Cristina Valverde Ibáñez: “La transición no fue en absoluto pacífica”

Entrevistamos a Cristina Valverde Ibáñez sobre el periodo que conocemos como la Transición. Cristina fue entonces una joven dirigente socialista.

Una entrevista de Pablo Híjar

Dos días después de los actos y movilizaciones de recuerdo de los acontecimientos y de las víctimas del 3 de marzo de 1976 en Vitoria-Gasteiz, viajé a la ciudad para encontrarme con el veterano compañero Juanjo Vallejo y realizar una doble entrevista. La primera realizada en formato audiovisual a Arturo Val del Olmo, publicada con anterioridad en porelsocialismo.net, y la segunda que nos ocupa en este momento a Cristina Valverde Ibáñez de forma oral. Es oportuno reconocer el esfuerzo de Jesús María Pérez en la transcripción de la misma. Así como su contribución, junto a Juanjo, en la previa redacción de las preguntas, que darán sentido a este doble trabajo que pretende mantener viva la memoria del periodo que conocemos como la transición.

Después del encuentro con Arturo, en la ahora conocida como Plaza del Tres de Marzo en el barrio de Zaramaga, justo frente a La Iglesia de San Francisco de Asís dónde ocurrirían los sucesos celebres y trágicos de 1976, nos desplazamos para encontrarnos con su compañera Cristina en su casa. Cristina Valverde Ibáñez fue una joven dirigente socialista en los estertores de la dictadura franquista y que llegaría a ser elegida en las primeras elecciones municipales como concejala de la ciudad.

Aunque había escuchado hablar de ella a quiénes compartieron su “barricada” en la juventud, no dejó de sorprenderme su fuerte carácter y lo directo de sus apreciaciones. Una conversación que me resultó interesante y vibrante, como espero os resulte a quiénes la vais a leer.

Tú participas en la reconstrucción del PSOE en Álava junto a Antonio Amat a principios de los 70 en la clandestinidad. ¿Cómo fue dar ese paso en tu caso?

En 1970 y 71 nos reuníamos en Vitoria jóvenes que habíamos estudiado en las Universidades Laborales y de ahí surgió un grupo que cuando veníamos en vacaciones después, cuando dejamos de estudiar en ellas, se mantuvo. La composición del grupo era diversa con distinta procedencia y orientación. Había gente nacionalista, gente que venía del mundo católico y otra como yo, que era una antifranquista de fábrica. Es decir, que mi padre había participado en la Guerra Civil en la batalla del Ebro y otras, y en mi casa se hablaba de lo que había pasado durante la guerra. La familia de mi padre había sido de las que habían sido obligadas a tomar aceite de ricino, les cortaban el pelo y las paseaban por el pueblo en Mazarambroz en Toledo, y, ya se sabe, de padres gatos hijos michinas.

Entonces… ¿Tu familia viene de Castilla?

Mi padre nace en Mazarambroz y mi madre es de Melilla del Río Carrión, en Palencia. Mi padre es comunista, del PCE, y cuando estalla la Guerra Civil se marcha al frente. Cuentan, que cuando le vieron con 16 años el militar que lo recogía dijo que era menor de edad y que no le aceptaban. Mi abuela debió decir que: si se había ido voluntario pues que se quedara voluntario, que ella no lo iba a reclamar. Yo creo que era porque así había una boca menos que alimentar. Mi formación y educación fue un tanto contradictoria a nivel de ideas, entre otras cuestiones porque la familia de mi madre era de tradición conservadora y de apoyo al franquismo. Prevaleció la orientación de mi padre.

En 1972 se celebra el Congreso del PSOE en Toulousse, asistes como delegada por Álava junto a Inés Dueñas y vuestra participación persigue democratizar las estructuras orgánicas del partido. ¿A qué se debía esta preocupación?

En un principio, cuando contactamos en 1971 con Antonio Amat, nos da el sello, nos da la relación de socialistas, y vemos que tenemos que empezar a funcionar con el grupo de gente joven. Lo hicimos no solo para democratizar el partido, que dábamos por supuesto que era democrático, sino que pensábamos que había que reactivarlo, reunirse y participar en la clandestinidad en la que en ese momento estábamos.

“Nosotros, aunque no éramos nacionalistas, ninguna de las personas que estábamos procedíamos del mundo nacionalista, sí pensábamos que el derecho de autodeterminación era una reivindicación democrática”.

Cristina Valverde Ibáñez

Tres o cuatro personas empezamos a reunirnos, empezamos a tener relación sobre todo con Vizcaya, con Nicolás Redondo y con otra de por allí, como Blanca Pera. Veíamos que el partido tenía que pasar de estar en Francia, en el exilio, al interior, y que era necesario que la cúpula del partido socialista se democratizara más y que no viniera todo de fuera, incluido el periódico ‘El Socialista’, que en aquella época se publicaba en el exterior, dada las situación de clandestinidad en la que se vivía.

Pensábamos que teníamos que estar en las luchas que se daban en Vitoria y que teníamos que ingresar en los grupos sociales más activos de nuestro entorno. Empezamos a reunirnos en las iglesias. Como éramos maestras o estudiábamos para serlo, dábamos clases a obreros que habían venido de sus pueblos y no tenían el certificado de estudios primarios. Lo hacíamos como voluntarias. No teníamos libertad para reunirnos, no teníamos libertad para hacer panfletos, no había libertades sindicales, no había libertades políticas y como mujeres que éramos, yo creo que, aunque en aquel momento no nos sentíamos feministas, por así decirlo, nos sentíamos mujeres de la clase trabajadora.

En 1973 se celebra el quinto Congreso de las Juventudes Socialistas, se edita una revista en la que el grupo de Álava juega un papel muy destacado con Pedro Viana y estando tú misma de corresponsable y Mikel Septién en el consejo de redacción. ¿Cómo recuerdas esa etapa? ¿Qué dificultades tuvisteis?

Aquella etapa era caótica y el que escribía más era, sobre todo, Pedro Viana que encabezó la revista ‘Renovación’. En aquella época nos denominábamos “luxemburguistas” por el papel que jugó Rosa Luxemburgo frente a la burocracia socialdemócrata, su oposición a la guerra y porque fue una mujer que tuvo un papel muy destacado en todas las luchas obreras. En el grupo inicial también estaban Araceli Roca, Chema Nogales, Inés o Pedro. Reivindicábamos una sociedad socialista, democrática, en contra del franquismo. Recuerdo haber imprimido la revista, usando el método artesanal de la “vietnamita”, cómo nos reuníamos en un local llamado Klim, en el que se reunían artistas, gente joven alternativa, algunos revolucionarios, otros no tanto.

En el XIII Congreso del PSOE se aprobó una resolución política que abogaba por la ruptura democrática que comenzaba con la exigencia de la libertad de todos los presos políticos, el reconocimiento inmediato de todos los derechos y libertades que el franquismo había negado incluyendo el derecho a la autodeterminación de todos los pueblos…

Defendíamos también la disolución de los cuerpos represivos y reivindicábamos la autodeterminación de los pueblos y la república socialista de los distintos pueblos de la península ibérica

Mucho ha cambiado el PSOE, ¿No?

Creo que nosotros teníamos una idea idílica de lo que tendría que haber sido el PSOE y de hecho, no recuerdo en qué congreso, votamos en contra de Felipe González cuando se le planteó elegirlo como secretario general. Votamos en contra, entre otras cosas, por influencia de Antonio Amat. Defendíamos que el secretario general fuese Nicolás Redondo. Ya éramos un tanto díscolos dentro del PSOE en aquellos congresos.

Nosotros, aunque no éramos nacionalistas, ninguna de las personas que estábamos procedíamos del mundo nacionalista, sí pensábamos que el derecho de autodeterminación era una reivindicación democrática. Pero las ejecutivas que salían de los congresos tenían poco de marxistas, no tenían ninguna intención de defender la autodeterminación de los pueblos o la disolución de los cuerpos represivos.

“Cuando se produjo la primera disolución, Múgica nos dijo que ‘no dábamos la talla’. Pero no ‘no dábamos la talla’… ¿Frente a quién? ¿frente a la burguesía?”

Cristina Valverde Ibáñez

Ahora, que ya soy mayor, creo que teníamos una idea muy distorsionada de lo que era el PSOE, que ya entonces estaba financiado por la socialdemocracia alemana.

En 1975, las resoluciones del VI Congreso de las Juventudes Socialistas celebrado en Lisboa, son recibidas con hostilidad por la dirección del PSOE. ¿Qué debate se fuerza y qué resultados tiene?

Desde 1974 ya teníamos reuniones con compañeros y compañeras de todo el Estado español que militaban en el PSOE, que compartíamos que este iba hacia la socialdemocracia. Llegamos a Portugal y allí se vio claramente que había quien concebía las JJSS como la juventud del partido socialista, como una simple correa de transmisión, y quien nos oponíamos a ser correa de transmisión de la socialdemocracia. Abogábamos por derrocar al franquismo y crear un sistema de libertades y no quedarnos en una democracia burguesa, sino ir más allá, a una sociedad socialista.

Curiosamente en 1976, que es el año de mayor auge de las luchas obreras, comienza una purga interna en el movimiento socialista empezando con la disolución de las juventudes socialistas de Álava y posteriormente de la Federación Socialista de Álava en abril del 77. ¿Por qué se dio ese ensañamiento por parte de la dirección del PSOE contra todo un sector de las JJSS, el PSOE e incluso de la UGT que fueron acusados de izquierdistas?

Más que de izquierdistas, se hablaba de que éramos una tendencia trotskista infiltrada y que cuestionábamos los planteamientos que tenía la dirección de llegar a acuerdos con el sector franquista y monárquico que había decidido aparentar ser democrático. La dirección tenía esa perspectiva y nosotros estábamos totalmente en contra en aquella época de los Pactos de la Moncloa.

Pensábamos que el sindicato no debía ser correa de transmisión del partido. Cuando empezamos a funcionar en el 71 éramos al mismo tiempo del PSOE, de la UGT y de las Juventudes Socialistas, porque éramos jóvenes y pocos. Arturo tenía 26 años, yo tenía 24, Septién tenía 27, Delia 16, Esther, Mila, Emilio, Pulimentos… éramos trabajadores y trabajadoras jóvenes. En un momento determinado empezamos a estructurarnos en función de las necesidades y del trabajo que cada cual desarrollaba.

Por ejemplo, Arturo se dedicó mucho más al tema del sindicato y yo me quedé más en el tema del partido. Creo que se enfrentó un planteamiento de clase obrera frente a un planteamiento de democracia burguesa. En Álava éramos muy militantes y nos estábamos convirtiendo en una referencia a nivel estatal.

Cuando se produjo la primera disolución, Múgica nos dijo que “no dábamos la talla”. Pero no “dábamos la talla”… ¿Frente a quién? ¿frente a la burguesía? En otras partes del estado en el PSOE había mucho intelectual, mucho abogado que no procedía de la clase obrera y que consideraba que era necesario pactar con los sectores aperturistas del franquismo. En la agrupación de Álava había una conjunción teórico práctica en la línea del marxismo.

Cuando Felipe González dice “si no se quita la palabra marxismo yo dimito” pone a la organización en una encrucijada. Nosotros y nosotras votamos en contra, pero el partido socialista, yo creo que desde su recomposición en los últimos años del franquismo, muy marxista, muy marxista, no era. Yo aprendí marxismo con los grupos de Rosa Luxemburgo, luego con los de Nuevo Claridad, porque la formación que daba el PSOE de marxista, poco.

En Álava es posible que nosotros diéramos un perfil muy radical, muy de estar en contacto con la clase obrera y no atrajéramos a sectores socialdemócratas.

Dábamos un perfil, que ellos veían, que si nos mantenían, no iban atraer a la pequeña burguesía, como por ejemplo fue captar a Fernando Buesa y otros con una imagen pública similar. Nosotros éramos un impedimento para hacer un PSOE más o menos amaestrado y no dábamos, como dijo Múgica, “la talla” en el sentido de que ellos pensaban que nadie de la burguesía se iba a identificar con el grupo socialista.

Aparte tenían un problema. Como éramos muy militantes pues la mayoría de la gente en Álava estaba en contra de sus posicionamientos. Por eso en un momento determinado, como democráticamente no ganaban tuvieron que hacerlo en plan dictatorial.

De tu lucha y de tus compañeros y compañeras para mantener el ideario socialista, ¿Cómo valoras el resultado final de la conocida como Transición, las elecciones de 1977 y la Constitución del 78 que se puede decir que es el final de aquel periodo?

En las primeras elecciones municipales a mí me integran en la candidatura porque era como la cara obrera que podía tener el PSOE en el Ayuntamiento de Vitoria. Aceptamos volver al partido pensando que podíamos tener más incidencia. El hecho es que yo salgo elegida en el grupo socialista pero con muy pocas posibilidades de influencia en el mismo y en la actuación del PSOE en la dinámica municipal.

“Salí de la comisaria en un estado lamentable, en tan solo tres días el deterioro era notable. Cuando pasé por comisaría en el 76 no creas que fue más suave que en el 72”.

Cristina Valverde Ibáñez

Al año presenté una carta de dimisión explicando, entre otras razones, que habíamos entrado a las instituciones con el ánimo de conseguir representación para construir unos ayuntamientos democráticos y al final lo que era en realidad era gestionar lo que la mayoría del Ayuntamiento decidía, que era la mayoría que formaban PNV y UCD. En la oposición estábamos cinco concejales del PSOE y tres de HB, donde la única mujer era yo.

Dediqué mucho tiempo, esfuerzo e ideas, hasta que me di cuenta de que allí perdía el tiempo, porque ni convencía a mis compañeros de grupo, ni como grupo había una repercusión en la vida ciudadana de Vitoria, ni tampoco había un grupo en la base, que apoyara mi tarea institucional. Se produjo un cambio social que se denominó “la Transición”, porque peleamos por él, porque teníamos fuerza, pero no se supo aprovecharlo para hacer difusión desde las instituciones de las ideas socialistas. Fue lo que llamábamos cretinismo institucional o parlamentario y de aquella Transición pactada, pactadísima, yo personalmente me he enterado de muchas cosas cuando he sido más mayor y he podido leer y reflexionar más.

Creo que teníamos muy buenas intenciones, buenas ideas, pero que no llegamos a más población, para cuestionar la Transición que hemos vivido. Se aprobó la Ley de la Amnistía, que como se está demostrando, no fue suficiente. Se valoró que muchas de las personas que luchamos contra el franquismo fuimos amnistiadas, que no fuimos a la cárcel, entre ellas yo por ejemplo, desde el 72 al 76 todos los años pasaba por comisaría y en dos ocasiones por la cárcel y tenía juicios pendientes. Así que era inevitable la alegría, sin entender que, al mismo tiempo que habían amnistiado a personas antifranquistas, también habían amnistiado a todos los cuerpos represivos y que el aparato institucional seguía en poder de la burguesía y de la banca.

Posteriormente a la expulsión del PSOE y de las juventudes y de la disolución de la UGT, puedo decir que a partir de 1980 mi actividad política y sindical toma otro cariz menos militante, más dedicada a mi trabajo en la enseñanza como maestra y como Delegada de Empresa, y a las cuestiones familiares derivadas de haber decidido ser madre de dos hijos.

Ahora que has mencionado las detenciones… ¿Era pacífico el paso por las comisarías?

La primera vez que que me detuvieron y llevaron a la comisaría y a la cárcel de la calle “La Paz”, lo hicieron al mismo tiempo que a Josefina Anguiano, a Inés Dueñas y a Pedro Viana. Estábamos reunidas en un pueblo con veintitantas personas y allí, nos detienen a tres socialistas y a una trabajadora que no pertenecía a las organizaciones socialistas.

La entrada en comisaría fue terrible, sobre todo con un policía que se llamaba Aguirre, que daba hostias hasta en el carnet de identidad. La situación en comisaría me pareció traumática y entré en bloqueo. Negué todo, hasta lo más evidente. Hostia va y hostia viene por la mañana, por la tarde, por la noche.

Nos sacaron a la calle entre dos guardias secretas paseando por Vitoria, por la parte vieja, para que cayera el que se nos acercara a saludarnos. Hubo tortura de tipo físico y una tortura de tipo psicológico. Nos humillaban, nos trataban como si fuéramos utilizadas por la dirección del PSOE, abogados, gente, según ellos, con más clase que nosotras.

Salí de la comisaria en un estado lamentable, en tan solo tres días el deterioro era notable. Cuando pasé por comisaría en el 76 no creas que fue más suave que en el 72. El paso a la cárcel fue un alivio, sobre todo cuando estuve en la de la calle “ La Paz” ya que allí estuve con otras compañeras. Sin embargo en la cárcel de Nanclares de la Oca, cuando estuve sola, me invadió una enorme sensación de agobio e inseguridad.

“A pesar de tener las ideas muy claras de lo que era el franquismo y a pesar de haber pasado por comisaría desde el 72 al 76, vernos en la iglesia encerradas, ver las cristaleras cómo se rompían por el impacto de los disparos y botes de humo, tener que salir corriendo, saltando muros y resguardarnos en los portales cercanos, esquivando golpes… era una situación que no esperábamos”.

Cristina Valverde Ibáñez

La transición no fue en absoluto pacífica. Creo que para los que militamos en su momento en el PSOE la Transición fue más pacífica que para la gente que lo hacía en otras organizaciones de izquierdas. Aquí, en Vitoria, a raíz de las luchas obreras y del vil asesinato de 5 obreros y muchas detenciones, con posterioridad al 3 de Marzo del 76, se detuvo y llevaron a muchos obreros a la cárcel, no solo gente de la UGT y del PSOE, también sufrieron la represión militantes y activistas del MCA, del Movimiento Anticapitalista o representantes de las Comisiones Representativas, entre muchos otros.

¿Cómo fue tu participación en la lucha del 3 de Marzo?

En las luchas del 3 de Marzo hubo un movimiento muy importante de mujeres, sobre todo de mujeres trabajadoras en las fábricas, feministas y de compañeras de trabajadores, organizando y apoyando la lucha. Mi papel en el 3 de Marzo fue participar en las asambleas que se organizaban, en las manifestaciones y acciones que se organizaron y como estábamos en el Partido Socialista y en la UGT, participé en las reuniones para debatir el proceso. Participé en las reuniones con otras organizaciones políticas y sindicales en los llamamientos que se hicieron en determinados momentos de la lucha. Colaboré en la impresión y difusión de las octavillas que se repartían. Ese mismo mes fui detenida en mi casa, me llevaron a la cárcel de Nanclares de la Oca acusada de pertenencia a organizaciones ilegales, por tener en mi casa una multicopista y material de propaganda subversiva y por haber participado en las manifestaciones del 3 de marzo.

El 3 de marzo a la tarde estaba dentro de la iglesia de San Francisco y fue horroroso. A pesar de tener las ideas muy claras de lo que era el franquismo y a pesar de haber pasado por comisaría desde el 72 al 76, vernos en la iglesia encerradas, ver las cristaleras cómo se rompían por el impacto de los disparos y botes de humo, tener que salir corriendo, saltando muros y resguardarnos en los portales cercanos, esquivando golpes… era una situación que no esperábamos a pesar de saber la función de la policía y del franquismo. Fue una escuela de hasta dónde puede llegar el poder político, económico y represivo sin preocuparle cuántos caían y morían. Ese día, así como los anteriores y posteriores, fueron unos días terribles e increíbles en los que se demostró la sinrazón de este sistema económico capitalista.

Para terminar, decir que en estos momentos con 71 años, sigo creyendo que el papel de la clase trabajadora y de sus organizaciones son fundamentales para conseguir acabar con este sistema capitalista y su democracia burguesa, así como para emprender la construcción de una sociedad socialista. Mi papel en estos momentos pasa por apoyar y participar en el movimiento de pensionistas, en las movilizaciones por unos servicios públicos y de calidad, por un no a la guerra, en contra de la violencia de género, por el derecho a vivir y morir dignamente, entre otras causas.

Cuando nos disponíamos a salir de casa de Cristina y Arturo, ella nos interpeló: “Hay algo que no he dicho y creo que debe de incluirse”. “Las mujeres no lo tuvimos nada sencillo en aquel periodo político, había mucho machismo entonces, también en las organizaciones de la izquierda”, remarcó justo antes de despedirnos. Y no tenemos ninguna duda de que así fue, como tampoco de que ella misma, precisamente, fue un ejemplo de las mujeres que supieron romper con aquella dinámica patriarcal en el seno de la sociedad y en las propias organizaciones de clase trabajadora.

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