Larry Delao Lizardo
Sec. Asuntos Internacionales – Partido Convergencia Socialista

Uno de nuestros más grandes historiadores, Jorge Basadre, veía al Perú como un problema, pero también como una posibilidad. Un problema, por el peso gravitante de su pasado colonial; y una posibilidad, por las esperanzas de construir “un Perú nuevo en un mundo nuevo”.

Hoy, esta posibilidad se abre paso por un camino cada vez más ancho. Por primera vez en nuestra historia republicana, un campesino asumirá el cargo público más alto: ser presidente de la República. Para un país como el nuestro -centro de la dominación colonial y uno de los ejes de la penetración estadounidense en América Latina-, este es un hecho significativo.

¿Fin de la etapa neoliberal?

Durante las últimas décadas, el Perú ha sido gobernado por presidentes de tendencia neoliberal que se dedicaron a mantener o, incluso, profundizar las medidas establecidas por el dictador Alberto Fujimori en los años noventa. Desde Alejandro Toledo hasta el reciente Francisco Sagasti, pasando por el “antisistema” Ollanta Humala, todos los presidentes se han sujetado estrictamente al programa neoliberal.

Alejandro Toledo fue el primer presidente electo durante el “retorno a la democracia”. Sin embargo, su gobierno cuestionó el autoritarismo y la corrupción de su antecesor Fujimori, pero no las bases económicas y políticas que dejó asentadas en sus diez años de dictadura. Esto hizo que su mandato se denominase como “fujimorismo sin Fujimori”. Alan García, líder de la otrora Alianza Popular Revolucionaria Americana (APRA), profundizó las medidas neoliberales al punto de priorizar las inversiones de capital por encima de los derechos e, incluso, la vida de los peruanos. En su mandato, se dio el llamado “Baguazo”, donde varios nativos de la selva fueron asesinados por los policías en una protesta contra la privatización de sus territorios comunales. Esto, sumado a la firma del TLC con los Estados Unidos, ratificó la sujeción de García al credo neoliberal.

Quizá el caso más llamativo fue el de Ollanta Humala, un candidato que entró a la presidencia con un programa de izquierda y gracias a los votos de la zona Sur del Perú (históricamente contestataria), pero que luego gobernó con medidas antipopulares y profundamente neoliberales. Su Gobierno terminó con un escándalo de corrupción por el Caso Lava Jato, el mismo por el que está siendo investigado en la actualidad.

El gobierno de Pedro Pablo Kuczynski (PPK) fue un caso particular, por tratarse de un personaje con un historial conocido en el país. Fue uno de los “chicagoboys” que trabajó como funcionario en el primer gobierno de Fernando Belaunde Terry, pero tuvo que escapar del país en la maletera de un auto por beneficiar ilegalmente a los dueños de la International Petroleum Company, luego de que esta empresa fuera estatizada por el general Juan Velasco Alvarado. Su gobierno no modificó ni ligeramente la herencia neoliberal dejada por sus antecesores. Muy por el contrario, se encargó de profundizarla con medidas antilaborales.

A mitad del mandato de PPK, un escándalo de corrupción (el Caso Odebrecht) lo obligó a renunciar. Asumió el cargo el vicepresidente Martín Vizcarra, quien continuó la política de su antecesor. Finalmente, este último fue vacado por el Congreso de la República debido a denuncias de corrupción fue reemplazado por Manuel Merino, primero, y por Francisco Sagasti después.

Pedro Castillo vendría a romper con esta tradición de gobierno de derecha en nuestro país, más aún teniendo en cuenta que ha logrado la presidencia con un programa claramente de transformación y acompañado por un conjunto de cuadros políticos y técnicos de izquierda. Aunque con años de retraso con respecto a América Latina, Perú está iniciando su primavera progresista.

Una democracia en crisis

En los últimos cinco años, en nuestro país hemos tenido cuatro presidentes, todo debido a la crisis institucional y a la fuerte contradicción entre los sectores de la derecha peruana.

Las elecciones del 2016 tuvieron como protagonistas de la segunda vuelta a Pedro Pablo Kuczynski y a Keiko Fujimori. Luego de una reñida campaña, PPK venció a su contrincante por un estrecho margen (apenas 0,2%). Esto provocó que Keiko Fujimori denunciara fraude y no reconozca inicialmente los resultados. Finalmente, el nuevo presidente fue proclamado. Por su parte, el fujimorismo le declaró la guerra a PPK e hizo todo lo posible para desestabilizar al Gobierno con sus 73 congresistas.

En diciembre del 2017, el fujimorismo en el Congreso pidió la vacancia del presidente por “permanente incapacidad moral”. El motivo: las denuncias por el Caso Odebrecht. Finalmente, la vacancia no fue aprobada debido al boicot de un sector del fujimorismo liderado por el también congresista Kenji Fujimori, hermano de Keiko. Dicho sector dio su voto en contra de la vacancia a cambio de la liberación del dictador Alberto Fujimori. El acuerdo fue cumplido como regalo de navidad: el 24 de diciembre, PPK otorgó el indulto humanitario al patriarca de la familia Fujimori. Esto ocasionó una ruptura entre los hermanos y, obviamente, al interior del fujimorismo: Keiko en mayoría, por un lado, y Kenji en minoría, por otro.

En marzo del 2018, el fujimorismo liderado por Keiko pedirá nuevamente la vacancia de PPK. Esta vez, para asegurarse la victoria, armaron toda una estrategia que incluía la colaboración de miembros del Gobierno e, incluso, la delación de los integrantes de su propia bancada. Dos días antes de votar la moción, uno de los congresistas fujimoristas filtró videos de Kenji Fujimori ofreciéndole un soborno para que vote en contra de la vacancia. Asimismo, se filtró un informe de la Unidad de Inteligencia Financiera (UIF), donde se apreciaba los movimientos irregulares de grandes cantidades de dinero por parte del todavía presidente de la República. Ante el escándalo, PPK comunicó su renuncia a la presidencia

El cargo fue asumido por su primer vicepresidente, Martín Vizcarra, un político con experiencia en el Gobierno Regional de Moquegua, al Sur del país. Las formas de trabajo y de gobierno cambiaron, pero no las políticas económicas y sociales, mucho menos el ataque de la oposición fujimorista. Este enfrentamiento terminó con el cierre del Congreso por parte de Vizcarra en setiembre del 2019. La medida fue cuestionada por algunos sectores políticos, pero avalada por la mayoría de la población. Más adelante, incluso, contó con el visto bueno por parte de Tribunal Constitucional, pues -según este organismo- se siguieron los canales legales. Inmediatamente se convocaron a elecciones parlamentarias y se conformó un nuevo Congreso. Sin embargo, a pesar de que el fujimorismo obtuvo pocos escaños, supo aliarse con diversos sectores de derecha para continuar con su plan de desestabilización.

Al igual que PPK, Vizcarra afrontó dos pedidos de vacancia por parte del Congreso también por denuncias por corrupción. El primer pedido, en setiembre del 2020, no llegó a obtener la aprobación. Sin embargo, el segundo pedido, motivado por otras denuncias de corrupción que involucrarían al presidente, fue aprobado mayoritariamente por el Congreso en noviembre del mismo año. Asumió el cargo el entonces presidente del Congreso, Manuel Merino. Sin embargo, las protestas en las calles y la brutalidad con la que los policías actuaron al reprimirlas obligaron a Merino a presentar su renuncia cinco días después de asumir su cargo. El Congreso eligió un nuevo presidente provisional y esta vez el cargo recayó sobre Francisco Sagasti.

Mientras todo esto ocurría en el gobierno, las calles se movilizaron permanentemente durante los últimos cinco años. En el 2017, se realizaron dos grandes huelgas: una de docentes de la educación básica y otra de médicos del sector público. El factor común: exigir mejores condiciones de trabajo y mayor inversión en estos dos sectores estratégicos. Asimismo, las protestas contra el indulto otorgado por PPK al dictador Fujimori movilizaron también a una gran cantidad de la población. El indulto no solo representaba el “perdón” al principal responsable de la cruenta dictadura de los noventa, sino también la burla de miles de familias que siguen esperando justicia por sus familiares asesinados o desaparecidos.

En diciembre del 2020, en medio de la pandemia, se realizó también un paro agrario que dejó como saldo varios agricultores muertos. Los trabajadores agrícolas reclamaban por la extensión de la vigencia de la Ley de Promoción Agraria, concebida inicialmente como un régimen temporal pero alargado por sucesivos gobiernos. Esta ley precariza el trabajo de los agricultores y beneficia a las grandes agroexportadoras. Por eso fue bautizada como la “ley de la agroexplotación”.

Ese es el contexto social en el que se desencadenó la crisis política reseñada líneas arriba. Es por ese motivo que las protestas de noviembre del 2020 no solo representaron el reclamo frente a la ascensión de Manuel Merino como presidente, sino también una inconformidad permanente con el modelo económico neoliberal. Si bien las protestas estaban centradas en la consigna “Fuera Merino”, varios sectores orientaron también sus reclamos hacia la propuesta de “Asamblea Constituyente y Nueva Constitución”.

La crisis política generada por las contradicciones internas de la derecha peruana no solo produjo una “crisis de las instituciones”, sino que también evidenció la crisis del modelo económico. Sin pensarlo, desataron la delgada cuerda que sujetaba el destejido modelo neoliberal y despertaron al a veces somnoliento pueblo peruano. Los resultados de las recientes elecciones terminaron por canalizar ese amplio descontento popular.

Palabra de maestro: de campesino a presidente

Pedro Castillo Terrones representaba mucho menos de uno por ciento de intención de voto al inicio de las elecciones. Al culminar la primera vuelta, terminó en primer lugar, lo que le permitió pasar a segunda vuelta y, a la vez, constituir la bancada de izquierda más numerosa del Parlamento.

En junio del 2017, los maestros de nuestro país iniciaron una huelga indefinida que se extendió por un poco más de dos meses. Si bien al inicio solo parecía el reclamo de una sola región, Cusco, luego se convirtió en la huelga más numerosa e impactante de los últimos años. En medio de esta protesta, un personaje destacó como dirigente nacional: el maestro Pedro Castillo. Elegido como presidente del Comité Nacional de Lucha de la huelga magisterial, fue el encargado de llevar la voz de los maestros del Perú en todas las movilizaciones y negociaciones con los representantes del Gobierno. La larga duración de la huelga hizo que su imagen se haga cada vez más conocida dentro y fuera del país.

El candidato presidencial de Perú Libre, Pedro Castillo, en un mitin de campaña celebrado el 8 de abril pasado. Europa Press

Culminada la huelga, Pedro Castillo regresó a su escuela rural en el distrito de Muña, Cajamarca, a continuar con su labor pedagógica. Nadie imaginaba que sería el nuevo presidente del Perú. A fines del año 2020, un partido de izquierda nacido en la región de Junín iniciaba los preparativos para las siguientes elecciones. Si bien había tenido una fallida participación en las elecciones parlamentarias, había logrado ganar en varias provincias y alguna región del Centro del país. Su nombre: Perú Libre. Significativa denominación para un partido en el año del Bicentenario de la Independencia.

Perú Libre invitó al maestro Pedro Castillo a su plancha como candidato presidencial. Castillo contaba con el respaldo del magisterio, así que pasó a conformar la plancha presidencial. La campaña inició de lo más precaria. Ninguna encuesta ubicaba en la tabla a Pedro Castillo. Y, cuando logró alcanzar sus primeros dos o tres puntos porcentuales de intención de voto, muchos lo seguían viendo como un candidato “aldeano y folklórico”, como señaló un periodista local. Hasta un sector de la izquierda, que se ubicaba en la capital y contaba con una mayor intención de voto, solicitaba que Castillo decline su candidatura a su favor. Lo que pasó después, es historia conocida.

La tempestad del Bicentenario

¿Cómo explicar el milagroso ascenso de la nada al primer lugar y luego a la presidencia? Son diversos factores los que pueden ofrecernos luces sobre este suceso. En primer lugar, históricamente, en las elecciones de los últimos periodos, gran parte de la población exigía cambios y mejoras al modelo económico. Ejercían un voto de rechazo y de protesta, más aún en las zonas del Sur del Perú, donde se perciben altos niveles de pobreza, exclusión y abandono de parte del Estado. La opción de Pedro Castillo representaba ese cambio esperado. Su prédica de una Nueva Constitución junto con su slogan de campaña “No más pobres en un país rico” lograron capitalizar el voto de este sector de la población.

En segundo lugar, su origen campesino y humilde logró un alto grado de identificación en la población peruana, en su gran mayoría andina y amazónica. A diferencia de los demás candidatos, Pedro Castillo era como ellos, humilde, mestizo, campesino. Este solo elemento le granjeaba gran popularidad y apoyo de parte de los votantes. Sin duda, el mensaje era potente: los campesinos también pueden gobernar el país. En una nación altamente andina y mestiza, esa es una propaganda revolucionaria.

Un tercer factor que puede explicar el primer lugar de Castillo en la primera vuelta es la permanente moderación del otro sector de la izquierda en contienda, Juntos por el Perú. En su afán de captar los votos del llamado “centro político”, trató de moderar su discurso hasta hacerlo digerible para dicho sector. En las últimas semanas, incluso trataron -literalmente- de “despejar dudas” del sector empresarial del país con tal de obtener los votos necesarios para pasar a la segunda ronda. El costo: perder el Sur rebelde del país y el voto de protesta de las demás regiones. El resultado: no pasar a segunda vuelta y quedar con apenas cinco congresistas. Definitivamente, la tibieza nunca será una estrategia efectiva para la izquierda.

Ya en la segunda vuelta, la campaña de ataque contra Pedro Castillo fue quizá la más desalmada de las últimas décadas. Todos los grandes medios de comunicación, salvo unas excepciones, se aliaron con la candidatura de Keiko Fujimori de manera evidente y hasta desvergonzada. Basta con saber que algunos canales de televisión la invitaron a programas de espectáculos dos días antes de las elecciones, cuando ya no se podía hacer campaña según la ley electoral.

Las grandes empresas contrataron paneles luminosos en las principales avenidas de la capital para difundir mensajes anónimos con frases como “No al comunismo”, “No queremos ser como Venezuela”, “El comunismo es el hambre” y cosas así. Asimismo, todos los partidos de la derecha salieron a declarar en contra de Castillo, señalando los mismo argumentos: será un gobierno comunista, traerá miseria y pobreza, nos convertirá en Venezuela, liberará a terroristas, etc.

Quizá la escena más hilarante y vergonzosa de estas elecciones sea el ocaso del otrora “intelectual liberal” Mario Vargas Llosa, Nobel de Literatura. No solo pasó de un antifujimorismo radical a un fujimorismo senil, sino que aún ahora sigue justificando anulaciones de elecciones y posibles golpes de Estado. Toda una digna coronación para quien decía ser el garante de la democracia. Claro, esa “democracia”.

Un último elemento debe ser atendido en este análisis. Estas elecciones funcionaron también como un agente revelador. Nos permitieron observar que, a pesar de tener décadas de república independiente y de reconocernos legalmente como un país megadiverso, seguimos manteniendo múltiples taras de esta pesada herencia colonial que nos domina. El racismo, la discriminación, la exclusión y el clasismo fueron pan de todos los días en estas elecciones. A pesar de todo, el Perú sigue siendo un país dividido con una existencia desgarrada. El Perú oficial sigue ignorando y ninguneando al Perú escondido, oculto, olvidado. Aún existen ciudadanos de segunda y hasta de tercera categoría; aún hay quienes creen que los campesinos y nativos deben pedir permiso para hablar y decidir. Hay quienes creen, incluso, que sus votos no cuentan y pueden ser eliminados fácilmente. Ese es el Perú como problema.

Sin embargo, hay un Perú que puede comenzar a nacer en este Bicentenario. Las grandes masas campesinas y nativas que eligieron un presidente como ellos pueden mostrarnos el camino. Malgrado de la derecha más conservadora y recalcitrante de nuestro país, el campesino ya no está para pedir permiso. El campesinado peruano está haciendo historia con la fuerza de su organización y de sus votos. Muchos campesinos incluso se han movilizado a la capital para hacer respetar su decisión, la decisión popular.

La Tempestad en los Andes que auguraba Luis Valcárcel se está dando. El futuro que consigamos con esta tempestad dependerá del camino que siga el nuevo gobierno de Pedro Castillo y, sobre todo, de la organización popular.