Jesús María Pérez

Hoy 3 de marzo de 2021 republicamos un artículo de Alberto Arregui escrito hace veinte años con motivo del 25 aniversario de la matanza de Vitoria en 1976. Recomendamos esta lectura sobre unos hechos ocurridos hace ya 45 años, en primer lugar, por necesidad. La necesidad de seguir reivindicando a las víctimas olvidadas y a quienes protagonizaron una lucha que bien merece un esfuerzo para tratar de comprender todas las lecciones que encierra, para no volver a tropezar en la misma piedra y anudar de nuevo el hilo de la experiencia del movimiento de la clase trabajadora. Nuestros problemas de hoy no caen del cielo, sino que hunden sus raíces en una sociedad y en acontecimientos como la Transición. Por eso, también recomendamos que su lectura se haga de forma pausada, concentrada, o incluso dedicarle un segundo repaso, ya que cada párrafo tiene una profundidad y un alcance que invita e incita a la reflexión. Cada párrafo tiene la virtud, o el descaro, de poner en evidencia lo que de verdad sabemos y lo que deberíamos saber sobre unos hechos que son claves en la historia del movimiento obrero y que tuvieron una indudable influencia en el desarrollo de la Transición.

El 3 de Marzo no fue una lucha que estalló en un mar de tranquilidad, pero tampoco fue solo una lucha más entre las muchas que se dieron en aquel momento. En palabras de Alberto Arregui, “el 3 de Marzo concentra lo esencial de la Transición”. De hecho, era la tercera huelga general que se convocaba en menos de un mes en la ciudad de Vitoria. Y se convocaba no por partidos o sindicatos de la oposición sino por organismos creados por los propios trabajadores como era la Asamblea de las Comisiones Representativas elegidas directamente en las asambleas constantes que se celebraban en las fábricas y empresas en lucha.

El movimiento de Vitoria no fue “inmaduro”, como fue calificado por alguno de los dirigentes sindicales de la época, sino que fue protagonizado por una clase trabajadora nueva, que no tenía las tradiciones de lucha y organización de otros sectores que históricamente habían formado la vanguardia de la lucha laboral y social. Una clase trabajadora que en buena parte estaba compuesta por trabajadores y trabajadoras procedentes de la inmigración interior en los años 60, que fue aprendiendo rápido de su propia experiencia y sacando sus propias conclusiones, forjando una dirección al calor de la lucha que respondía a las necesidades que iban surgiendo día a día sin esperar a que organizaciones asentadas marcasen el rumbo a seguir, bien porque no existían en la ciudad o porque eran muy débiles. Como dice Alberto Arregui, fue “producto del enorme ambiente de ebullición social, que llevaba a una transformación vertiginosa de la conciencia de la clase obrera”. Se empezaba con reclamaciones económicas, en primer lugar, ajustar los salarios a la inflación, lo que era suficiente para hacer saltar los goznes del sindicato vertical y se enfrentaban a una patronal cuya reacción inmediata era despedir a los “cabecillas”. Eso, a su vez, alimentaba la lucha al obligar a poner en el primer lugar de la tabla reivindicativa de casi todos los conflictos la readmisión de los despedidos. Llegados a este punto el régimen lo consideraba una politización inaceptable y se daba una vuelta de tuerca a la represión. Se prohibían asambleas, se dispersaban concentraciones o manifestaciones, y se producía la detención de los “revoltosos” provocando que a las demandas se sumara la petición de libertad de los detenidos y la exigencia de libertades democráticas.

Y este proceso, en Vitoria, se plasmó con relativa rapidez, afectando cada vez a más sectores sociales y sin la tutela o la referencia de organizaciones de las que se pudiera esperar que ofrecieran una salida a una situación insostenible. Fueron los trabajadores y trabajadoras quienes fueron organizándose, primero en las fábricas y empresas en huelga, después en asambleas conjuntas a las que unían representantes de empresas que no estaban en huelga, se elegían representantes en esas asambleas para formar las comisiones representativas que se coordinaban en una asamblea general.

Nadie controlaba el movimiento, ni el régimen ni la oposición. Era la organización de los propios trabajadores la que les infundía una confianza creciente en sí mismos y en sus posibilidades y eso es lo que metió el miedo en el cuerpo a los franquistas.

Fraga Iribarne, ministro del Interior en aquel momento, habla en sus memorias de una ciudad tomada por los obreros, como «Petrogrado en 1917». A juicio de Martín Villa, entonces ministro de Relaciones Sindicales, había un clima de «desobediencia civil generalizada», y se respiraba un «fervor casi revolucionario». Fue muy expresivo un titular de prensa que utilizó Vázquez Montalbán en aquella época: “El indiscreto miedo a la clase obrera”. De hecho, Nicolás Sartorius, muchos años después, en su libro “El final de la dictadura”, reconoce que “el Gobierno de Arias Navarro entra en fase terminal después de la masacre de Vitoria” y que, en su dimisión, ocurrida solo cuatro meses después, “jugó un papel determinante la movilización de los trabajadores”.

Pero el ejemplo de Vitoria también metió miedo en las filas de la oposición que aceleró un proceso de unificación y negociación con el poder en la que se dejó por el camino el programa por el que se estaba luchando. La tesis de Alberto Arregui, que os animamos a estudiar, es que la “Sagrada Transición” que nos impusieron, y sacralizaron posteriormente como modelo indiscutible, no era la única opción. Que si las organizaciones principales de la clase obrera “hubiesen echado toda la carne en el asador” habríamos podido tener “un modelo de transición política sin monarquía y sin libertades a medias”.

No permitiremos que los cinco asesinados en la iglesia de San Francisco sean relegados al olvido; No permitiremos que los 150 heridos de bala el 3 de Marzo sean considerados una anécdota histórica; No permitiremos que los esfuerzos de tantos miles de trabajadores en aquel momento histórico se olviden. Sus lecciones nos iluminan el camino.

Las víctimas olvidadas

25 años después del 3 de Marzo de 1976

Alberto Arregui

Funeral tras la matanza del 3 de marzo.

Han transcurrido 25 años desde uno de los momentos más críticos y significativos de la llamada «Transición política» en el Estado español: El día 3 de marzo de 1976, la represión policial provocaba la muerte de 5 trabajadores y más de 150 sufrían heridas de bala. El pacto de silencio que presidió la Transición ha extendido su sombra hasta el día de hoy, provocando un efecto estrambótico; los responsables de aquellos actos nunca han respondido ni pagado por ellos, las víctimas y sus familiares siguen esperando una reparación, un reconocimiento que no llega, la mayor parte de la población ignora lo sucedido.

En definitiva, la historia ha sido deformada desde el poder, y coloca como valedores del advenimiento de las libertades democráticas a las personas que tuvieron la responsabilidad política de aquellos hechos, bajo el gobierno de la monarquía, personajes como Fraga, Suarez, Martín Villa… aparecen como protagonistas de la Transición. Mientras tanto, las víctimas son olvidadas. Incluso se llega a lo grotesco, cuando elementos emblemáticos de la dictadura franquista, como el torturador Melitón Manzanas o Carrero Blanco, son reivindicados por la reciente Ley de solidaridad con las víctimas del terrorismo, mientras se niega cualquier reconocimiento a las víctimas del 3 de marzo y a tantas otras.

Este aparente galimatías adquiere sentido si comprendemos que detrás existe la sempiterna contradicción entre la historia oficial y la historia real. La primera pretende que la caída de la dictadura fue la consecuencia de la decisión desinteresada del gobierno de la monarquía y de la derecha en general que se convirtió a la democracia una vez muerto Franco, frente a una realidad compuesta de la lucha y el sacrifico de miles de personas que forzaron a la clase dominante a hacer concesiones, a ceder en las libertades democráticas, ante el miedo que les producía el avance de las luchas obreras. En la historia oficial son siempre los reyes quienes ganan o pierden batallas y conquistan nuevas tierras, quienes mandan construir los palacios y cultivar las tierras. En la realidad, es el pueblo quien da su sangre en las guerras, quien sufre con las derrotas y también con las victorias, son los trabajadores quienes construyen los edificios y las obras públicas o cultivan la tierra con su esfuerzo. Esta norma rige también para comprender la caída de la dictadura en el Estado español. No fueron los buenos gobernantes, sino la lucha, lo que obligó a la clase dominante a ceder, a legalizar lo que ya estaba legalizado en la práctica, reconociendo a los partidos políticos y convocando elecciones, eso sí, haciendo todas las trampas posibles para mantener su dominio de clase.

Por todo ello, veinticinco años después, es necesario reivindicar a las víctimas de la represión en Vitoria, comprender las lecciones de aquella lucha, y exigir el mantenimiento de la memoria histórica frente a las tergiversaciones del poder. Los acontecimientos del 3 de marzo, concentran lo esencial de la Transición. Podríamos afirmar que, comprendiendo esta lucha, podemos comprender lo esencial del proceso que produjo la caída de la dictadura franquista.

Por supuesto, no era un hecho aislado, sino una de las expresiones más agudas del choque, cada vez más evidente, que se producía entre las aspiraciones de los trabajadores y sus familias y el régimen político agobiante en que vivíamos. El ascenso de las luchas ponía al régimen contra las cuerdas, era evidente que con la única arma de la represión la dictadura era insostenible. La clase dominante estaba dividida, entre aquellos que se aferraban a los viejos métodos y los que veían la inevitabilidad de los cambios. Entre estos últimos se iba reforzando la idea de que era necesario hacer reformas desde el poder para evitar un estallido revolucionario en la calle.

La verdad es que esta táctica era complicada, pues cada brecha que se abría animaba las luchas, por tanto, en este plan, era necesario contar con la colaboración de los dirigentes de las principales organizaciones de los trabajadores, el PCE y el PSOE. Este factor tuvo una influencia decisiva en los acontecimientos de Vitoria, como lo tendría en otros momentos claves como la matanza de Atocha, en llevar a estos dirigentes a rechazar la posibilidad de extender las luchas al conjunto del Estado español, lo que hubiese podido provocar la caída del gobierno de la monarquía, que se diga lo que se diga, adolecía de una gran debilidad.

Lo primero que debemos afirmar es que la lucha de Vitoria, como las más significativas de la Transición, no fue organizada por los dirigentes del PCE o del PSOE ni de UGT o CCOO, sino que fue producto del enorme ambiente de ebullición social, que llevaba a una transformación vertiginosa de la conciencia de la clase obrera. Es más, los dirigentes de los partidos políticos de los trabajadores no veían esta lucha con buenos ojos, pues quedaba fuera de su control.

Más tarde, el entonces destacado dirigente del PCE y de CCOO, Nicolás Sartorius, criticó el movimiento de Vitoria en las páginas de la revista Triunfo, calificándolo de «movimiento inmaduro». Para aquellos que habían pactado con el poder una transición controlada, estas luchas aparecían como un obstáculo, y confiaban en las plataformas de partidos que se habían constituido para «dialogar» con la dictadura. En realidad, era todo lo contrario: la lucha de los trabajadores vitorianos hizo más por la conquista de las libertades democráticas que todas las «plataformas» «juntas» y «platajuntas». De la propia situación política y laboral se desprendía la necesidad de una lucha centralizada, de una dirección que concentrase las fuerzas que surgían por todas partes y llevase al derrocamiento de la dictadura. En ausencia de ello, el movimiento estallaba en algunas ocasiones, desbordando a las organizaciones; esto fue ni más ni menos marzo de 1976.

Vitoria fue la prueba palpable de que teníamos razón aquellos que confiábamos en el poder de los trabajadores, en que la clase obrera por sí misma podía acabar con la dictadura, y que, para ello, no tenía necesidad de pactar ni con demócratas conversos, ni necesitaba salvadores al estilo de ETA. El terrorismo individual preconizado por ETA, y sustentado por una minoría ínfima, aunque contaba con simpatías entre sectores amplios de la población, demostró en esta ocasión su impotencia, su carácter anecdótico frente a las movilizaciones del conjunto de los trabajadores. Es un hecho que, a pesar de todos los errores de la izquierda, en las elecciones de junio de 1977, las opciones que apoyaban el terrorismo individual de ETA, tuvieron un escaso eco electoral. Su crecimiento vendría después, aunque esto ya es otra historia.

El eco del 3 de marzo se extendió a todo Euskadi, Navarra incluida, y aunque en menor medida a todo el Estado español. Si las organizaciones obreras hubiesen puesto toda la carne en el asador, hubiese sido el fin de la dictadura y un modelo totalmente distinto de transición, sin monarquía y sin libertades a medias. Pero los dirigentes de la izquierda se asustaron y aceleraron los planes de negociación con el régimen con la fusión de la Junta Democrática y la Plataforma Democrática en un solo organismo, así se juntaban el PCE y el PSOE y los distintos satélites a su alrededor, incluidos grupúsculos burgueses que no tenían ninguna representatividad en la sociedad pero que justificaban que la «Platajunta» tuviese un programa exclusivamente burgués olvidando gran parte de las reivindicaciones democráticas que se pedían en la calle, y que llevó a la izquierda por el camino de la aceptación de la monarquía, la bandera nacional, el olvido del derecho de autodeterminación, el pacto para silenciar los crímenes de la dictadura, dejar en la estacada a los militares de la UMD que se habían enfrentado al régimen y tantas otras cosas.

Desde el poder, también se asustaron. Aún estaba reciente la Revolución Portuguesa de 1974. La represión mostraba su fracaso, Fraga y Arias salían «quemados». Así, mientras se tomaban medidas represivas, o se acordaba que el servicio militar se cumpliese fuera de la región militar de origen, pues habían comprendido que en Vitoria no hubiesen controlado a los soldados de sacarlos a la calle, se daban pasos para acelerar una transición pactada.

Vitoria tuvo esas consecuencias y muchas más; demostró cómo puede transformarse la conciencia colectiva a través de una lucha. Se pasó de unas reivindicaciones laborales, a un enfrentamiento político con el régimen, y a una comprensión por parte de muchos trabajadores de la necesidad de una transformación socialista de la sociedad. Demostró la superioridad de los métodos de lucha de clase. Las Comisiones Representativas elegidas por los trabajadores fueron convirtiéndose en una dirección de la lucha y en una inspiración política. Desde una sola empresa, Forjas alavesas, el conflicto fue extendiéndose y unificando a los trabajadores de una y otra empresa, para llegar a toda la ciudad, estudiantes, pequeños comerciantes… creando un embrión de consejos obreros (soviets) y una experiencia valiosísima de democracia obrera.

El pacto de silencio que pesa sobre la Transición arroja al olvido a aquellos que más hicieron por nuestras libertades, a quienes dieron su vida, quienes fueron heridos o sufrieron la represión política y laboral. Mientras tanto el gobierno del PP en una burla grotesca condecora o indemniza a destacados franquistas. La izquierda por necesidad, por justicia y por dignidad no puede permanecer callada ante esto. No podemos aplazar más la reivindicación de las lecciones, de la heroicidad de aquellos compañeros.

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