A pesar de que este artículo está escrito justo un día antes de que Donald Trump pausara durante 90 días una parte de sus medidas arancelarias, creemos que es extremadamente útil para comprender la dimensión y características de lo que está pasando.
Escribe Michael Roberts
Traduce Jordi Escuer
Foto cabecera: CGTN
Hoy, el presidente Donal Trump ha puesto en marcha su nueva tanda de aranceles a las importaciones norteamericanas, llamada aranceles recíprocos. Además de los anunciados el pasado miércoles (el “día de la liberación”), Trump ha impuesto una tasa extra a las importaciones chinas como respuesta a la decisión de China de imponer un arancel del 34% a las importaciones estadounidenses, la cual fue una contrarréplica a la subida de Trump del 34% a las importaciones chinas plántela la semana pasada. Así, las importaciones de China ahora tienen una tarifa arancelaria del 104%, el doble, de hecho. Y como escribí, China ha anunciado una subida extra del 50% a las importaciones estadounidenses, llevando los aranceles chinos a las exportaciones norteamericanas al 86% en este ojo por ojo, en esta guerra de represalias.

¿A dónde va todo esto? Bien, esto significa una recesión en la producción de Estados Unidos y de la mayoría de las mayores economías; y significa el resurgimiento de la inflación, especialmente en los Estados Unidos. Es una locura, ¿no? Bien, como dije el pasado mes de febrero, cuando todo esto empezó, hay un método en esta locura. Trump y sus acólitos están convencidos de que a Estados Unidos le han arrebatado todo su poder económico y su estatus hegemónico mediante el robo de su base manufacturera por parte de las otras mayores economías e imponiendo entonces toda clase de obstáculos a la capacidad de las compañías norteamericanas de llevar la voz cantante, particularmente, las compañías manufactureras. Para Trump, esto se manifiesta en el déficit general del comercio de mercancías que Estados Unidos mantiene con el resto del mundo.
No está preocupado, parece, por el comercio de servicios, donde Estados Unidos mantiene un superávit. Es el comercio de manufacturas y materias primas lo que le preocupa a él. El objetivo es cerrar ese déficit mediante la imposición de aranceles a las importaciones norteamericanas de bienes. Usando una fórmula rudimentaria para cada país (el tamaño de déficit del comercio de mercancías norteamericano con cada país dividido por la talla de las importaciones norteamericanas de ese país, dividido entonces por dos), el equipo de Trump ha llegado al arancel para cada país. Esta fórmula no tiene sentido por varias razones: Primero, excluye el comercio de servicios, donde Estados Unidos mantiene un superávit con muchos países; segundo, se ha impuesto un arancel del 10% incluso a países donde los Estados Unidos mantiene un superávit de mercancías; tercero, no guarda relación con las barreras arancelarias o no arancelarias que un país aplica a las exportaciones estadounidenses; y cuarto, ignora las barreras arancelarias o no arancelarias (de las que hay muchas) que el propio Estados Unidos aplica a las exportaciones de otros países.
Estas barreras no arancelarias ya pueden entrar en juego. El enviado comercial de la MAGA [Make America Great Again, hacer grande América de nuevo] de Trump, Navarro, lo dejó claro: “A estos líderes del mundo que, después de décadas engañando, de pronto están ofreciendo aranceles más bajos, sabed esto: es sólo el principio”, citando una interminable lista de prácticas que, dijo, incluirían la manipulación de monedas, licencias “opacas”, estándares de productos “discriminatorios”, procedimientos aduaneros “molestos”, localización de datos y la denominada “guerra judicial” de tasas y regulaciones golpeando a las firmas tecnológicas norteamericanas.
El propósito de Trump es claro. Quiere restaurar la base manufacturera americana de los Estados Unidos. Muchas de las importaciones norteamericanas de países como China, Vietnam, Europa, Canadá, México, etcétera, son de compañías estadounidenses situadas en estos países revendiendo a Estados Unidos a un coste más bajo que si estuvieran situadas dentro de Norteamérica. A lo lago de los últimos 40 años de globalización, las compañías multinacionales de Estados Unidos, Europa y Japón desplazaron sus operaciones manufactureras al Sur Global para aprovechar la mano de obra barata, la inexistencia de sindicatos o de regulaciones, y el uso de la última tecnología. Pero lo que ha pasado es que estos países de Asía han industrializado radicalmente sus economías con el resultado de que han ganado cuota de mercado en producción manufacturera y exportaciones, dejando a Estados Unidos rezagado en marketing, finanzas y servicios.
¿Eso importa? Así lo creen Trump y su equipo. Su propósito último es debilitar, estrangular y conseguir un “cambio de régimen” en China y tomar pleno control hegemónico de Latinoamérica y del Pacífico. Para hacer eso, deben tener una fuerza militar fuerte y arrolladora. Trump ha anunciado un presupuesto militar récord de 1 billón de dólares anuales. Pero las industrias armamentísticas estadounidenses no pueden satisfacer ese presupuesto. Así, la industria local norteamericana tiene que ser restaurada. Biden estaba muy interesado en hacer eso a través de una “política industrial” que subsidiase a las compañías tecnológicas y las infraestructuras industriales. Pero eso supone un gran incremento del gasto público que llevaría a un nivel récord el déficit fiscal. Trump plantea que imponer aranceles para forzar a las compañías norteamericanas a regresar a casa y a las extranjeras a invertir en América, más que para exportar a ella, es un camino mejor. Él piensa que puede incrementar la manufactura, gastar más en armas, reducir impuestos a las corporaciones mientras recorta en gasto público civil y, sin embargo, mantener el dólar estable, todo con subidas de aranceles.
¿Esto va a funcionar? Parece que algunos analistas, incluso algunos izquierdistas, piensan que podría. Es verdad que muchos estados semi-vasallos del imperialismo norteamericano probablemente tratarán de ceder a los términos de Trump: Corea del Sur y Japón están intentando hacerlo y el Reino Unido también. Pero eso no será suficiente para darle la vuelta a las cosas. Quienes piensan que Trump puede tener éxito argumentan que, en el pasado, cuando Estados Unidos optó por cambiar el balance económico global de fuerzas a su favor, funcionó.
Nixon sacó del patrón oro a Estado Unidos en 1971 y estableció al dólar como moneda hegemónica con el “exorbitante” privilegio de ser el único emisor de esta divisa, para pagar por sus importaciones y sus inversiones de capital en el extranjero. Pero eso no detuvo la pérdida de cuota de mercado de la manufactura durante la década de 1970.
Y, entonces, en 1979, el Gobernador de la Reserva Federal de aquel momento, Paul Volcker, subió los tipos de interés al 19% para controlar la inflación, lo que llevó a una profunda recesión tanto en Estados Unidos como globalmente. El dólar subió tanto que la producción manufacturera norteamericana empezó a desplazarse a sus localizaciones en el extranjero, fue le principio del periodo neoliberal. En 1985, Estados Unidos logró que otras naciones comerciales acordaran fortalecer sus monedas frente al dólar a través del llamado Acuerdo del Plaza. Finalmente, esto destruyó el liderazgo industrial de Japón, construido en los años sesenta y setenta, pero no sirvió para restaurar la industria local norteamericana.

No va a funcionar tampoco esta vez, especialmente sólo a través de incrementos arancelarios. La industria estadounidense solo puede competir en los mercados mundiales porque tiene superior tecnología y así puede reducir intensamente sus costes laborales de producción. Aunque Estados Unidos todavía tiene el segundo sector industrial más grande del mundo, con el 13% de la producción mundial (después de China, con un 35%), el empleo industrial de Estados Unidos ha caído de forma intensa desde el fin de la época dorada de los años 60 del siglo pasado, principalmente porque la rentabilidad de la manufactura estadounidense ha caído y la tecnología ha reemplazado al trabajo, no por la liberalización comercial. De hecho, el equipo de Trump está hablando de incrementar la capacidad manufacturera en casa mediante robots e Inteligencia Artificial (IA) y, así, ofrecer unos pocos trabajos extra en el sector. Demasiado para la declaración de Trump de que él estaba “orgulloso de ser el presidente de los trabajadores, no de los subcontratistas; el presidente que se ponía en pie por “Main Street” (calle mayor) y no por Wall Street”.

La realidad es que Trump no puede dar marcha atrás en el tiempo para hacer de Estados Unidos la economía industrial líder en el mundo. Ese tren ha pasado. La globalización ha supuesto que la cadena manufacturera de valor ahora es global, con componentes y materias primas diseminadas a lo largo y ancho del mundo. Como el Wall Street Journal señaló: “Incluso si las exportaciones manufactureras estadounidenses se incrementasen lo suficiente para cerrar el déficit comercial, una posibilidad extremadamente improbable, y si el empleo creciese proporcionalmente, nuestra cuota de fuerza de trabajo fabril subiría sólo del 8 al 9%. Nada absolutamente transformador”.
Si Trump quiere restaurar la industria estadounidense, el sector necesita una inversión masiva en casa y las compañías norteamericanas, que ya experimentan la relativamente baja rentabilidad al margen de las “siete magníficas” [las siete corporaciones tecnológicas de Estados Unidos, conocidas como las siete magníficas: Apple, Nvidia, Microsoft, Amazon, Alphabet, Meta y Tesla] es improbable que se presten a ello, salvo para los equipos militares pagados por los contratos gubernamentales. La reacción de ex consejero de Trump, Elon Musk, a las subidas arancelarias es sintomática de la reacción de los grandes negocios estadounidenses: Musk atacó a Navarro, llamándole “imbécil” y “más tonto que un saco de ladrillos” después de que Navarro sugiriera que la oposición del jefe de Tesla a los aranceles era por su propio interés (lo cual es, de hecho, así).
A pesar del fracaso inevitable de los aranceles como solución para reindustrializar América, Trump parece decidido a seguir adelante con su estrategia proteccionista. Esto sólo puede ser un detonante para una nueva recesión, tanto en Estados Unidos como en las mayores economías. Es un detonante porque las mayores economías ya bajan empezado a ralentizarse a paso de tortuga, incluido Estados Unidos.
El índice de actividad manufacturera ha estado en territorio negativo por más de dos años, mientras que los ingresos de los americanos, descontada la inflación, no se han movido tras la pandemia (apenas ha subido apenas un 1% en los últimos cinco años, como mide la Oficina de Estadísticas Laborales de Estados Unidos). El popular modelo de PIB Ahora de la Reserva Federal de Atlanta prevé para el crecimiento económico de Estados Unidos que el primer trimestre, a finales de marzo, la economía se contraiga un 1,4%, con las ventas domésticas ralentizándose a sólo un 0,4% anual. JP Morgan ha recortado su previsión para el PIB de 2025 de un 1,3% a una reducción del 0,3%, con un incremento previsto del desempleo al 5,3%.

La “guerra contra la inflación” también la está empezando a perder la Reserva Federal Norteamericana (FED). El objetivo de la FED es el 2% anual para la inflación de precios del gasto personal en consumo (PCE, inflación). En febrero, la inflación se situó en el 2,5% y la inflación subyacente (excluyendo los precios de los alimentos y la energía) subió hasta el 2,8% anual. Como señalé el pasado febrero, en las mayores economías, hay un creciente tufillo a estanflación, es decir, crecimiento cero seguido de un aumento de los precios. Y el impacto de las subidas arancelarias de Trump todavía no se ha notado.

De hecho, la Reserva Federal de Estados Unidos ahora tiene un serio dilema. ¿Debe mantener inalterables los tipos de interés para tratar de controlar la inflación; o bajarlos para tratar de evitar una recesión? Los precios en las tiendas americanas de los productos importados desde Asia, incluidos piel y ropa, crecerán pronto intensamente. Móviles, portátiles y consolas de video juegos probablemente van a ser más caros para los consumidores norteamericanos, particularmente porque muchos de los aranceles de Trump están focalizados en países como Vietnam y Taiwan. Los precios del arroz crecerán un 10,3% en los meses venideros, de acuerdo con el Laboratorio Presupuestario de Yale. El centro de estudios también prevé un incremento de 4% en el precio de las verduras, frutas y frutos secos, muchos de los cuales son importados desde México y Canadá. En conjunto, el Laboratorio Presupuestario de Yale estima que los hogares gastarán una media de 3.800 dólares más cada año desde 2026 como consecuencia de la inflación inducida por los aranceles.
Y de vuelta a la “Main Street”, como dice Trump, las compañías norteamericanas están entrando en situación de impago de créditos basura al ritmo más rápido en cuatro años, mientras luchan por refinanciar la oleada de préstamos baratos que siguieron a la pandemia del Covid. Porque los préstamos apalancados —préstamos bancarios de alto interés que han sido vendidos a otros inversores [se habla de apalancamiento para referirse a las empresas que toman préstamos para hacer frente a sus inversiones en lugar de usar recursos propios, lo que les expone a una situación más difícil si las inversiones van mal]— tienen tasas de interés variable, muchas de estas compañías se endeudaron cuando los tipos eran muy bajos durante la pandemia y, desde entonces, han sufrido de los altos costes financieros de los años recientes. Ahora, sus beneficios serán aún más reducidos por las tasas arancelarias mientras los tipos de interés siguen estando altos.
Habitualmente, cuando una recesión está a la vista, los precios de los bonos del Tesoro suben mientas los inversores buscan un refugio seguro del hundimiento del mercado de valores. Pero esta vez, los precios de los bonos y el tipo de cambio del dólar están también hundiéndose, por la extensión del miedo a la inflación creciente y las preocupaciones sobre la seguridad de poseer activos en dólares. La caída del mercado de acciones y bonos está presagiando la gran caída de la producción y el empleo en Estado Unidos y en todas partes (se estima que la tasa de crecimiento real del PIB actual de China de un 5% anual podría reducirse en 2 puntos porcentuales, será incluso peor para otros). Y una recesión en la “economía real” llevaría a una mayor caída de los activos financieros.

Trump y su equipo MAGA creen que todas estas conmociones son un precio que merece la pena pagar para restaurar la hegemonía industrial de Estados Unidos. Una vez la polvareda se aclare, América será grande de nuevo, argumentan. La destrucción del comercio mundial tendrá un resultado “creativo” (al menos para América). Pero esto es un delirio. La hegemonía del imperialismo norteamericano se ha sido debilitando desde Nixon en 1971 o Volcker en 1985. La recesión de Trump sólo confirmará esa tendencia.
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