El infierno laboral en el campo

La muerte de un jornalero de origen pakistaní en el Baix Cinca sacudió la sociedad aragonesa días atrás.

Escribe Miguel Ángel Márquez Lapuente
Ingeniero agrónomo y trabajador del sector agrario. Militante de Izquierda Unida Aragón.
Foto cabecera: Jornaleros en una explotación agrícola aragonesa. Aragón TV

Hace unos días, un trabajador agrícola de origen pakistaní falleció en Fraga tras sufrir un golpe de calor mientras trabajaba en una explotación frutícola del Baix Cinca. Nos gustaría pensar que esto es algo poco habitual, que no hay ninguna desigualdad sistémica detrás de esto y que es algo más circunstancial y abstracto que lo que realmente es: una normalidad del sector agrario. Tras esta lamentable muerte se esconde un sector, el primario, muy precario en términos laborales, que se nutre como ningún otro sector de mano de obra salida masivamente del colectivo migrante. Una realidad que muchos intuyen, que en el mundillo sabemos perfectamente, pero que muy pocos quieren poner en la palestra y darle la importancia que realmente tiene.

La muerte de este trabajador en Fraga obedece a una negligencia de extrema gravedad por parte de su empleador y además de una falta notoria de interés por la salud de sus empleados y empleadas, pues hasta llegar a que a alguien le de un golpe de calor, se pasan por varias fases que incluyen cansancio, mareos, visión borrosa, vómitos,…estados que se pueden percibir fácilmente en la persona que los sufre. A veces el propio trabajador no dice nada de sus circunstancias ya que la precariedad de su situación le expone a que le puedan echar por quejarse; esto sumado a que, si son personas en situación irregular, ese trabajo no solo les da un salario, sino que les permite estar, lo que les provoca aún más necesidad hacia ese trabajo. Otras veces, el propio empleador puede ver que «su trabajador o trabajadora» no está en condiciones de trabajar, pero no hace nada porque “el trabajo tiene que salir”. Sea como fuere, se juega con ese miedo a quedarse sin empleo y sin regularización por parte de los migrantes, para “tensar la cuerda” de la presión laboral más de lo que se debe. Y los resultados son unos datos tan duros como innegables.

El sector agrario concentra el mayor porcentaje de accidentes graves, que es es de 1,90% sobre el total de gente trabajadora del sector, que resulta ser muy superior al del resto de sectores, siendo para la industria de 0,93%, para la construcción de 1,29% y para el sector servicios de 0,82% (1). Esto, Incluso pese a que hay “Infradeclaración de accidentes de trabajadores por cuenta propia del REA”.(1)

De estos accidentes, el 20,3% pertenecen a trabajadores migrantes (frente a la media del 15,1% de todos los sectores), lo que aporta aún más claridad sobre el asunto de la explotación laboral a los migrantes en el campo.

«De modo resumido, los mitos los podemos dividir en dos grupos: los que tienen que ver con el amor a la tierra inherente del trabajo en el campo; y por otro lado, los que tienen que ver con la dureza del trabajo en el campo como parte intrínseca del propio trabajo».

Miguel Ángel Márquez Lapuente

Estos accidentes y sus consecuencias son debido sobre todo a tres causas: el ser un trabajo eminentemente físico, con maquinaria y a la intemperie; el estar alejado de centros de atención primaria y de urgencia; y por otro lado, y aquí esta lo más grave, debido a la precariedad laboral y la falta de cumplimiento por parte de las empresas y cooperativas, de la legislación en el terreno laboral.

¿Cómo se llega a que haya trabajadores del campo que mueran de golpes de calor o a que la precariedad laboral en general, sea algo tan común en el sector agrario? Pues la parte que nos compete al conjunto de la ciudadanía, corresponde al mantenimiento de “los mitos del trabajo de campo”

En materia social (y con honrosas excepciones), el trabajo en el campo siempre ha ido a la zaga en lucha laboral, incluso en “la épica de nuestra clase”, con respecto a los trabajos más “urbanos” (no olvidemos que aún hay gente que llama directamente clase obrera a todo el conjunto de la clase trabajadora concienciada, despreciando a el sector laboral agrario). Desde lo urbano no se atiende, o se atiende muy poco, a los derechos laborales de las gentes que trabajan en el campo. Es un tipo de trabajo que a la mayoría le pilla muy lejos y que por tanto, no le importa al no tocarle de cerca. Les es abstracto y borroso. Pero si cabe peor aún, es que en el propio entorno rural se vendan los mitos que luego consumen los “urbanitas”. De modo resumido, los mitos los podemos dividir en dos grupos: los que tienen que ver con el amor a la tierra inherente del trabajo en el campo; y por otro lado, los que tienen que ver con la dureza del trabajo en el campo como parte intrínseca del propio trabajo.

Si nos centramos en esto último, y bajamos al terreno del propio trabajo a pie de campo, vemos: flagrantes aumentos de las jornadas de trabajo; trabajo en circunstancias meteorológicas expresamente prohibidas por la legislación; ausencia de equipos de protección; incluso gente hacinada en zulos para trabajar toda la temporada de cosecha cerca del cultivo. Todo esto se sabe, pero se oculta bajo el mito de “el trabajo del campo” que establece a grandes rasgos que los “tiempos del campo” están por encima de los tiempos de trabajo. No estoy en contra, si acaso me da pena, que una persona se auto-explote porque piensa que tiene un tiempo limitado para hacer un trabajo no tan limitado. Pero lo que no puede ser es que sea una norma que los empleadores exploten con normalidad a los y las trabajadoras bajo estos mismos pretextos.

Y ojo, que no solo es algo de puro caciquismo de los empleadores. Es peor aún, es algo extendido en todo el sector. Y es que ya en la universidad se nos dejaba claro que se trabaja lo que necesite el campo -no lo que establezca el contrato o la ley- y que, además, el emplear a gente necesitada explotándoles es “lo que hay”. Por no hablar del papel de ciertos sindicatos agrarios que más defienden a los propietarios y sus desmanes que a las clases trabajadoras del campo.

«La gente de la calle tienen mucho más en común con el migrante que se desloma en el campo que con el politicucho de pulserita con bandera española que cobra lo que cuatro personas por ir a un tercio de las sesiones del Congreso a decir idioteces».

Miguel Ángel Márquez Lapuente

En 2021, el presidente de ASAJA (uno de los “sindicatos” agrarios más fuertes del Estado) amenazó a la entonces ministra de Trabajo: “«Como no retiren las inspecciones no vamos a ser pacíficos»” (2). Respondía a una proposición del Ministerio de Trabajo de hacer al menos 10.000 inspecciones de trabajo en empresas agro-ganaderas ante las sospechas de incumplimiento masivo de la legislación laboral. Si ante algo tan normal como es el vigilar que se cumplen los derechos laborales, el presidente de un “sindicato” del gremio responde amenazando, es porque obviamente, los derechos laborales de las gentes trabajadoras del campo, a ese hombre y a su “sindicato” les interesa que sigan sin existir o siendo los mínimos posibles. Y efectivamente, para el final de 2023, 7 de cada 10 inspecciones de trabajo en el sector agrícola acabaron en multa (2). ¡7 de cada 10 hacían algo mal en materia laboral! Una cifra escandalosa, vergonzosa, inadmisible, que de ninguna manera se puede normalizar con el lema de “el trabajo del campo es así”. Como no hay que normalizar los accidentes laborales ni olvidar al trabajador muerto de un golpe de calor en Fraga. No hay que olvidar que las personas que trabajan el campo, es una trabajadora o un trabajador y por tanto tiene unos derechos inalienables que en todo momento han de respetarse y salvaguardarse.

Como dato que refrenda la jungla que es el sector primario en términos laborales, ni siquiera el INSS tiene un dato concreto de afiliación en el sector. Es el único sector productivo sin este dato. Eso sí, se sabe que ciertas empresas si preguntan a la gente que entrevistan, si están afiliadas, cosa éticamente más que reprobable e inaceptable.

Por último, y para poner la guinda al pastel, el sector agrícola tiene un salario medio (los salarios en el sector varían mucho, desde gente que llega al SMI trabajando 55 horas a terratenientes que viven en fincas con cuatro coches) que está muy por debajo de la media (3). Por lo que como resultado de todo lo expuesto hasta ahora, obtenemos que el trabajo en el sector agrario es el que tiene mayor siniestralidad laboral, en el que más se incumplen las normativas laborales, donde es normal presionar a los y las trabajadoras, y de los que peores salarios tienen. Y si eres migrante, cada uno de estos factores, pero agravados.

Abascal, representante patrio de la xenofobia, ha soltado hace pocos días su intención de expulsar a la vasta mayoría de migrantes del país (4) porque “hay que preservar nuestro pueblo” (lo cito para que veáis que ya no son protofascistas, ya están siendo fascistas, solo que aun sin armas) y también porque “para estar en nuestro país, debes respetar nuestras costumbres”. Las costumbres de este país son, en el sector primario, el explotar a gente migrante para que haga trabajos en condiciones miserables para que los señoritos adinerados como Abascal no tengan que sudar trabajando. Y esa costumbre esta aderezada de amenazas y coacciones, xenofobia y racismo. Bueno, no se si son “nuestras costumbres” o más bien las costumbres de las clases altas hacia las clases bajas. Sea como fuere, si se expulsara a los migrantes, al menos yo, no veo a millones de jóvenes españoles trabajando un 7 de Agosto 10 horas a pleno sol y sin sombra porque la cosecha sino se retrasa. Las costumbres de Abascal, o de Feijoo, o de Ayuso, de Felipe de Borbón, o de Juan Roig, son tener vacaciones muy largas y vivir de lujo. Esas no son las costumbres de la inmensa mayoría de la gente de este Estado. La gente de la calle tienen mucho más en común con el migrante que se desloma en el campo que con el politicucho de pulserita con bandera española que cobra lo que cuatro personas por ir a un tercio de las sesiones del Congreso a decir idioteces.

Visto lo visto, no es de extrañar que el campo español cada tenga menos explotaciones familiares y lo normativo sea ahora que haya menos propietarios, pero de mayores superficies. Por no hablar de que esos propietarios de “superficies medias” que están la mayoría imbuidos de un pensamiento de terrateniente aspiracional, explotador de todo lo que encuentre con tal de trepar en el escalafón económico, lo que convierte el sector en lo que es: un infierno laboral. Y para una visión clara de esto, las ultimas “tractoradas” plagadas de banderitas de España y en las que se gritaba contra el gobierno cuando en realidad se quejaban de una medida europea de corte medioambiental, y en las cuales apareció como gran motor el grupo Vox, defensor a ultranza del caciquismo, la xenofobia y la explotación laboral. No todos los tractoristas opinarían igual que Vox, obvio, pero el solo hecho de que tuvieran estos protofascistas tal peso en estas manifestaciones, ya dice bastante de este espíritu terratenientil que corría por esas ruedas de tractor. Ningún grito por la mejora de los trabajos de la gente que vendimia o cosecha la fruta se escuchó en estas tractoradas.

«Puestos a pedir y a pensar en cómo acabar de raíz con esto, todo fin de explotación pasa porque deje de haber explotadores. Y más aún en el campo».

Miguel Ángel Márquez Lapuente

Pero no solo eso, dejando a un lado de imbecilidades del burgués aspirante a caudillo y otros pijos patrios, lo más preocupante es que, incluso en las gentes empáticas del Estado, sigue imperando el eurocentrismo por el cual, que haya explotación laboral en el campo hacia gente migrante es normal, se sabe, pero se convive con ello. Todos somos iguales, pero los peores trabajos y las peores condiciones las siguen teniendo las personas migrantes, y aunque muchos estemos en contra de esto, se sigue viendo como la norma, seguimos sin poner el grito en el cielo al contrario que si hacemos con otras luchas.

La solución al problema de la explotación en el campo y sobre todo de la explotación a gente migrante, es compleja, porque el problema es de fondo. Es un problema que tiene causantes claros -los empleadores del sector- pero también tiene un factor importante en todo esto: el grueso de la sociedad, que debemos poner el grito en el cielo ante esta situación de la misma manera que lo hacemos con toda otra situación de explotación. Aunque huyendo de cualquier tipo de paternalismo, la primera condición para mejorar las condiciones de trabajo en la agricultura es la propia organización y lucha de los trabajadores y las trabajadoras del campo, es precisamente en ese campo donde la izquierda política y sindical debería de «echar el resto».

La solución pasa por denunciar públicamente todo acoso laboral y boicotear a toda empresa que ejerza explotación laboral, por dejar de normalizar la precariedad laboral en el sector agrario; por fortalecer los sindicatos, su lucha y actividad en el sector: con más huelgas, más parones y más reivindicaciones públicas, pero siempre del lado de los y las trabajadoras y no de los propietarios y patrones; y por supuesto, por parte de las propias clases trabajadoras del campo, pasa por sindicarse masivamente a sindicatos de clase de verdad, pasa indefectiblemente por unirse y pasa por cuidarse colectivamente, por defenderse ante las presiones y coacciones y por perder el miedo a los patrones antes que la salud. Porque antes que morir de un golpe de calor porque la temporada de cosecha ya está aquí y vamos justos de tiempo, prevalece muy por encima, la vida de cada trabajador y trabajadora y el obtener dignamente su sustento. Y ya puestos a pedir y a pensar en cómo acabar de raíz con esto, todo fin de explotación pasa porque deje de haber explotadores. Y más aún en el campo.

Notas

(1) https://www.insst.es

(2) https://spanishrevolution.net

(3) https://maldita.es

(4) https://www.ondacero.es

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