación de barbarie a la que se empuja a las poblaciones de Gaza o Cisjordania.

Espero que seamos capaces de parar el genocidio y con ello la violencia en Palestina e Israel. La constante expansión del Estado de Israel recuerda a la de EEUU, que es el apoyo fundamental del Estado terrorista. Los norteamericanos empezaron empujando a las tribus del este hacia el oeste, para arrasar a todas ellas. Invadieron y se quedaron en México con los Estados de Texas, Nuevo México y California. Cómo no recordar cómo arrebataron al “imperio español” Cuba y Filipinas, hasta convertirse en el imperio más potente y destructivo conocido en la historia de la humanidad.

Israel, mientras tenga apoyo y financiación de EEUU, intentará expandirse, ya ha ocupado la mayor parte de Palestina, quiere toda. O paramos al monstruo imperialista en la zona o intentará continuar su expansión a Líbano, Siria, Egipto, etc. Hay que obligar a Israel a reconocer el Estado palestino y devolver todos los territorios ocupados ilegalmente según el propio mandato de la ONU. De la misma forma, es necesario resarcir al pueblo palestino por las propiedades expropiadas a sangre y fuego por el sionismo desde la Nakba de 1948.

La guerra y el conflicto en la zona no son inevitables, pero la existencia de un régimen colonial europeo occidental en el corazón de Oriente Medio hace muy difícil cualquier acuerdo. De hecho, ese mismo régimen ha hecho descarrilar la dolorosa solución de los “dos estados”, conduciendo al estado sionista a la consolidación de un apartheid contra la población árabe y a la expansión interminable de los asentamientos coloniales más allá de los acuerdos anteriores. Cualquier solución pasa por el final de ese régimen.

Se puede acabar con la barbarie, para ello lo primero es denunciar que esto no va de los malos guerreros indios y de los apacibles, buenos y “democráticos” vaqueros.

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