Se desmoronan y ya amenazan con consecuencias drásticas para el empleo y los servicios públicos. Los fantasmas de 2008.

Samuel Romero Aporta
Ingeniero y miembro de Ecologistas en Acción
Publicado en El Salto el 19 de abril de 2020

La normalidad se ha vuelto a poner en cuestión estos días. Hemos asistido a las consecuencias de la ausencia de actividad humana sobre el medio ambiente y la fragilidad de los sistemas económicos actuales. Se desmoronan y ya amenazan con consecuencias drásticas para el empleo y los servicios públicos. Los fantasmas de 2008.

Este planteamiento del cambio de la normalidad supone un arma de doble filo. Por un lado, el análisis más simplista y directo puede atribuir de forma individualizada los cambios que debemos incorporar en nuestras vidas para revertir la normalidad pasada. Como consumidores nos dirán qué y cómo consumir. A esta propuesta, el sistema económico actual se apuntará de inmediato ofreciendo cuantas soluciones tecnológicas estén a su alcance que permitan asegurar otro ciclo de crecimiento en base a otra normalidad inventada. Coches eléctricos, teletrabajo, alta velocidad, la compra en la puerta de casa, ¿qué necesitáis? Mismas recetas, vaya. Mismo error.

Por otro lado, y donde creo debe concretarse nuestro esfuerzo de cambio, está la construcción de un sistema de prioridades que nunca quede condicionado por la fragilidad económica de un sistema que agoniza. Es decir, que las condiciones mínimas de vida digna quedan absolutamente garantizadas. Para todos y todas. Por encima de indicadores económicos. Esa es mi propuesta de nueva normalidad.

La imaginación ocupó un espacio central en el artículo de la semana pasada La utopía en el reflejo. Asistimos actualmente a una crisis de las utopías en la que los límites de lo imposible han quedado culturalmente impuestos. Nuestra capacidad de soñar y transformar la sociedad se ha visto paulatinamente mermada.

La construcción de utopías no puede desmoralizarnos al verlas inalcanzables sino que deben convertirse, a través de la apropiación cultural, en la herramienta más potente de deseo de cambio. ¿Acaso el modelo actual no ha convertido su utopía de crecimiento económico continuo en una realidad que es ya a todas luces insostenible? ¿Cómo hemos podido llegar a la situación actual en la que garantizar condiciones de vida adecuadas queden supeditadas a la fragilidad de las leyes y lógicas (sic) del mercado? Pues eso me pregunto yo.

La construcción de la nueva normalidad que planteaba no es que deba trascender la utopía, es que debe ser la herramienta de movilización. Una sociedad que proteja los derechos laborales, garantice una sanidad, educación y sistema de cuidados público y de calidad, garantice una vivienda y suministros suficientes para desarrollar nuestro proyecto de vida, garantice tiempo para el ocio y que éste sea accesible. Y asegurar que nuestras propuestas van de la mano con el mantenimiento de nuestros ecosistemas. Que quedan dentro de los límites naturales de nuestro entorno. ¿vamos a renunciar realmente a ello porque los indicadores de mercado nos estén diciendo que estas pretensiones a ellos les suenan utópicas? ¿realmente pensamos que garantizar una vivienda, alimentos o atención sanitaria puede estar condicionado a variables económicas sobre las que la mayoría social nunca decide ni incide?

Hace ya 35 años Max-Neef, Elixalde y Hopenhayn planteaban en su libro Desarrollo a Escala Humana (Icaria, 2009) una perspectiva de cambio. Creían que la relación directa entre el desarrollo social y el crecimiento económico era uno de los principales problemas. Hoy en día, parece que seguimos igual. El libro teoriza y concreta acerca de la garantía de las necesidades básicas con una salvedad sustancial: diferenciar lo que realmente constituye una necesidad con los mecanismos para satisfacerla. Por ejemplo, las condiciones de subsistencia dignas son una necesidad que deben quedar garantizadas con herramientas que den alimentación, techo, suministros, etc. para todos y todas. Estas herramientas deben ser, además, aplicables a la mayoría social.

Esta diferenciación resulta imprescindible ya que las necesidades son inherentes a la persona y las sociedades y, sin embargo, las herramientas están plenamente condicionadas por la escala cultural y el contexto. Es decir, no todas las culturas o sociedades buscarán las mismas herramientas para cubrir las necesidades básicas. Entender esta diversidad y la necesidad de preservar la convivencia entre las herramientas elegidas, resultará clave en el proceso. Por ejemplo, la solución a las necesidades de subsistencia alimenticias en Europa no puede llevar aparejada la explotación laboral en Sudamérica; las herramientas deben preservar las necesidades globales y ser complementarias entre sí. La construcción de esas herramientas, que en el libro llamaron satisfactores, son utilizadas hoy en día por los sistemas económicos para perpetuar sus privilegios generando a escala local, nacional y global desigualdades acuciantes. Nuestra normalidad está condicionada por el mantenimiento de sus privilegios.

Los elementos que dan soporte a una vida que merezca la pena ser vivida no deben estar sujetos al corsé de la oferta y la demanda, deben regirse por principios diferentes y dejar de ser mercantilizados. El acceso a una vivienda, un transporte público eficiente y de calidad, los recursos educativos, el acceso al agua potable, etc. no puede encontrarse con las vallas del mercado. Porque tenemos nosotros y nosotras la llave.

La construcción de una nueva normalidad exige establecer los límites para asegurar el equilibrio entre la protección absoluta de nuestro ecosistema y la garantía de las necesidades básicas individuales y sociales. Queda así determinado un techo ecológico sobre el consumo de recursos y la generación de residuos y un suelo social desconectado de las políticas económicas actuales.El reto reside en la la transformación de este planteamiento, que el espejo devuelve hoy utópico, en deseo.

Hemos consentido que la vida quede sometida a incertidumbres, ambigüedades y a las dinámicas de un mercado que recurre al dinero público cuando una vez más su supuesta autorregulación vuelve a dejarla en evidencia. El rescate de entidades financieras y multinacionales ya no está en el marco de la utopía mientras que asegurar necesidades vitales individuales y colectivas es calificado de irreal. Pero esta situación debe terminar. La transformación de la normalidad que hoy ocupa tertulias debe dirigirse a la exigencia y construcción de un nuevo modelo en la que nunca más nuestras condiciones de vida se vean mermadas por esas lógicas financieras.

La imaginación colectiva y la empatía quedaron como motor de cambio. Pero el aliño indispensable es saber que los intereses de perpetuar el actual modelo económico son incompatibles con la garantía de las necesidades básicas y la protección de nuestro ecosistema. Nuestro suelo y nuestro techo.