Publicamos a continuación la introducción de Alberto Arregui en la nueva edición en castellano de la obra de John Reed «diez días que estremecieron el mundo» que lanzó el colectivo Manifiesto por el Socialismo en 2018. La obra del periodista y revolucionario estadounidense también cuenta con el prólogo de Marina Albiol y Carlos Sánchez Mato.

Nadezhda Krupskaya escribió: «…Leer a Reed no debe ser un ejercicio de nostalgia, sino la constatación de que es posible volver a levantarnos contra la opresión. El ejemplo de que podemos cambiar el mundo a través del socialismo”.

Esa fue una de la máximas de Alberto a la hora de abordar una introducción para la genial obra «Diez días que estremecieron al mundo».

INTRODUCCIÓN: 1917 LA REVOLUCIÓN RUSA

La llama viva de Octubre

Alberto Arregui

Sumergirnos en el alma de la Revolución Rusa de 1917 exige, como condición previa, una práctica de arqueología política; debemos ir apartando todas las capas de sedimentación contrarrevolucionaria que sepultan aquellos acontecimientos revolucionarios.

Debemos retirar cada estrato de tierra sucia que se ha acumulado sobre una de las obras más gigantescas de la historia de la sociedad, uno de los procesos que revelaron hasta qué punto, el ser humano es capaz de liberar fuerzas que podrían cambiar para siempre las relaciones sociales y acabar con las tiranías.

Como decía el más grande arqueólogo marxista de todos los tiempos, Vere Gordon Childe: El marxismo no constituye un conjunto de dogmas acerca de lo que ocurrió en el pasado (esto os ahorraría el trabajo de excavar para descubrirlo) sino un método de interpretación y un sistema de valores.

Así nos proponemos analizar en su contexto histórico tanto el triunfo como la decadencia y degeneración de la revolución de octubre y colaborar a rescatar su incalculable herencia para nuestra generación y las venideras.

Portada de la nueva edición en castellano de «Diez días que estremecieron el mundo»

La Revolución de Octubre

El hecho de mayor trascendencia del siglo XX y uno de los más influyentes de la historia de la sociedad humana, queda descrito en este conciso párrafo del prestigioso especialista en la revolución rusa, Edward Hallet Carr: El 25 de octubre1 la Guardia Roja, formada principalmente por obreros industriales, tomó posiciones estratégicas en la ciudad y avanzó sobre el Palacio de Invierno. Fue un golpe sin sangre. El Gobierno Provisional se vino abajo sin resistencia. Algunos de los ministros fueron detenidos. El primer ministro Kerenski huyó al extranjero.2

Tomando la exitosa frase de John Reed, testigo de imprescindible lectura sobre estos hechos, esos días estremecieron al mundo, y ese estremecimiento tendría consecuencias en el curso de la historia.

La clase obrera, los soldados y campesinos tomaban el poder abriendo las puertas al primer Estado socialista, con el único antecedente histórico de la Comuna de París en 1871. Todo era incertidumbre: Tal vez nadie, excepto Lenin, Trotski, los obreros de Petrogrado y los simples soldados, admitía el pensamiento de que los bolcheviques se sostendrían en el poder más de tres días…3.

Desentrañar los acontecimientos que hicieron posible la revolución de 1917, sus derroteros posteriores y, por fin, el derrumbamiento de la URSS y la reimplantación del capitalismo, es una tarea tan compleja como necesaria. Sin entender tanto la revolución como la contrarrevolución en Rusia no se puede comprender la historia moderna, ni la situación actual. Sería demasiado pretencioso el querer zanjar el tema, pero intentaremos al menos indagar en sus claves de interpretación.

Al abordar esta tarea, es imprescindible llamar la atención sobre la existencia de una diferencia esencial entre la Revolución Francesa de 1789 y la Revolución Rusa del 17: a pesar de la reacción, incluso de la restauración temporal de la monarquía, la revolución francesa jamás retrocedió en la principal de sus conquistas: el cambio en las relaciones de propiedad. Esa revolución, y las demás de la época en la que la burguesía se hizo con el poder, produjeron un cambio irreversible en las relaciones de producción, abrieron las puertas al desarrollo del capitalismo sin retorno al feudalismo. Sin embargo, ese no es el caso de la URSS y las revoluciones posteriores, el capitalismo ha vuelto, y eso sólo puede ser la consecuencia de una gran contrarrevolución ¿Cuándo y cómo se produjo? Este es uno de los desafíos, quizá el principal, al analizar el devenir de la revolución de los soviets. Sin responder a esa cuestión dejaríamos de lado la propia naturaleza del proceso histórico.

Ese reto teórico fue abordado por Trotski, quien fue capaz de prever la hipótesis de la vuelta del capitalismo en su obra La Revolución Traicionada. El ropaje formal que abrió la puerta a esa restauración de los privilegios de una capa de la sociedad frente al resto, fue la teoría del «socialismo en un solo país», que contradecía la concepción de Marx y Lenin (y la propia postura de los bolcheviques, que tenía sus expectativas puestas en la revolución mundial). En esa tesis estalinista, se albergaba en germen la tendencia al restablecimiento de privilegios en la sociedad, una contrarrevolución y a la larga la restauración del fundamento material más sólido de la desigualdad: la propiedad privada de los medios de producción.

John Reed, periodista revolucionario autor de «10 días que estremecieron el mundo»

La gestación de la Revolución

Cien años después, la URSS se ha deshecho, Rusia y todos los países bajo su órbita, incluida la Europa del Este, han vuelto al capitalismo ¿Qué ha sucedido en este siglo, cuáles son las causas, cuáles las consecuencias? Y sobre todo, cuál es el legado de la Revolución de Octubre.

Una revolución es un hecho excepcional en la historia de la humanidad, la Revolución Inglesa, la Francesa o la Rusa, siguen siendo motivo de estudio y de polémica en nuestros días, pues han marcado el cambio de épocas, han sido el producto de una larga gestación, y han dejado huellas indelebles en nuestras sociedades. El «momento» de la revolución concentra todas las fuerzas en conflicto, la dinámica interna de la sociedad, pero no es sino el acto de la culminación del cambio en la correlación de fuerzas; lo que tiene mayor importancia aún es el proceso que la ha hecho posible. Digamos que es como un parto de la historia, pero necesitamos comprender sobre todo la fecundación, y después el proceso de la gestación. El paralelo es evidente.

«Las conciencias individuales sufren una transformación radical, los ritmos, el aprendizaje, la conciencia colectiva, alteran las leyes por las que habitualmente se rige el comportamiento humano. Quien haya participado en una huelga, una guerra o un movimiento social, habrá tenido la ocasión de comprobar cómo se transforma la mentalidad de las personas de una manera colectiva y brusca.»

La historia se mueve por leyes semejantes a la naturaleza, encontramos en ellas los elementos dinámicos que la harán moverse, evolucionar, retroceder, estancarse, estallar… pero siempre por el movimiento creado dentro de la propia sociedad en su relación interna y en su relación con la naturaleza. El ser humano es el producto de sus condiciones de existencia, sin la sociedad ni siquiera sabríamos hablar. En palabras de Marx: el ser social determina la conciencia.

Y en el lenguaje de la historia, en las revoluciones se escriben las páginas más brillantes. La Revolución Rusa es el párrafo más preclaro del lenguaje humano en el siglo XX, y quizá en toda su historia social.Aunque sólo fuese porque el presente es el producto del pasado y de las aspiraciones de futuro, estamos obligados a entender esas revoluciones si queremos comprender nuestro tiempo.

El motor interno es el choque entre las necesidades del progreso de las fuerzas productivas y las estructuras sociales que son una construcción del pasado. Se trata de la oposición entre una clase social ascendente y una clase social decadente pero que detenta el poder; en esas circunstancias la evolución se ve limitada por un exoesqueleto esclerotizado que le impide crecer, al igual que en un cangrejo. La elasticidad de esas instituciones es limitada y llega un momento en que son rasgadas por las fuerzas que crecen en su seno. Entonces la lucha es irreconciliable; o bien la clase social ascendente alcanza el poder y pone las estructuras de la sociedad, el Estado, a su servicio o las viejas clases dominantes, que controlan el Estado, aniquilan la fuerza progresista que pugna por imponerse provocando un retroceso en la marcha de la historia.

Una revolución es siempre el rechazo de lo existente, porque se crea un malestar insoportable en la sociedad. Las masas no van a la revolución con un plan preconcebido de la sociedad nueva, sino con un sentimiento claro de la imposibilidad de seguir soportando la sociedad vieja.4

Las conciencias individuales sufren una transformación radical, los ritmos, el aprendizaje, la conciencia colectiva, alteran las leyes por las que habitualmente se rige el comportamiento humano. Quien haya participado en una huelga, una guerra o un movimiento social, habrá tenido la ocasión de comprobar cómo se transforma la mentalidad de las personas de una manera colectiva y brusca. En sólo unos días, o semanas, se pueden producir transformaciones que no se han dado en muchos años, y no son consecuencia directa de leer un libro, de escuchar una charla o de ver un programa de televisión sino que, en lo fundamental, son el producto directo de la vida, de la propia experiencia. A diferencia del pensamiento vulgar, del idealismo filosófico, que considera que «primero hay que cambiar la mentalidad de las personas» para después cambiar la sociedad, el materialismo dialéctico ha desentrañado este proceso en el que las conciencias de los individuos y de las clases sociales se transforman radicalmente en relación a los acontecimientos vividos. Marx lo resumió en una fórmula magistral: el cambio de la conciencia «de clase en sí, a clase para sí»; es decir de un colectivo social que simplemente es consciente de su existencia, se transita a tener consciencia de unos intereses comunes, que les vinculan como clase, enfrentados a otra clase social antagónica.

Y si algunos piensan que el 15 M, o la huelga general del 14 D del 88, cambiaron las conciencias, no es más que un balbuceo comparado con el efecto de una revolución. Sólo la revolución produce el cambio necesario para emprender la construcción de una nueva sociedad, y no nos referimos sólo al cambio material de las relaciones entre las clases o del poder del Estado, sino sobre todo al cambio en las conciencias que hará posible tan gigantesca tarea: La revolución no sólo es necesaria porque la clase dominante no puede ser derrocada de otro modo, sino también porque únicamente por medio de una revolución logrará la clase que derriba salir del cieno en que se hunde y volverse capaz de fundar la sociedad sobre nuevas bases.5

Nada que ver con las concepciones gradualistas, con ese imaginario evolucionismo progresivo y constante. Las revoluciones son una necesidad histórica en el sentido más profundo del concepto «necesidad», por ello son excepcionales, pero también reiteradas.

Lenin y Trostki en un mitín frente al Teatro Bolshói de Moscú.

Las instituciones sociales y las relaciones de producción

Le mort saisit le vif6, citaba Marx, para dar a entender hasta qué punto las instituciones sociales, las normas establecidas en la sociedad por las generaciones pasadas determinan nuestras vidas. En su «18 Brumario», afirma: Las generaciones muertas oprimen como una pesadilla los cerebros de los vivos.

«La Revolución Francesa hizo estallar las relaciones feudales que constreñían el desarrollo histórico, pero la tarea de la Revolución Rusa fue la de hacer volar por los aires a un tiempo las relaciones feudales, y una burocracia estatal más caracterizada por el despotismo asiático, y las relaciones capitalistas.»

Sólo una revolución es capaz de romper esas cadenas de la estructura y de la superestructura, las de hierro y las de la psique, pues la organización de la sociedad no está construida para facilitar su cambio, sino para todo lo contrario, para preservar la superestructura política que garantiza el mantenimiento de la estructura económica, como una unidad. En otras palabras, las instituciones sociales, (parlamentos, ayuntamientos, dumas, cortes, tribunales, cuerpos policiales…) están diseñadas para que la minoría que domina la sociedad tenga garantizado ese dominio. Las instituciones les sirven para regular esa relación de dominación y, en caso necesario, como válvula de escape que reduzca la presión social.

La Revolución Francesa hizo estallar las relaciones feudales que constreñían el desarrollo histórico, pero la tarea de la Revolución Rusa fue la de hacer volar por los aires a un tiempo las relaciones feudales, y una burocracia estatal más caracterizada por el despotismo asiático, y las relaciones capitalistas. La expresión más acabada, en la práctica, del análisis de Marx y Engels sobre lo que ellos mismos denominaron «la revolución permanente»:

Las peticiones democráticas no pueden satisfacer nunca al partido del proletariado. Mientras la democrática pequeña burguesía desearía que la revolución terminase tan pronto ha visto sus aspiraciones más o menos satisfechas, nuestro interés y nuestro deber es hacer la revolución permanente, mantenerla en marcha hasta que todas las clases poseedoras y dominantes sean desprovistas de su poder, hasta que la maquinaria gubernamental sea ocupada por el proletariado y la organización de la clase trabajadora de todos los países esté tan adelantada que toda rivalidad y competencia entre ella misma haya cesado y hasta que las más importantes fuerzas de producción estén en las manos del proletariado.

Para nosotros no es cuestión reformar la propiedad privada, sino abolirla; paliar los antagonismos de clase, sino abolir las clases; mejorar la sociedad existente, sino establecer una nueva.7

1905: el ensayo general

Existe la creencia de considerar la Revolución Rusa como una consecuencia exclusiva de la guerra mundial, pero es una apreciación incompleta. La relación es indudable, pero la revolución ya latía en la sociedad rusa mucho tiempo antes.

En 1905 se vivió una revolución contra la autocracia zarista que sería vista por Lenin y Trotski como «un ensayo general» de la del 17. El secular retraso de la sociedad rusa, donde la servidumbre no fue abolida hasta el año 1861, mantenía relaciones feudales en el campo y una burocracia típica del despotismo asiático, en combinación con los centros fabriles más populosos del mundo. Aunque fue ahogada en sangre y represión, la experiencia de esta revolución fue determinante no sólo para la conciencia de la clase obrera sino especialmente para que los futuros dirigentes de la revolución socialista obtuviesen las lecciones decisivas de cómo encarar una nueva situación revolucionaria.

En cuanto a las masas, la confianza supersticiosa que pudiese existir en la iglesia y en la autocracia zarista sufrió un golpe mortal en la famosa jornada del «Domingo sangriento», el día 9 de enero de 1905, cuando se concentraron en una manifestación que más parecía una procesión, agrupados tras el «Pope Gapón», el sacerdote ortodoxo que llevaba al «padrecito» Zar las peticiones de su pueblo. Los sables y las balas de la represión zarista disiparon con sangre la ingenuidad de ese movimiento de súplica, para convertirlo en desesperación y rabia. El campo quedaba abonado para los elementos revolucionarios que habían formado parte de ese movimiento y tomaron la dirección de las jornadas siguientes.

Por otro lado, en 1905 se despejaron los campos en combate, pues la «burguesía democrática», mostró muy a las claras que, como en todo el mundo y en todas las revoluciones, temía más a la clase obrera y el campesinado ruso que a la autocracia, y traicionó el movimiento a la primera de cambio. Lo que facilitó la organización independiente de trabajadores y campesinos ayudando a desligarse de los partidos burgueses en el futuro.

Y por fin, y quizá lo más importante, esa revolución engendró los «soviets» (consejos), el instrumento fundamental de la revolución, el órgano más democrático jamás construido por un proceso social; con representación de todos los sectores en lucha, organizador de las huelgas y de la revolución, auténtico contrapoder frente al poder oficial del sistema.8

Especialmente en Petrogrado, donde Lev Davídovich Bronstein (León Trotski) fue su presidente, el soviet ejerció de auténtico gobierno de las masas, y aunque fueron apresados, juzgados y condenados al exilio en Siberia, la experiencia acumulada fue decisiva para el éxito de la revolución. Rosa Luxemburgo, en su escrito Huelga de masas, partido y sindicatos, expresaría con genialidad las lecciones de la revolución de 1905, que se verían confirmadas en 1917: El brusco levantamiento general del proletariado en enero, desencadenado por los acontecimientos de San Petersburgo, fue, en su acción exterior, un acto político revolucionario, una declaración de guerra al absolutismo. Pero esta primera lucha general y directa de las clases tuvo un impacto aún más poderoso en su interior, despertando por primera vez, como una sacudida eléctrica, el sentimiento y la conciencia de clase en millones y millones de individuos (…). El absolutismo deberá ser derribado en Rusia por el proletariado. Pero el proletariado necesitará para ello un alto grado de educación política, conciencia de clase y organización. No puede aprender todo esto en folletos o en octavillas, sino que adquirirá esta educación en la escuela política viva, en la lucha y por la lucha, en el curso de la revolución en marcha.

Columna de hombres y mujeres. Octubre de 1917.

La guerra y la revolución

Un período de negra contrarrevolución siguió a la derrota, especialmente de 1908 a 1911, pero el desarrollo económico, la afluencia de nueva clase obrera y las condiciones sociales en Rusia, hicieron renacer el movimiento huelguístico y político de la clase obrera rusa, y en el primer semestre de 1914, antes de iniciarse la guerra, existía un claro ascenso de la lucha revolucionaria, que fue cortado de raíz con la movilización de las tropas y el desplazamiento al frente de los obreros huelguistas. Pero si en un principio la guerra cortó el proceso, en los años siguientes se convirtió en su más poderosa palanca, ya que las ideas de los agitadores bolcheviques iban ganando miles de adeptos con cada acontecimiento, tanto en el frente como en las ciudades.

Las bajas en el Ejército ruso, en torno a dos millones y medio, sumaban más que las de cualquier contendiente. Los campesinos se hicieron cada vez más sensibles a las proclamas de los obreros revolucionarios, y la consigna de la paz se extendió como un reguero de pólvora.

En el campo la miseria era sangrante, y en las ciudades la escasez y la carestía crecientes hacían difícil la vida de las familias obreras. En ese ambiente se estaban gestando los tres fundamentos sobre los que se elevó la revolución: el germen de una guerra campesina, una descomposición del Ejército, y una dirección de esa lucha encarnada por el proletariado de las grandes ciudades.

La revolución de Febrero

La tensión en la sociedad había crecido hasta un punto insoportable, y prueba de ello fue que las jornadas decisivas de la revolución se desataron desde abajo, sin un llamamiento previo, cuando con ocasión del día de la mujer trabajadora, e incluso contra el criterio de los bolcheviques, las obreras y obreros de Petrogrado declararon la huelga el 23 de febrero (8 de marzo).

Si algo diferencia un período revolucionario de la historia es la irrupción de las masas, de la gente común, de la clase social oprimida y ascendente, en los asuntos públicos intentando tomar en sus manos su propio destino. Ya no es el parlamento, el rey, ministros y banqueros quienes dirigen la vida de la sociedad, es la clase de los desposeídos que invade las calles, que paraliza la vida económica tomando conciencia de su poder sobre la sociedad, que avanza en su confianza y se identifica como clase con unos intereses comunes frente a un adversario común y que, en definitiva eso es lo más importante, pone sobre el tapete la cuestión acerca de quién manda, quién es el detentador del poder.

«A diferencia del 1905, el Comité Ejecutivo del Soviet, no era el resultado de un proceso desde la base, sino que había comenzado al revés: primero se constituyó el Comité, antes de que hubiese un proceso de elecciones de representantes.»

Significativamente, fueron las obreras del sector textil las que, sin ningún plan previo, con espontaneidad, iniciaron el movimiento huelguístico al que cada día se sumaron nuevos sectores de la clase obrera y que acabaría derrocando la autocracia zarista. Un proletariado educado en ideas marxistas y con la experiencia de 1905 supo tomar la iniciativa, crear dirigentes en la propia lucha y cohesionarse supliendo la falta de organización.

Cuando tras varios días de huelga y movilización en Petrogrado, se intenta utilizar a los soldados contra el pueblo, ante la firmeza de mujeres y hombres que se dirigen a ellos y les hablan pidiendo ayuda, una parte de los soldados vuelven sus bayonetas contra la policía y el huracán revolucionario adquiere una confianza infinita en sí mismo, se hace invencible, el movimiento huelguístico ha dado paso a un vendaval revolucionario.

Se producen crisis en todos los batallones, pero en día 27 ya se están inclinando del lado de los revolucionarios, decidiendo la suerte de la batalla, y la lucha se extiende a Moscú y otras ciudades.

La noche del día 27, en el Palacio de Táuride, se reunía el Comité Ejecutivo del Soviet, enlazando con la experiencia de organización de la revolución de 1905. El poder real estaba en sus manos, los batallones del Ejército, el telégrafo, los ferrocarriles, las imprentas… esperaban y respondían a las indicaciones que emanaban del soviet.

Pero este organismo estaba compuesto por toda una heterogénea variedad política, en la que los bolcheviques eran minoría, y pronto dedicó sus esfuerzos no a tomar el poder en sus manos, sino a exigir que los miedosos y traidores elementos de la burguesía rusa, que habían permanecido al margen de la lucha, tomasen la responsabilidad del gobierno, a través del Comité Provisional que habían elegido los diputados de la Duma, que había sido disuelta por el Zar.

La mayoría de los trabajadores siguen a sus líderes espontáneos y, por supuesto, a los bolcheviques9 en la lucha contra el zarismo, pero aún no son capaces de distinguir las diferencias respecto a los demás elementos que se presentan como socialistas. Ellos se ponían a disposición del Soviet, y era este mismo Soviet quien entregaba el poder a la burguesía.

El argumento que se utilizó esos días, que no sería vencido hasta mucho después y que fue aceptado incluso por algunos sectores de los bolcheviques, era simple y directo: ya que se trataba de una revolución democrático burguesa, los socialistas no podían comprometerse en la toma del poder, porque esa tarea le correspondía a la burguesía.

La cooperación con el Gobierno Provisional era la conclusión de este punto de vista, que compartían los dos primeros bolcheviques que regresaron a Petrogrado: Kamenev y Stalin. La dramática llegada de Lenin a Petrogrado a comienzos de abril hizo añicos este precario compromiso.10

Así se constituyó el gobierno presidido por el príncipe Lvov, un gobierno que encarnaba los intereses de terratenientes y burgueses, despertando recelos, desde el primer momento, en las masas que sólo veían al ministro Kerensky, diputado en la Duma y moderado, aunque vinculado a los «eseristas»11, como enlace de las aspiraciones de la revolución. A diferencia del 1905, el Comité Ejecutivo del Soviet, no era el resultado de un proceso desde la base, sino que había comenzado al revés: primero se constituyó el Comité, antes de que hubiese un proceso de elecciones de representantes. Esto imprimió el carácter de sus primeras actuaciones, señaladamente la de ceder el poder a la burguesía.

Las Tesis de Abril

Lenin, aún en Suiza el 6 de marzo, había enviado un telegrama: Nuestra táctica: desconfianza absoluta, negar todo apoyo al nuevo gobierno; recelamos especialmente de Kerensky; no hay más garantía que armar al proletariado; elecciones inmediatas a la Duma de Petrogrado; mantenerse bien separados de los demás partidos.

Mientras tanto, los dirigentes del partido bolchevique mantienen una confusión e inercia peligrosa que les lleva a dar apoyo al gobierno burgués e incluso llegan a oponerse al derrotismo revolucionario respecto a la guerra. Lenin ha comprendido que la fase democrática de la revolución está superada, que o bien se llevaba la revolución hasta el final, con el programa del control de la clase obrera y el socialismo, o bien se produciría una cruel reacción.

El día 3 de abril llega a Petrogrado y se encuentra en minoría absoluta ante el resto de los dirigentes bolcheviques con sus famosas Tesis de Abril. En unas pocas páginas resume el análisis de la situación, caracteriza la revolución y plantea las tareas inmediatas. Es quizá el escrito revolucionario más importante y más brillante de Lenin, y una pieza esencial del marxismo. En plena vorágine revolucionaria, es capaz de elevarse y sobre la cima de la teoría entender la situación y marcar el rumbo, y en unos días ganar la mayoría del partido, pues sus tesis conectan con el sentimiento revolucionario de la militancia bolchevique.

«Sin la comprensión de las teorías de la revolución permanente y el desarrollo desigual y combinado, no era posible comprender la revolución»

Años más tarde, en 1921, el propio Lenin resumió de forma genial el contenido de su posición: Mas, a fin de consolidar para los pueblos de Rusia las conquistas de la revolución democrática burguesa, nosotros debíamos ir más lejos y así lo hicimos. Resolvimos los problemas de la revolución democrática burguesa sobre la marcha, de paso, como «producto accesorio» de nuestra labor principal y verdadera, de nuestra labor revolucionaria proletaria, socialista. Hemos dicho siempre que las reformas son un producto accesorio de la lucha revolucionaria de las clases. Las transformaciones democráticas burguesas -lo hemos dicho y lo hemos demostrado con hechos- son un producto accesorio de la revolución proletaria, es decir, socialista. Digamos de paso que todos los Kautsky, los Hilferding, los Mártov, los Chernov, los Hillquit, los Longuet, los MacDonald, los Turati y demás héroes del marxismo «II y medio» no han sabido comprender esta correlación entre la revolución democrática burguesa y la revolución proletaria socialista. La primera se transforma en la segunda. La segunda resuelve de paso los problemas de la primera. La segunda consolida la obra de la primera. La lucha, y solamente la lucha, determina hasta qué punto la segunda logra rebasar a la primera.

El régimen soviético es precisamente una de las confirmaciones o manifestaciones evidentes de esta transformación de una revolución en otra. El régimen soviético es el máximo de democracia para los obreros y los campesinos y, a la vez, significa la ruptura con la democracia burguesa y el surgimiento de un nuevo tipo de democracia, de alcance histórico universal: la democracia proletaria o dictadura del proletariado.12

Sin el «giro de Lenin», sin este brillante análisis, no sabemos si hubiese sido capaz de reaccionar el partido. Pero su llamamiento se apoyaba en varios factores que hicieron posible que prendiese entre los bolcheviques como el fuego en la hierba seca de la llanura: las condiciones revolucionarias en primer lugar, que estaban delimitando los campos y empujando a la confrontación abierta sin dejar lugar para la conciliación de clases, y también, la educación de los cuadros del partido bolchevique, que a pesar de las dudas y errores de Kamenev, Zinoviev o Stalin, se inclinaron rápidamente por la tesis de Lenin. En lo fundamental, venían a coincidir con lo que Trotski había defendido ya en su balance de la revolución de 1905: la tesis de Marx y Engels, de que la revolución democrática debía convertirse en revolución socialista una vez comenzado el proceso y que no podría pararse en una etapa artificial de «democracia burguesa».

Incluso tras el triunfo de los bolcheviques y la toma del poder, una buena parte de los «teóricos marxistas», no entendían lo que había pasado. Un buen ejemplo de ello fue Gramsci, que llegó a titular su artículo sobre este hecho como La Revolución contra el Capital, llegando a decir que El Capital de Marx era, en Rusia, el libro de la burguesía más que el de los proletarios, y afirmando que habían triunfado porque no habían seguido los análisis de Marx, ya que, según él, Marx no había previsto la posibilidad de una revolución proletaria en Rusia. Craso error, el escritor italiano no sólo no entendía la revolución permanente (de hecho negó este concepto marxista en su obra) sino que además no había leído, posiblemente, entre otras cosas, estas líneas: El Manifiesto Comunista se propuso como tarea proclamar la desaparición próxima e inevitable de la moderna propiedad burguesa. Pero en Rusia, al lado del florecimiento febril del fraude capitalista y de la propiedad territorial burguesa en vías de formación, más de la mitad de la tierra es posesión comunal de los campesinos. Cabe, entonces, la pregunta: ¿podría la comunidad rural rusa —forma por cierto ya muy desnaturalizada de la primitiva propiedad común de la tierra— pasar directamente a la forma superior de la propiedad colectiva, a la forma comunista, o, por el contrario, deberá pasar primero por el mismo proceso de disolución que constituye el desarrollo histórico de Occidente?

La única respuesta que se puede dar hoy a esta cuestión es la siguiente: si la revolución rusa da la señal para una revolución proletaria en Occidente, de modo que ambas se complementen, la actual propiedad común de la tierra en Rusia podrá servir de punto de partida para una evolución comunista.13

Sin la comprensión de las teorías de la revolución permanente y el desarrollo desigual y combinado, no era posible comprender la revolución y mucho menos afrontar las dificultades a las que se vería sometida.

La ruptura con la herencia de Lenin y el abandono del marxismo, por parte del estalinismo, traería más tarde la nefasta «teoría» del socialismo en un solo país, abandonando el internacionalismo que había sido la médula del bolchevismo. No sólo eso, teorizaron «la revolución por etapas», que justificaba dejar de luchar por el socialismo si había un gobierno burgués «democrático», pues se concebían como etapas estancas del proceso revolucionario. En definitiva, el error de Stalin y Kamenev al apoyar al gobierno provisional de febrero, se convirtió en política oficial de los partidos comunistas en todos los países. Las consecuencias fueron un desastre, especialmente en la revolución española, pero también en la China del 25-27, Alemania, y otras revoluciones.

Lenin y Trostki durante la revolución

Las Jornadas de Julio

El gobierno provisional, trataba de salvar lo más posible del viejo régimen zarista y no daba satisfacción a ninguna de las reivindicaciones principales de la revolución de febrero, la vida se encarecía, los suministros escaseaban, la reforma agraria no llegaba y la guerra continuaba. Durante el mes de abril se produjeron graves conflictos laborales, pero la autoridad del soviet intervenía para ponerles freno.

En mayo, se produce una maniobra política que supone un intento claro de echar la revolución atrás, de establecer un enlace entre los representantes de los dos poderes: el gobierno, que representaba a la burguesía, y el soviet, que representaba a la clase obrera y los soldados, a través de un gobierno de coalición. La idea tuvo apoyo, pues los activistas pensaban que si en lugar de un ministro «socialista» había más, el gobierno respondería a sus demandas. La intención no era esa, sino la de ir eliminando la situación de doble poder, dejando al gobierno más libertad de acción para continuar la guerra y plegarse a las exigencias de las potencias aliadas.

«Se abre un período de represión, se arrasa la imprenta del partido de la revolución, se persigue, asesina o detiene a los dirigentes. Lenin tiene que huir, Trotski y otros muchos son detenidos y encarcelados.»

El gobierno cometió un grave error de cálculo; tras dar cabida en el mismo a más ministros de izquierdas, pensó que podría arriesgarse y en una huida hacia adelante, enviando a Kerensky a hacer el trabajo sucio, preparó una nueva ofensiva en el frente, que comenzó en junio y se prolongó durante el mes de julio. El resultado fue el hundimiento del frente y la deserción en masa de los batallones, que no querían seguir la guerra imperialista y se volvían contra sus oficiales. Lo que consiguió esta ofensiva fue mostrar la incapacidad del gobierno y acelerar el proceso de descomposición del Ejército, generando una situación insostenible. La tensión social es tan insoportable que a pesar de que los bolcheviques intentan esperar más, pues consideran correctamente que aún no se dan las condiciones para un triunfo de una insurrección armada, su estallido es inevitable.

El partido bolchevique ya había alcanzado una representatividad decisiva, sólo en Petrogrado contaba a finales de junio con 32.000 miembros, cuatro veces más que la militancia total en toda Rusia en febrero. Su consigna de «Todo el poder a los soviets» había prendido en la conciencia de millones de obreros y soldados. Sin embargo, a pesar de su incremento y su gran influencia, seguían siendo una minoría en los soviets.

En junio se había reunido el Congreso de los Soviets en Petrogrado, y de un total de 820 delegados, se declararon bolcheviques 105, mientras que 243 dijeron ser mencheviques y 285 socialrevolucionarios (eseristas). Pero la impaciencia de los soldados no entendía de porcentajes, ni de esperas, no podían más y estallaron desoyendo no sólo a mencheviques y eseristas, sino incluso a los propios bolcheviques que consideraban que aún no era el momento de una insurrección. Los soldados estaban impacientes por llevar la revolución hasta el final, por alcanzar la paz, y sobrevaloraban el poder de sus bayonetas, no comprendiendo que aún no se había producido la ruptura necesaria de la mayoría, respecto al gobierno provisional. La clase obrera, contagiada por el movimiento de los soldados salió también a la lucha.

El partido bolchevique, dando una lección de cómo se comporta una dirección revolucionaria que une su destino al de su clase, a pesar de no compartir la oportunidad de la lucha se puso al frente, una vez que comprendió que era inevitable. Así el partido trataba de minimizar las pérdidas, organizar el repliegue y contribuir a que se obtuviese experiencia para próximas batallas. Ni ellos mismos podían comprender aún lo determinante que sería esta actitud para conquistar en el futuro la confianza de las masas. Las calles de Petrogrado se llenaron de manifestantes que exigían «¡Abajo los 10 ministros capitalistas!», «¡Todo el poder a los soviets!». Qué magnífica expresión del instinto revolucionario de obreros y soldados, pero fallaba lo esencial para que esta manifestación se convirtiese en insurrección y pasase a la toma del poder; las masas querían que la situación de doble poder se resolviese a favor del soviet, no soportaban más la guerra, las falsas promesas, las traiciones, pero el soviet no quería el poder, más bien al contrario, el Comité Ejecutivo del Soviet había estado haciendo todo lo posible para que el poder real recayese en manos del gobierno provisional.

Esta es la gran paradoja de la revolución, de todas las revoluciones: cuando las masas asimilan una idea quieren ponerla en práctica de manera inmediata, no entienden por qué se debe esperar a resolver algo tan urgente, la muerte en los frentes, la miseria en el campo, el desabastecimiento en las ciudades… Sobre todo cuando antes han tenido una experiencia victoriosa, entonces el espontaneismo se une a la ingenuidad y a la impaciencia, y una dirección consciente, con autoridad, es más necesaria que nunca. No desde la barrera, sino siendo parte del mismo movimiento.

La gran lección de la Revolución Rusa, que hemos visto en todas las revoluciones, es que existen dos frentes de batalla, por un lado el enfrentamiento abierto entre la revolución y la reacción, pero por otro lado, y decisivo, el combate por la hegemonía en el propio campo revolucionario. Así fue desde el primer momento, pero conforme avanza la revolución la lucha entre los bolcheviques, que son los únicos que aspiran a llevar la revolución hasta el final, y los conciliadores, que aspiran a una quimera de «democracia burguesa», se convierte en la lucha decisiva. Desde julio a octubre, es una lucha a muerte, quien consiga la mayoría en los soviets, decidirá el destino de la revolución.

Los bolcheviques, que han tomado la vanguardia de la lucha en julio, tratan de organizar un repliegue ordenado, y en gran parte lo consiguen. Pero la reacción intenta asestar un golpe definitivo, acuden tropas a Petrogrado a las que previamente se les ha dicho que Lenin es un agente alemán, que los bolcheviques con la lucha interna harán perder la guerra, y favorecen al Ejército alemán (los mismos argumentos que hemos visto usar en otras revoluciones contra los más consecuentes revolucionarios). Se abre un período de represión, se arrasa la imprenta del partido de la revolución, se persigue, asesina o detiene a los dirigentes. Lenin tiene que huir, Trotski y otros muchos son detenidos y encarcelados.

Kornilov en agosto

Las fuerzas reaccionarias tienen prisa por ahogar del todo la revolución y, una vez más, tomando la idea de Marx, un golpe de la reacción puede actuar como espuela de la revolución, y así sucedió con el intento de golpe de Estado dirigido por el general Kornilov.

Las luchas de julio habían traído también una crisis en el gobierno, que llevó a que Kerensky fuese alzado a su presidencia a finales de mes. Ahora, quien se impacientaba eran las fuerzas reaccionarias, el partido Kadete (demócratas constitucionalistas) y el alto mando del Ejército, que exigían medidas drásticas en el frente y en la retaguardia, blandiendo el patriotismo y exigiendo la reinstauración de la pena de muerte. El choque decisivo entre revolución y contrarrevolución se aproximaba.

A finales de agosto, tras la caída de Riga en manos del Ejército alemán, el general Kornilov, conchabado con parte de los ministros, se dirigía a Petrogrado para implantar una dictadura. Kerensky, que había coqueteado con el generalísimo golpista, se ve obligado a oponerse pero son los bolcheviques quienes destacan ante los ojos de las masas. De pronto toda la propaganda que les había acusado de agentes alemanes, que justificaba la persecución y apresamiento, aparece a los ojos de obreros y soldados como una pieza de la preparación del golpe de Estado de Kornilov. Los bolcheviques conquistan el corazón de la clase obrera y de los soldados, no sólo su mente. A partir de la derrota de Kornilov, son sangre y carne de la revolución. Desde febrero un proceso molecular de cambio de la conciencia colectiva se estaba fraguando bajo la superficie, ahora las complejas piezas de la turbulencia revolucionaria encajaban de pronto y se producía un cambio cualitativo que irrumpía en la superficie con una fuerza arrolladora, imparable. Se unía la fuerza de las masas revolucionarias y una dirección audaz dispuesta a tomar el cielo al asalto.

Como escribió John Reed: La única razón del inmenso éxito de los bolcheviques reside en que cumplieron los profundos y simples deseos de las más vastas capas de la población, llamándolas al trabajo para destruir y barrer lo viejo para erigir luego con ellas, sobre el polvo de las ruinas demolidas, el armazón del mundo nuevo.14

En septiembre, Lenin dirige una carta al Comité Central, donde expone claramente las condiciones para la toma del poder que aparece como una tarea inmediata: Para poder triunfar, la insurrección debe apoyarse no en una conjura, no en un partido, sino en la clase más avanzada. Esto en primer lugar. La insurrección debe apoyarse en el auge revolucionario del pueblo. Esto en segundo lugar. La insurrección debe apoyarse en aquel momento de viraje en la historia de la revolución ascensional en que la actividad de la vanguardia del pueblo sea mayor, en que mayores sean las vacilaciones en las filas de los enemigos y en las filas de los amigos débiles, a medias, indecisos, de la revolución. Esto en tercer lugar. Estas tres condiciones, previas al planteamiento del problema de la insurrección, son las que precisamente diferencian el marxismo del blanquismo.

Y añade, para afirmar no sólo la capacidad de triunfar, sino también la necesidad de hacerlo: Contamos con todas las premisas objetivas para una insurrección triunfante. Contamos con las excepcionales ventajas de una situación en que sólo nuestro triunfo en la insurrección pondrá fin a unas vacilaciones que agotan al pueblo y que son la cosa más penosa del mundo; en que sólo nuestro triunfo en la insurrección dará inmediatamente la tierra a los campesinos; en que sólo nuestro triunfo en la insurrección hará fracasar todas esas maniobras de paz por separado, dirigidas contra la revolución, y las hará fracasar mediante la oferta franca de una paz más completa, más justa y más próxima, una paz en beneficio de la revolución.

Los soviets

Los soviets de obreros, campesinos y soldados, son la más genuina creación de la revolución rusa, a partir de entonces, toda táctica revolucionaria debe contar necesariamente con esta expresión genial de la capacidad de la clase obrera de engendrar una nueva sociedad. El soviet unido a la huelga de masas como método de agrupar, concienciar y hacer consciente a la clase obrera de su fuerza potencial, son los dos pilares sobre los que necesariamente se sustenta cualquier movimiento socialista revolucionario.

Una organización ágil, muy superior a la democracia representativa. Sin este instrumento no hubiese sido posible la Revolución de Octubre, pues fue el vehículo que llevó a que los bolcheviques conquistasen la mayoría, cuando en febrero eran una minoría, que no pasaba de 8.000 militantes.

«Una revolución se decide no sólo en el enfrentamiento entre los campos antagónicos, sino en el seno de las fuerzas contendientes. Es una ley en toda revolución…»

No sólo eran un órgano de representación, con miembros elegibles y revocables en cualquier momento, sino que intervenían en todo tipo de asuntos, en los transportes y comunicaciones, como en la dirección de las fuerzas armadas, en asuntos económicos y judiciales. Fueron los soviets los que respondieron a la exigencia de las luchas decretando la jornada de 8 horas o intervinieron los periódicos reaccionarios hostiles a la revolución.

El fenómeno que encarnan los soviets es el de la dualidad de poderes, los órganos de gobierno de las clases enfrentadas, un fenómeno que necesariamente es transitorio y debe resolverse inclinando la balanza de un lado o del otro. Sólo puede culminar con la revolución o la reacción. «Cuando se hace la revolución no se puede permanecer estancado: hay que avanzar o retroceder», diría Lenin.15

La asonada de Kornilov, marca el cambio cualitativo, que saca a los bolcheviques de la clandestinidad y les lleva a ganar la confianza de los sectores decisivos y les pone en condiciones de ganar a los soviets, pues, a diferencia del posterior estalinismo, dan una lección brillante de táctica revolucionaria, cuando Lenin dice: sostenemos a Kerensky como la soga sostiene al ahorcado. ¡Qué sagacidad y audacia, qué táctica tan sutil, sabiendo que al cortar el paso a la reacción, salvaban el gobierno de Kerensky, pero no para comprometerse con la burguesía republicana, sino para asestar el golpe definitivo contra esa misma burguesía y elevar al proletariado al poder!

Los bolcheviques tomaron la mayoría en el soviet de Petrogrado e inmediatamente después en los de Moscú, Kiev, Odesa y otras ciudades. A partir de ese momento toda la batalla se centra en la convocatoria del II Congreso de los Soviets, el gobierno, la reacción, los «moderados», se unen para intentar impedir ese congreso que, sin duda, iba a reflejar el cambio de correlación de fuerzas en el seno del campo de los soviets.

Una revolución se decide no sólo en el enfrentamiento entre los campos antagónicos, sino en el seno de las fuerzas contendientes. Es una ley en toda revolución; así como la hegemonía de los bolcheviques dio el triunfo a la revolución, el triunfo de los conciliadores en la revolución española allanó el camino a la victoria a la reacción fascista.

La mayoría bolchevique en los soviets era condición necesaria e imprescindible para la toma del poder. La consigna del partido de Lenin ¡Todo el poder a los soviets!, fue decisiva en todo el proceso y, al fin, iba a decidir el destino de la revolución.

Asamblea del Sóviet de Petrogrado en 1917.

El asalto al poder

De igual manera que los soviets, la guarnición de Petrogrado, resultaba decisiva; el 17 de octubre, los representantes de los regimientos de la ciudad declararon que no reconocían al Gobierno Provisional y se ponían a las órdenes del Comité Militar Revolucionario del Soviet.

En octubre el Partido Bolchevique tenía 240.000 miembros en todo el imperio ruso, aunque era un país de 150 millones de habitantes, se puede calcular que no menos de 23 millones estaban organizados en el sistema soviético. El partido estaba en condiciones, con la palanca del soviet, de anticiparse a las fuerzas que querían ahogar en sangre la revolución y planear la toma del poder, pero todas las fracciones eran conscientes de esta situación y trataban de impedir por todos los medios que se hiciera la reunión de todos los soviets, en cuyo seno los bolcheviques crecían cada día que pasaba.

«Ya no había más opción, o seguir a los bolcheviques y los soviets o enfrentarse a ellos.»

El 10 de octubre Lenin se afeita, se pone gafas e incluso una peluca, y acude a la reunión del Comité Central del partido bolchevique que él mismo había convocado. En la reunión, con la oposición de Kamenev y Zinoviev, se decide la insurrección armada. Esa diferencia revistió gravedad, pues el día 17 Kamenev, con el respaldo de Zinoviev, envió una carta al diario de Gorki revelando los planes insurreccionales del partido y mostrando su oposición.

El Comité Militar Revolucionario, se empeña en la tarea de preparar el asalto al poder, para llevarlo a cabo en el mismo momento en que se celebre el Congreso de los Soviets.

Y así se produjo. El momento en que el doble poder se resolvería inevitablemente en un sentido u otro, lo desató el Gobierno en la noche del 23 al 24 de octubre, al intentar anticiparse a los planes de la insurrección, ordenando el envío de «tropas leales» a Petrogrado para aplastar la revolución, detener a los miembros del Comité Militar Revolucionario, y clausurar los diarios bolcheviques.

Esos movimientos se estrellaron contra una realidad incontestable, el viejo topo de la revolución había hozado bien; el Ejército estaba socavado, los soldados y las masas se inclinaban del lado revolucionario, la Guardia Roja iba ocupando los lugares claves de la capital. Lo único que consiguió la desesperación de Kerensky fue que la insurrección apareciese como una contraofensiva, ante la ofensiva impotente de su gobierno.

Con el Congreso de los Soviets, reunido el día 25 de octubre, quedó decidida la suerte de la revolución. El llamamiento del Congreso de los Soviets de Diputados Obreros y Soldados de toda Rusia y los delegados de los soviets campesinos, decía, entre otras cosas: Ha sido derribado el Gobierno Provisional y la mayoría de sus miembros ya han sido detenidos. El poder de los Soviets propondrá una paz democrática…asegurará el paso sin indemnización de las tierras de los terratenientes, de la Corona y de los conventos a los comités campesinos; defenderá los derechos del soldado…implantará el control obrero de la producción; asegurará la reunión de la Asamblea Constituyente…se preocupará de abastecer a las ciudades… y garantizará a todas las nacionalidades que pueblan Rusia el verdadero derecho de autodeterminación.

El Congreso acuerda: todo el poder en las localidades pasa a los Soviets de Diputados Obreros y Soldados y Campesinos, llamados a asegurar un orden verdaderamente revolucionario.

Fueron momentos muy duros, donde la esperanza se mezclaba con todas las vacilaciones que surgieron a flote, el vértigo, el miedo a la derrota, a la gigantesca e ignota tarea que se abría como un abismo ante los pies.

La dirección bolchevique con determinación barrió todas las dudas y puso la audacia necesaria, sin la que no hubieran sido capaces de ganar el poder ni de mantenerse en los años siguientes enfrentados a todo y a todos. Así relata John Reed esos momentos tensos: Durante toda la tarde, Lenin y Trotski habían tenido que combatir las tendencias hacia un compromiso. Una buena parte de los bolcheviques opinaba que debían hacerse las concesiones necesarias para lograr constituir un gobierno de coalición de todas las fuerzas socialistas.

No nos sostendremos —exclamaban—. Hay demasiadas fuerzas contra nosotros. No contamos con los hombres necesarios. Quedaremos aislados y todo se perderá.

Así se manifiestan Kaménev, Riazánov y otros. Pero Lenin, con Trotski a su lado, se mantenía firme como una roca:

Que los conciliadores acepten nuestro programa y entren en el gobierno. Nosotros no cederemos ni una pulgada. Si hay camaradas aquí que no tienen el valor y la voluntad de atreverse a lo que nosotros nos atrevemos ¡que se vayan a reunir a los cobardes y conciliadores! ¡Con nosotros están los obreros y los soldados y nuestro deber es continuar la causa!»

A las siete y cinco, los socialrevolucionarios de izquierda hicieron saber que ellos continuarían en el Comité Militar Revolucionario.

¡Ya lo veis! —exclamó Lenin—. ¡Nos siguen!16.

Ya no había más opción, o seguir a los bolcheviques y los soviets o enfrentarse a ellos. Y una vez con el poder en sus manos comenzaron a promulgar los decretos que la revolución había prometido, en primer lugar el llamamiento a la paz, el segundo un decreto sobre la tierra aboliendo la propiedad de los terratenientes, y el tercero creaba el Consejo de Comisarios del Pueblo, como Gobierno Provisional Obrero y Campesino.

Unidad del Ejército Rojo en Petrogrado

Después de la toma del poder

El pueblo ruso abrió una nueva senda en la historia de la humanidad, se enfrentó a la tarea de intentar construir el camino hacia una sociedad sin clases y, como era evidente se enfrentó a todos los poderes imperialistas del mundo. Todas las fuerzas reaccionarias se coaligaron para intentar ahogar la revolución, pero no lo consiguieron. Eso sí, el precio a pagar fue espantoso, rodeados por enemigos, con una guerra civil alentada por los destronados y sostenida por las potencias imperialistas.

El Ejército Rojo, organizado y dirigido por Trotski, consiguió la titánica tarea de derrotar a todas las fuerzas oponentes.

«La sublevación en la guarnición de Kronstadt contra el gobierno, no fue el único, aunque sí el más grave acontecimiento, que demostraba que la unidad forjada por la revolución en torno a los bolcheviques empezaba a romperse por las costuras del malestar económico.»

Los bolcheviques sabían, como buenos marxistas, que «la guerra es la continuación de la política por otros medios»17 y, por lo tanto, la guerra civil es la continuación de la lucha de clases, del enfrentamiento entre revolución y contrarrevolución. Sólo con métodos revolucionarios, manteniendo la independencia de clase y haciendo avanzar la revolución se podía ganar la guerra. Los soldados y el pueblo trabajador ruso nunca hubiesen alcanzado la victoria luchando bajo las órdenes de un gobierno burgués para defender un régimen burgués, era la lucha revolucionaria lo que les dio la victoria. Algo que Trotski, el jefe del Ejército Rojo, tenía muy claro como se demostró en muchas ocasiones, pero especialmente cuando en octubre del 19 el Ejército reaccionario dirigido por Yudénich, se encuentra a tan solo 15 kilómetros de Petrogrado y el propio Lenin estaba considerando retroceder. El comandante del Ejército Rojo afirmó que una ciudad llena de clase obrera no podría ser tomada por un ejército blanco si se defendía palmo a palmo con métodos revolucionarios. Se presentó allí, con su legendario tren blindado para dirigir el combate en persona, organizó la defensa, calle a calle y se obtuvo una victoria decisiva. Otra lección que también fue sepultada por el estalinismo; sólo abandonando el marxismo y la tradición bolchevique se podía aceptar una idea tan burguesa como la de «primero ganar la guerra, después hacer la revolución», en lugar de comprender que son parte de una misma lucha indisociable. Si los bolcheviques hubiesen seguido ese camino, hubiesen sido derrotados, como fue derrotada la revolución española.

La victoria sobre los ejércitos blancos, prácticamente decidida a principios de 1920, y contra las intervenciones imperialistas en el suelo soviético, daban la oportunidad de sobrevivir a la revolución, pero no había ninguna posibilidad de construir el socialismo en esas condiciones, sobre la base de la escasez material. Lo que se veían obligados a hacer era una tarea de administrar la miseria, de asignar los escasos recursos a las necesidades más graves y desatender todo lo demás. Situación que sin resolver las carencias en las ciudades, agravaba aún más la miseria en el campo. Fue la etapa conocida como «comunismo de guerra».

En los tres años siguientes a la revolución, Moscú perdió el 44,5% de su población; Petrogrado, donde la concentración industrial era mayor un 57,5%. El Ejército Rojo se llevó a muchos de los hombres hábiles; y masas de gente fluyeron hacia el campo, donde si acaso se podía encontrar todavía alimento.18

Comprendieron, quizá con cierto retraso sobre los acontecimientos, que necesitaban «retroceder» en sus planteamientos, buscar de cualquier manera, incluidos métodos capitalistas, el estímulo de los escasísimos medios que existían en la sociedad para generar una actividad económica, tanto en la ciudad como en el campo, que generase los suficientes recursos, antes de intentar una planificación socialista de la economía. Surgió así la que se llamó NEP (Nueva Política Económica), presentada por Lenin, y aprobada, en marzo de 1921 en el X congreso del partido.

La sublevación en la guarnición de Kronstadt contra el gobierno, no fue el único, aunque sí el más grave acontecimiento, que demostraba que la unidad forjada por la revolución en torno a los bolcheviques empezaba a romperse por las costuras del malestar económico.

El país había quedado exhausto, aislado y con la pérdida de decenas de miles de los mejores militantes bolcheviques en el frente de batalla.

Las enormes ilusiones en la construcción de una nueva sociedad, el optimismo revolucionario, las energías prodigiosas empleadas en la lucha, todo ello fue dejando paso a su contrario, la fatiga, la desilusión, el cansancio, y con ello una combinación altamente dañina, la menor participación activa de las masas en los acontecimientos, y la llegada de nuevas capas que buscaban no el espíritu revolucionario, sino su salvación individual en la charca del arribismo.

Lenin siempre había confiado la suerte de la revolución socialista en Rusia al triunfo de la revolución en otros países de Europa, Trotski, y en general el partido bolchevique, mantenían esa misma posición, que no era sino la que habían defendido Marx y Engels.

«Se estaba dando un fenómeno nuevo en la historia, el dominio de la «burocracia», que no es una clase sino una casta.»

Pero fracasó la revolución en Hungría y después en Alemania, que hubiese cambiado el rumbo de la historia. La revolución China de 1925-27, también fue derrotada. En lugar de mantenerse en posturas internacionalistas, e intentar aguantar hasta la siguiente ola revolucionaria (que se produjo en los años 30), las diferencias sociales, expresadas en castas, comenzaron a surgir de nuevo en la ya Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS).

La desmovilización de un Ejército Rojo de cinco millones de hombres debía desempeñar en la formación de la burocracia un papel considerable. Los comandantes victoriosos tomaron los puestos importantes en los soviets locales, en la producción, en las escuelas, y a todas partes llevaron obstinadamente el régimen que les había hecho ganar la guerra civil. Las masas fueron eliminadas poco a poco de la participación efectiva del poder.19

Lenin, siempre sagaz, había advertido en muchas ocasiones de los peligros de burocratización: El Estado proletario de Rusia dispone de fuerzas económicas completamente suficientes para asegurar el tránsito al comunismo. ¿Qué es, pues, lo que falta? Está bien claro qué es lo que falta: falta cultura en la capa de comunistas que están dirigiendo. Si nos fijamos en Moscú –4.700 comunistas ocupan cargos de responsabilidad– y observamos esta mole burocrática, este montón, nos preguntamos: ¿Quién conduce a quién? Pongo muy en duda que se pueda decir que los comunistas conducen a ese montón. Para decir la verdad, no son ellos los que conducen, sino los conducidos. En el caso presente acontece algo semejante a lo que nos relataban en las clases de Historia cuando éramos niños. Nos enseñaban: ocurre a veces que un pueblo conquista a otro, y el pueblo que ha conquistado es el vencedor y el que ha sido conquistado es el vencido. Esto es muy sencillo y comprensible para todos. ¿Pero qué sucede con la cultura de esos pueblos? Esto no es tan sencillo. Si el pueblo conquistador es más culto que el pueblo conquistado, impone a éste su cultura, pero si es al contrario, acontece que el vencido impone su cultura al vencedor.

¿No ha pasado algo semejante en la capital de la RSFSR, y no ha resultado aquí que 4.700 comunistas (casi una división completa, y todos de los mejores) se ven dominados por una cultura ajena? Ciertamente que aquí se podría tener la impresión de que los vencidos tienen una cultura elevada. Nada de esto. Su cultura es mezquina, insignificante, pero, sin embargo, es más elevada que la nuestra. Por muy deplorable, por muy mísera que sea, es mayor que la de nuestros militantes comunistas que ocupan cargos de responsabilidad, porque ellos no poseen la suficiente capacitación para dirigir. Los comunistas, al colocarse a la cabeza de las instituciones –y a menudo los colocan adrede y hábilmente los saboteadores, para obtener un rótulo–, con frecuencia resultan burlados. Esta confesión es muy desagradable, o en todo caso no es nada agradable, pero creo que debe hacerse, porque en ella reside ahora la clave del problema. A esto se reduce, a mi juicio, la lección política del año pasado, y bajo este signo transcurrirá la lucha del año 1922.20

El cambio en la propiedad de los medios de producción es conditio sine qua non, para cambiar la distribución de la riqueza creada, pero no es condición suficiente para garantizar una distribución socialista.

Lo que demostró la revolución rusa, y las posteriores, es que la propiedad estatal de los medios de producción, sin control democrático, genera una casta privilegiada que sobre la base de esas nuevas relaciones de producción, reproduce los privilegios, pero esta vez no ligados a una «clase», sino a una casta de funcionarios del Estado, en la industria o en el ejército. Algo aún más notorio en condiciones de escasez. Se estaba dando un fenómeno nuevo en la historia, el dominio de la «burocracia», que no es una clase sino una casta.

Un fenómeno nuevo, un caso extremo de parasitismo social, una sanguijuela sobre la espalda de la clase obrera y un freno al desarrollo, a la iniciativa, a la corrección de los errores, a las desviaciones y, además de eso, la causante de una pérdida total del estímulo en el trabajo, haciendo que los ambiciosos persigan pasar a formar parte de la misma, con lo que se promociona el servilismo más atroz, la delación y la mediocridad y, en el mejor de los casos, la tendencia a «sobrevivir».

Tal como Marx había explicado (aunque esta advertencia que él mismo no desarrolló, ha pasado inadvertida para muchos «comunistas»), si la revolución no creaba una nueva base material, no resistiría:

este desarrollo de las fuerzas productivas constituye también una premisa práctica absolutamente necesaria, porque sin ella sólo se generalizaría la escasez y, por tanto, con la pobreza, comenzaría de nuevo, a la par, la lucha por lo indispensable y se recaería necesariamente en toda la porquería anterior; (…) El comunismo, empíricamente, sólo puede darse como la acción «coincidente» o simultánea de los pueblos dominantes, lo que presupone el desarrollo universal de las fuerzas productivas y el intercambio universal que lleva aparejado.

Desde 1922, Lenin estaba gravemente enfermo. A finales de diciembre del 22 y principios del 23, Lenin ha desplegado sus esfuerzos para intentar frenar a Stalin, con artículos y una post data en su testamento. El 6 de marzo, tras un encontronazo brutal de Stalin con Krupskaia, le había enviado una carta en la que «rompía» con él sus relaciones personales «como camarada». Pero tres días después, sufrió un nuevo ataque que le provocó la imposibilidad de hablar.21

Quedó incapacitado para participar en la política, muriendo el 21 de enero de 1924. En su testamento, que fue ocultado por la dirección del partido a pesar de que su viuda, Krupskaia, insistió en que se hiciese público, advertía de los peligros de Stalin.

La mayor dificultad de la revolución, su aislamiento, la había estrangulado desde los primeros momentos, y un sector, dirigido por Stalin, iba haciendo de ese aislamiento, no algo a superar, sino «la virtud», convirtiendo la derrota en teoría, «el socialismo en un solo país», y escarbando en los más bajos instintos para estimular el nacionalismo gran ruso, tan presente en la historia del imperio, y el enriquecimiento de una capa de campesinos, el kulak, en la que buscar apoyo, junto con sectores de la oficialidad y el aparato del Estado.

El «socialismo en un solo país», sustituyó al marxismo, el control burocrático al control obrero, y una dictadura asfixiante con una verdadera «guerra civil unilateral», se impuso en lugar de una democracia obrera. Los derechos de las nacionalidades, de la mujer, los derechos democráticos, en general, se fueron extinguiendo.

El proceso, en lo que se refiere al Estado, fue justamente el contrario del que Lenin había previsto y querido, reflejándolo así en la obra, El Estado y Revolución, que escribió en medio de los propios acontecimientos revolucionarios, en el que planteaba tras la toma del poder: Un Estado que se extinga, es decir, organizado de tal modo que comience a extinguirse inmediatamente y que no pueda por menos que extinguirse». Y añadía: «Mientras exista el Estado no existe libertad. Cuando haya libertad, no habrá Estado.

Los soviets eran la materialización de ese proceso de un Estado que transita hacia «la administración de las cosas» de manera democrática, pero se vivió la gran paradoja de que los soviets no sobrevivieron en la «Rusia Soviética».

Desde los primeros años de la Revolución, al principio llevados por la necesidad, las tareas del Partido y del aparato del Estado se confundían, tendiendo a la fusión. A eso hay que añadir que se fueron creando condiciones que limitaron la democracia interna, tanto en el partido como en la vida política en general, ya que los bolcheviques, atacados sin piedad, se vieron en la obligación de prohibir a los partidos de la oposición, que habían llegado a perpetrar atentados y conspirar para derribar el poder soviético.

«Aun manteniendo las nuevas formas de propiedad, se da una contrarrevolución en el terreno político que, tarde o temprano, o bien se enfrenta a una revolución política o tiende a retornar a las viejas formas de propiedad capitalista…»

Ese régimen «excepcional» del Estado se trasladó también al Partido en el X Congreso, que se celebraba bajo la influencia de la sublevación de Kronstadt, prohibiendo las fracciones internas como una medida transitoria.

Esas medidas, tomadas en condiciones extremas, se fueron elevando a norma con los años. El aparato represivo del Estado, lejos de tender a su disolución, se fue fortaleciendo hasta asfixiar cualquier tipo de democracia. Esto dio paso no a la construcción del socialismo, sino a la construcción de un nuevo fenómeno, un Estado obrero deformado, donde el dominio de una nueva casta social restablecía muchas de las diferencias y privilegios propios de una sociedad de clases, pero manteniendo a duras penas la conquista histórica cualitativa de la revolución: la propiedad pública de los medios de producción.

El burocratismo asfixiante y la represión, fueron en aumento. En 1927, Trotski fue deportado y en el 29 expulsado de la URSS. Después vendrían los grandes procesos farsa contra «los enemigos de la revolución», los campos de concentración y los asesinatos en masa de la oposición.

Sobre la base de una economía de propiedad estatal, y con una planificación central, a pesar de todas las deficiencias, de los abusos, de la pérdida de incentivos y la dificultad para producir con calidad, el desarrollo económico de la URSS en las décadas siguientes no tiene paralelo en la Historia. Pero a la larga se topó con una dificultad insalvable: la productividad del trabajo, la falta de control obrero para sustituir a la «libre competencia»… el socialismo no puede justificarse históricamente por la simple supresión de la explotación, necesita elevar la productividad del trabajo humano.

Aun manteniendo las nuevas formas de propiedad, se da una contrarrevolución en el terreno político que, tarde o temprano, o bien se enfrenta a una revolución política o tiende a retornar a las viejas formas de propiedad capitalista, tal como hemos visto.

Marx había demostrado que: … no es que la producción, la distribución, el cambio y el consumo sean idénticos, sino que constituyen las articulaciones de una totalidad, diferenciaciones dentro de una unidad. (…) Una producción determinada, por lo tanto, determina un consumo, una distribución, un intercambio determinados y relaciones reciprocas determinadas de estos diferentes momentos.22

Partiendo de esa base teórica, podemos comprender mejor el núcleo de la contradicción puesta al descubierto por el organizador del Ejército Rojo, en su análisis del devenir de la URSS: Al llevar hasta el extremo —con su complacencia para los dirigentes— las normas burguesas de reparto, prepara una restauración capitalista. La contradicción entre las formas de propiedad y las normas de reparto no puede crecer indefinidamente. De manera que las normas burguesas tendrán que extenderse a los medios de producción o las normas de distribución tendrán que corresponderse con el sistema de propiedad socialista.23

Sabemos hoy que la historia confirmó el pronóstico de Trotski, tras un período de fortalecimiento del estalinismo y el burocratismo, favorecido por el desarrollo de la Segunda Guerra Mundial y las revoluciones que sacudieron el planeta en el período posterior. Pero sólo fue un aplazamiento, las limitaciones de un sistema de dictadura burocrática se hicieron cada vez más evidentes, siendo incapaz de superar la productividad del trabajo del capitalismo, y los distintos intentos de revolución política, especialmente en el 56 en Hungría y en Polonia y el 68 en Checoslovaquia, fracasaron, aplastados por la maquinaria del Estado ruso.

Y por fin, la perestroika y la glasnot, iniciada por Gorbachov en 1985, marcaría un punto de no retorno, era el reconocimiento de la bancarrota del sistema, y se aceleraba así la predicción hecha muchos años antes en La Revolución Traicionada, la casta burocrática se decantaba por recrear las condiciones del capitalismo y saqueando la propiedad pública, convertirse en la nueva burguesía rusa. En 1989, se produjo «la caída del muro», así, metafóricamente, como cae una pared, uno tras otro todos los países del Este de Europa y la URSS se derrumbaron, como un efecto dominó de una contrarrevolución que se había producido décadas antes.

Un ejemplo del potencial de transformación que alberga la sociedad humana

A pesar de todo, la Revolución Rusa demostró la potencialidad gigantesca de transformación, la fuerza de solidaridad y sacrificio que alberga la sociedad humana, y no sólo no refuta el socialismo, sino que es la experiencia que debería servirnos para depurar el socialismo, para comprender los errores y resaltar las grandes virtudes. Sobre todo porque no nos queda otro remedio, porque nuestro mundo se enfrenta cada día más al dilema de «socialismo o barbarie». Elementos como Putin o Trump, rigen los destinos de la humanidad conduciéndola a un desastre, frente al que sólo se puede ofrecer una sociedad socialista.

La Revolución de Octubre, permitió vislumbrar qué gigantesco cambio se produciría en las relaciones humanas entre sí, y con la naturaleza, con una planificación racional de los recursos, pues a pesar de todas sus deformaciones la economía nacionalizada demostró un potencial infinito que debe seguir siendo nuestro referente, para comprender que es una condición indispensable, si bien no es suficiente. Tal como Trotski diría en La Revolución Traicionada:

Los inmensos resultados obtenidos por la industria, el comienzo prometedor de un florecimiento de la agricultura, el crecimiento extraordinario de las viejas ciudades industriales, la creación de otras nuevas, el rápido aumento del número de obreros, la elevación del nivel cultural y de las necesidades, son los resultados indiscutibles de la Revolución de Octubre en la que los profetas del viejo mundo creyeron ver la tumba de la civilización. Ya no hay necesidad de discutir con los señores economistas burgueses: el socialismo ha demostrado su derecho a la victoria, no en las páginas de El Capital, sino en una arena económica que constituye la sexta parte de la superficie del globo; no en el lenguaje de la dialéctica, sino en el del hierro, el cemento y la electricidad. Aun en el caso de que la URSS, por culpa de sus dirigentes, sucumbiera a los golpes del exterior —cosa que esperamos firmemente no ver— quedaría, como prenda del porvenir, el hecho indestructible de que la revolución proletaria fue lo único que permitió a un país atrasado obtener en menos de veinte años resultados sin precedentes en la historia. 

Así se cierra, en el movimiento obrero, el debate con los reformistas. ¿Se puede comparar, por un instante, su agitación de ratones con la obra titánica de un pueblo que surgió a la nueva vida por la Revolución? Si en 1918 la socialdemocracia alemana hubiera aprovechado el poder que los obreros le imponían para efectuar la revolución social y no para salvar al capitalismo, no es difícil concebir, fundándose en el ejemplo ruso, qué invencible potencia económica sería actualmente la del bloque socialista de la Europa central y oriental y de una parte considerable de Asia. Los pueblos del mundo tendrán que pagar con nuevas guerras y nuevas revoluciones los crímenes históricos del reformismo.

«El sistema que combatieron los bolcheviques sigue siendo en su esencia el mismo, una sociedad que enfanga las propias fuentes de la riqueza, destruye la naturaleza, degrada el trabajo humano y establece privilegios para una minoría a costa del sufrimiento de la inmensa mayoría.»

Podemos afirmar que el camino quedó marcado, y fue la demostración de que esa fuerza de una sociedad igualitaria está encerrada en el corazón humano, y la conciencia colectiva debe ser capaz de liberarla de nuevo. Ese es el legado del bolchevismo, del partido de Lenin y Trotski.

Quizá la crítica más temprana y más sagaz vino de la mano de la mujer que más ha destacado en toda la historia de la lucha por el socialismo, Rosa Luxemburgo. Sus críticas a algunos aspectos de la revolución los corrigió ella misma, pues los había elaborado en la cárcel con escasez de información, y, no es casualidad, ella nunca quiso publicarlos, lo hicieron a su muerte los adversarios de los bolcheviques. Quien diga que había por parte de la revolucionaria espartaquista un desacuerdo con Lenin, en este terreno, sencillamente es un ignorante o miente.

Reivindicamos aquí, su aportación más lúcida al analizar la lucha de sus camaradas, que se convierte en una síntesis y una aportación de valor incalculable para reconstruir el socialismo marxista cien años después de Octubre. No es de extrañar que los escritos de esta revolucionaria fueran proscritos por el estalinismo, pues su tesis central es el reconocimiento de la revolución, del papel del partido bolchevique, pero al mismo tiempo, establece la necesidad de que el régimen a construir se base en la más profunda forma de democracia, la democracia socialista. El socialismo, para ser construido, necesita el control de la producción, el control de la vida pública, la reducción de la jornada laboral que permita la participación, y ello conlleva la libertad de criticar y revocar a los dirigentes. Todo lo que la degeneración del bonapartismo burocrático negó, y reivindicaba la líder marxista:

Lenin, Trotski y sus camaradas han demostrado que tienen todo el valor, la energía, la perspicacia y la entereza revolucionarias que quepa pedir a un partido a la hora histórica de la verdad. Los bolcheviques han mostrado poseer todo el honor y la capacidad de acción revolucionaria que han caracterizado a la socialdemocracia europea; su sublevación de octubre no ha sido solamente la salvación real de la Revolución Rusa, sino que ha sido, también, la salvación del honor del socialismo internacional.

Siempre hemos distinguido el contenido social de la forma política de la democracia burguesa, siempre supimos ver la semilla amarga de la desigualdad y de la sujeción social que se oculta dentro de la dulce cáscara de la igualdad y de la libertad formales, no para rechazarlas, sino para incitar a la clase obrera a no limitarse a la envoltura, a conquistar antes el poder político para llenarlo con un nuevo contenido social. La misión histórica del proletariado, una vez llegado al poder, es crear, en lugar de una democracia burguesa, una democracia socialista y no abolir toda democracia.

Sería un error interpretar los soviets y la revolución bolchevique a través de los cristales de la degeneración burocrática y la oscuridad estalinista de la propia URSS o de regímenes como el de Ceaucescu en Rumanía, el régimen de la Stasi alemana o los Jemeres rojos de Camboya, o el aplastamiento de la revolución política con los tanques rusos en Hungría, Polonia o Checoslovaquia. De igual manera que no podemos interpretar el cristianismo primitivo a través de la inquisición y sus crímenes, el genocidio en el continente americano, los asesinatos en masa de herejes y brujas o la atroz dictadura nacional católica del franquismo. El término «comunismo» hoy no tiene mucho que ver con el que se le daba a principios del siglo XX, de igual manera que en 1917, Lenin, incluyó en sus tesis de abril, la propuesta de cambiar el nombre del partido y dejar de usar el de «socialdemócratas», por la traición de la socialdemocracia, para sustituirlo por el de comunistas.

Nadie diría que en el Nuevo Testamento, la sistematización del cristianismo primitivo, está en embrión el horror de todos los regímenes que a lo largo de veinte siglos se han reclamado cristianos, las torturas, asesinatos, esclavismo, guerras y horror sin fin amparadas por la Iglesia. Sin embargo la clase dominante nos intenta hacer creer que en la acción heroica de los bolcheviques o en la obra de Marx y Engels se halla el germen de las atrocidades de los regímenes de bonapartismo proletario que emergieron posteriormente. Al igual que en el caso del cristianismo, las ideas del socialismo han sido deformadas hasta hacerlas irreconocibles cuando pasaron de ser la herramienta de la emancipación social en manos de los oprimidos, a la doctrina oficial del imperio en manos de una nueva casta social privilegiada.

El sistema que combatieron los bolcheviques sigue siendo en su esencia el mismo, una sociedad que enfanga las propias fuentes de la riqueza, destruye la naturaleza, degrada el trabajo humano y establece privilegios para una minoría a costa del sufrimiento de la inmensa mayoría. En esas condiciones el espíritu de la revolución de los soviets sigue vivo, y la tarea de quien se considere marxista es colaborar a construir de nuevo la herramienta que nos permita encontrar el camino de la emancipación de la explotación y con ella de la construcción de una sociedad justa en armonía con un planeta habitable.

Notas.

1. En la Rusia zarista imperaba el viejo calendario Juliano (que estableció Julio Cesar el año 46 antes de Cristo) y que había sido sustituido en la mayor parte del mundo por el Gregoriano (por el Papa Gregorio XIII) a partir de 1582, por su importante desfase de más de 11 minutos por año. La revolución de Octubre tuvo lugar el 25 de ese mes, de acuerdo al calendario Juliano, pero el 7 de noviembre con el Gregoriano, que en aquella época estaba vigente en el resto de Europa. Igualmente, la revolución de Febrero tuvo lugar, en realidad, en marzo según el Gregoriano. El criterio de los autores, como no podía ser de otra forma, ha sido mantener como referencia el calendario vigente durante la revolución, el Juliano. Todas las fechas de los documentos que se citan se dan de acuerdo al viejo calendario ruso. En los demás casos, se da entre paréntesis la fecha del nuevo calendario.

2. La Historia de la Revolución Rusa, Edward H. Carr.

3. Diez días que estremecieron al mundo, John Reed.

4. Historia de la Revolución Rusa, de León Trotski.

5. La ideología alemana, Marx y Engels.

6. El muerto agarra al vivo.

7. Carta del Comité Central a la Liga de los Comunistas, de Marx y Engels.

8. La fábrica era la ciudadela general de los Soviets. Las normas de elección variaban mucho según las poblaciones, pero en todas partes participaban en la elección de los diputados absolutamente todos los obreros, sin excepción ni restricción de ninguna clase, que trabajaban en el establecimiento. En Petersburgo y Moscú se elegían diputados por cada 500 obreros; en Odesa, uno por cada 100; en Kostromá, uno por cada 25; en otros, no había ninguna forma definida. En todo caso, los Soviets representaban en todas partes a la mayoría aplastante de la clase obrera, y en Petersburgo, Moscú y Ekaterinburg a la casi totalidad. Su prestigio era tan grande, que en algunas poblaciones pretendieron elegir Soviets incluso los pequeños comerciantes. Los Soviets: Su origen, desarrollo y funciones, Andreu Nin.

9. Bolcheviques: El POSDR (Partido Obrero Socialdemócrata Ruso), se dividió en dos fracciones, al principio por temas organizativos que fueron cristalizando en posiciones políticas a lo largo de los años hasta quedar enfrentados en los acontecimientos revolucionarios. Los «Bolcheviques» (mayoritarios) y los «Mencheviques» (minoritarios). Los Bolcheviques, a propuesta de Lenin en abril de 1917 adoptaron el nombre de Partido Comunista.

10. La Historia de la Revolución Rusa, Edward H. Carr, página 13.

11. «Eseristas», o Socialistas Revolucionarios, era el partido fundamental del campesinado, también se escindirían en octubre del 17, formándose el ala de izquierdas, más próxima a la revolución, frente a un ala de derechas.

12. Con motivo del cuarto aniversario de la Revolución de Octubre, Lenin.

13. Karl Marx y Federico Engels, prólogo a la edición rusa del Manifiesto Comunista, 1882.

14. Diez días que estremecieron al mundo, John Reed.

15. Diez días que estremecieron al mundo, John Reed.

16. Diez días que estremecieron el mundo, John Reed.

17. Carl von Clausewitz, militar e historiador militar prusiano (1780-1831).

18. La Historia de la Revolución Rusa, Edward H. Carr.

19. La Revolución Traicionada, de León Trotski.

20. Lenin, informe en el XI Congreso del Partido Bolchevique, marzo de 1922.

21. El Partido Bolchevique, de Pierre Broue.

22. Introducción General a la Crítica de la Economía Política, de Karl Marx.

23. La Revolución Traicionada, de León Trotski.