La visión del futuro (socialista) de James Connolly

Jaime Arregui recupera y analiza para porelsocialismo.net un excelente fragmento de “Sindicalismo industrial y Socialismo constructivo”

“Si mañana expulsáis al ejército inglés e izáis la bandera verde sobre el Castillo de Dublín, a no ser que pongáis en marcha la organización de la República Socialista, vuestros esfuerzos habrán sido en vano”.

Escribe Jaime Arregui

En los 32 condados que forman Irlanda, los 26 de la “República” y los 6 de ese anacronismo colonial llamado Irlanda del Norte, James Connolly es una figura conocida.

Su nombre no solo está en los libros de Historia si no en calles y edificios públicos. Es fácil cruzarte con su mirada en un mural, o en un retrato decorando la pared de un pub o una librería…

Sus ideas, sin embargo, son menos conocidas, tanto dentro como fuera de Irlanda. Es a menudo presentado simplemente como un nacionalista, cuando él se consideraba internacionalista.

Esta confusión se debe fundamentalmente a dos hechos:

El primero es que pasó a la historia por su papel en la Insurrección de Pascua en abril de 1916; un hito del camino hacia la independencia de Irlanda que el establishment post colonial del sur elevó a nivel de mito fundacional. Las instituciones durante años sepultaron su incómoda figura bajo un sedimento de mentiras nacional católicas.

“Su mayor aportación al campo de la teoría política es que en un tiempo en el que los intelectuales consideraban que la lucha por el socialismo solo tenía sentido en las potencias industriales, Connolly llevó esa lucha a las colonias. De esa forma fue capaz de enlazar la pelea por la independencia política de las naciones oprimidas con la pelea por la emancipación económica de la clase obrera”.

Jaime Arregui

El segundo son sus escritos, en los que en ocasiones su cosmopolitismo puede verse distorsionado por el uso de términos como patriota o nacionalista con un cariz positivo, además del uso ambiguo de términos como país y nación. Eso permite que sea fácil sacar ciertas frases de contexto. Como cualquier ser humano, cometió errores y su obra no está exenta de contradicciones. Quizás no alcanzó las cotas teóricas de otros pensadores revolucionarios coetáneos. Al fin y al cabo, sus esfuerzos, cuando no estaba trabajando para sacar adelante a su familia, solían centrarse en la organización política y sindical y en la edición de su periódico “The Workers’ Republic”. Aun así, encontró tiempo para escribir artículos toda su vida, incluso un libro sobre la historia de los movimientos revolucionarios y la clase trabajadora en Irlanda: “Labour in irish History”.

Su mayor aportación al campo de la teoría política es que en un tiempo en el que los intelectuales consideraban que la lucha por el socialismo solo tenía sentido en las potencias industriales, Connolly llevó esa lucha a las colonias. De esa forma fue capaz de enlazar la pelea por la independencia política de las naciones oprimidas con la pelea por la emancipación económica de la clase obrera. Usando una de sus propias frases “la dominación tan arraigada en cualquier país como la dominación británica en Irlanda solo puede ser desmantelada por un impulso revolucionario en línea con el desarrollo de la época”. Ese impulso vendría dado por el ascenso del movimiento obrero bajo el programa de la democracia socialista como parte de una lucha global, pero eso llegaría apenas un año después de la muerte de Connolly, en 1917.

Sin necesidad de leer a Engels, el joven Connolly conocía de sobra las condiciones de vida de la clase obrera; fue víctima y testigo de la humillación y la opresión que la sociedad victoriana ofrecía a su clase trabajadora. Hijo de irlandeses migrantes que huían del hambre nació y se crio en Edimburgo, Escocia, en 1868. Trabajó desde los 11 años. A los 14 falsificó su identidad para alistarse al Ejército Británico y así asegurarse alimento, su regimiento fue destinado a Irlanda los siguientes ocho años. Allí conoció a su amor, Lillie Reynolds, una empleada doméstica protestante junto con la que acabaría formando una familia. A los 22 desertó y para los 25 años ya era un socialista convencido activo en el movimiento escocés gracias a la influencia de su hermano mayor.

James Connolly no solo se limitó a interpretar el mundo en el que vivía, si no que osó cambiarlo. Lo hizo a través de la militancia en partidos políticos socialistas y laboristas, ocupando diferentes puestos y llegando a presentarse a elecciones como candidato, a través de la organización de hombres y mujeres de todo tipo en sindicatos, organizando personas migrantes, conformando plataformas ciudadanas, dirigiendo protestas, huelgas de hambre, huelgas de masas, incluso comandando una milicia obrera… Y lo hizo en Escocia (su tierra natal), en Estados Unidos (donde vivió desde los 35 a los 42 años) y en Irlanda (donde acabó su vida a la edad de 48 años). James Connolly era marxista.

“Queda en manos de quienes lean las siguientes líneas el juzgar su calidad teórica, pero sin duda pueden servir como fuente de inspiración y, además, conforman un documento histórico interesante, no deja de ser parte del legado de uno de los gigantes de nuestra clase”.

Jaime Arregui

El 12 de abril de 1916, en pijama, con los ojos vendados y atado a una silla, pues las heridas recibidas durante el combate le impedían sostenerse en pie, fue fusilado en la cárcel de Kilmainham en Dublín. Se le acusaba de haber ejercido como comandante general del ejército de la República irlandesa en una rebelión armada contra el dominio británico en la isla ¡En mitad de la Guerra Mundial!

Tiempo antes escribía a propósito de la guerra:

“Un gran levantamiento continental de la clase obrera paralizaría la guerra; una protesta universal de discursos públicos no salvará una sola vida de ser aniquilada sin sentido”.

“Irlanda podría prender las llamas de una conflagración europea que no se extinguirá hasta que el último trono y los últimos bonos y deudas capitalistas hayan ardido en la pira fúnebre del último señor de la guerra”.

Hoy en día resulta fácil conocer su vida y obra y el proceso revolucionario posterior de 1917-1923 (en el que se declararon cientos de “soviets” por toda Irlanda) gracias a autores como Lorcan Collins, Conor Kostick o Kieran Allen, entre otros.

Pero para conocer sus ideas sin intermediarios, es necesario asomarse a sus escritos.

A continuación, un ejemplo de su puño y letra en el que se nos ofrece una visión sindicalista de la construcción del socialismo. Una visión en la que la economía es gestionada por una democracia por encima de divisiones territoriales, aunque estas puedan jugar un papel en la administración política. Queda en manos de quienes lean las siguientes líneas el juzgar su calidad teórica, pero sin duda pueden servir como fuente de inspiración y, además, conforman un documento histórico interesante, no deja de ser parte del legado de uno de los gigantes de nuestra clase.

Fragmentos del pasaje “Sindicalismo industrial y Socialismo constructivo” de la obra “Socialism Made Easy” de James Connolly, publicado por primera vez en Chicago, Illinois, en 1909.

“Las instituciones políticas no están adaptadas para la administración de la industria”.

James Connolly
Fragmento de “Sindicalismo industrial y Socialismo constructivo”
Traducción: Jaime Arregui

He aquí una declaración que ningún socialista con un conocimiento claro de la esencia de su doctrina puede cuestionar.

Las instituciones políticas de hoy en día son simplemente las fuerzas coercitivas de la sociedad capitalista, han crecido y están basadas en las divisiones territoriales de poder en manos de la clase dominante de épocas pasadas, y fueron llevadas hacia la sociedad capitalista para satisfacer las necesidades de la case capitalista cuando dicha clase derrocó el dominio de sus predecesores.

La delegación de la función de gobierno en manos de los representantes elegidos en ciertos distritos, estados o territorios, no representa una división natural real adecuada a las exigencias de la sociedad moderna, sino que es una supervivencia de una época en que las influencias territoriales eran más potentes en el mundo que las Influencias industriales, y por eso es totalmente inadecuada para las necesidades del nuevo orden social que debe basarse en la industria.

El pensador socialista, cuando dibuja la forma estructural del nuevo orden social, no imagina un sistema industrial dirigido o gobernado por un cuerpo de hombres o mujeres elegidos de una masa indiscriminada de residentes dentro de determinados distritos, los cuales trabajan en una colección heterogénea de oficios e industrias.

Depositar la decisión, el control y la dirección de la industria en las manos de tal cuerpo sería demasiado absurdo.

De lo que el socialista se da cuenta es de que, bajo una forma de sociedad socialdemócrata, la administración de los asuntos estará en manos de representantes de las diversas industrias de la nación; Que los obreros de las tiendas y fábricas se organicen en sindicatos, cada sindicato agrupando a todos los de una industria dada, que dicho sindicato controle democráticamente la vida del taller de su propia industria, eligiendo a todos los capataces, etc., y regular la rutina del trabajo en esa industria en la subordinación a las necesidades de la sociedad en general, a las necesidades de sus industrias aliadas y al departamento de la industria al que pertenece.

Que representantes electos de estos diversos departamentos trabajadores de industria se reúnan y formen la administración industrial o el gobierno nacional del país.

En pocas palabras, la socialdemocracia, como su nombre lo indica, es la aplicación a la industria o a la vida social de la nación de los principios fundamentales de la democracia.

Tal aplicación necesariamente tendrá que comenzar en el taller, y proceder lógicamente y consecutivamente hacia arriba a través de todos los grados de Organización industrial, hasta que llegue al punto culminante del poder ejecutivo nacional y dirección.

En otras palabras, la socialdemocracia debe proceder desde abajo hacia arriba, mientras que la sociedad política capitalista está organizada desde arriba hacia abajo; La socialdemocracia será administrada por un comité de expertos elegidos de las industrias y profesiones de la tierra; La sociedad capitalista es gobernada por representantes elegidos de los distritos, y se basa en la división territorial.

Los órganos gubernamentales locales o nacionales, o más bien los órganos administrativos del socialismo, abordarán todas las cuestiones con mentes imparciales, armadas con el más completo conocimiento experto nacido de la experiencia; Los cuerpos directivos de la sociedad capitalista tienen que recurrir a un costoso experto profesional para instruirlos sobre todas las cuestiones técnicas y saber que la imparcialidad de dicho experto varía en función del tamaño de su honorario.

Esta concepción del Socialismo destruye de un solo mazazo todos los miedos a un estado burocrático, dirigiendo y ordenando las vidas de cada individuo desde arriba, y así nos asegura que el orden social del futuro será una extensión de las libertades del individuo, y no una supresión de estas.

En resumen, combina el más completo control democrático con la más absoluta supervisión de expertos, algo impensable de cualquier sociedad construida sobre el estado político.

Para enfocar la idea correctamente en tu mente, has de darte cuenta de cómo la industria de hoy trasciende todas las limitaciones de territorio y salta a través de ríos, montañas y continentes, entonces podrás entender lo imposible que sería aplicar a tales intrincadas empresas el principio de control democrático de los trabajadores por medio de divisiones políticas territoriales.
Bajo el Socialismo, estados, territorios o provincias existirán tan solo como expresiones geográficas, y no como fuentes de poder gubernamental, aunque pueden ser las sedes de cuerpos administrativos.

Habiendo comprendido la idea de que la fuerza administrativa de la República Socialista del futuro funcionará a través de sindicatos organizados industrialmente, que el principio de control democrático funcionará a través de los trabajadores correctamente organizados en tales Uniones Industriales y que el estado político y territorial de la sociedad capitalista no tendrá lugar ni función bajo el socialismo, comprenderás de inmediato la verdad plena encarnada en las palabras de este miembro del Partido Socialista que acabo de citar, que “sólo la forma industrial de organización nos ofrece incluso una teoría socialista constructiva como programa”.

Para algunas mentes el Socialismo constructivo está encarnado en el trabajo de nuestros representantes en los varios cuerpos públicos a los que han sido electos.

Las diferentes medidas contra los males de la propiedad capitalista llevadas a cabo por, o como resultado de la agitación de representantes socialistas en cuerpos legislativos, son consideradas de la naturaleza del Socialismo constructivo.

Como hemos demostrado el estado político del capitalismo no tiene cabida bajo el Socialismo, por tanto, las medidas que apuntan a colocar a las industrias bajo el control de dicho estado político no son, de manera alguna, pasos hacia ese ideal; no son más que medidas útiles para restringir la avaricia del capitalismo y para familiarizar a los trabajadores con la concepción de la propiedad común.

Esta última es en efecto su función principal.

Pero la inscripción de los obreros en los sindicatos se ajusta muy de cerca a la estructura de las industrias modernas y siguiendo las líneas orgánicas del desarrollo industrial es por excelencia la forma más rápida, más segura y más pacífica de trabajo constructivo en que puede participar el socialista.

Prepara, dentro del marco de la sociedad capitalista, las formas de trabajo de la República Socialista, y así, al aumentar el poder de resistencia del trabajador contra las usurpaciones actuales de la clase capitalista, le familiariza con la idea de que la unión que está ayudando a construir está destinada a suplantar a esa clase en el control de la industria en la que está empleado.

El poder de esta idea de transformar el aburrido trabajo de la organización sindical en el trabajo constructivo del Socialismo revolucionario, y así hacer del poco imaginativo sindicalista un factor potente en el lanzamiento de un nuevo sistema de sociedad no puede ser sobreestimado.

Invierte los detalles sórdidos de los incidentes cotidianos de la lucha de clases con un significado nuevo y hermoso, y los presenta bajo su verdadera luz, como escaramuzas entre los dos ejércitos opuestos de luz y oscuridad.

A la luz de este principio del sindicalismo industrial, cada taller o fábrica nueva organizada bajo su bandera es una fortaleza arrancada del control de la clase capitalista y gobernada por los soldados de la Revolución para ser sostenida por ellos para los obreros. El día en que las fuerzas políticas y económicas del movimiento obrero rompan finalmente con la sociedad capitalista y proclamen la República de los Trabajadores, esos talleres y fábricas dirigidas por sindicalistas industriales pasaran al control de los trabajadores allí empleados, otorgando así fuerza y eficacia a esa proclamación.

Y así nacerá la nueva sociedad lista y equipada para realizar todas las funciones habituales de su predecesora.

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