Foto. Carlos Sainz. Colección «La toma de Recoleta»

Carlos Sainz desde Buenos Aires.

El pasado jueves uno de septiembre cerca de las 21 hs, Argentina casi asiste en prime time al asesinato de la líder política más importante desde la muerte del mismísimo General Perón. Vimos, a través de decenas de cámaras de móvil y televisión cómo una pistola automática se le acercaba apenas a 20 centímetros de la cabeza y gatillaba. Dos veces. Pero la realidad mágica de este país lleno de santos populares como Evita, el Che o Maradona, ofreció a su mitología una nueva leyenda. La bala no salió.

La bala no salió y este país frenó –casi milagrosamente– la entrada de lleno a una espiral de violencia de dimensiones incalculables. Así el pueblo continúa escribiendo su historia a solo unas pocas páginas de la crisis del 2001 y la sangrienta dictadura cívico militar de 1976-1983.

El tiempo pareció acelerarse en las últimas dos semanas en esta joven democracia. El precipicio que se sintió tan cerca y se esquivó por azar, hace unos días era impensable para cualquier mortal. El lunes 22 de agosto, el Fiscal Luciani, ariete del Lawfare en Argentina que persigue a Cristina Fernández de Kirchner (CFK) y los principales referentes de sus gobiernos, durante un show judicial y mediático, pidió a los gritos 12 años de cárcel y proscripción en un proceso irregular, sin pruebas vinculantes como en el juicio que dio cárcel a Lula da Silva en 2018. 12 años de condena, uno por cada año de gobierno kirchnerista (2003-2015). En medio de toda la guerra judicial elaborada desde Washington para destituir y disciplinar a los gobiernos populares de todo el continente, una de las más de 500 causas abiertas en contra de CFK, pareció encontrar un límite en la sociedad y la militancia.

Foto. Carlos Sainz.

Ese mismo lunes, quizás arrastrando la desilusión de un gobierno propio y sin iniciativa, que no resuelve la vida de la gente más humilde, miles de personas fueron a la puerta de la casa de CFK a protegerla de los insultos de unos cuantos “chetos” (pijos) de Recoleta, barrio de clase alta donde vive la mandataria. En ese instante y mediante numerosas convocatorias espontáneas por whatsapp, pareció reactivarse el espíritu contestatario y disruptivo de un peronismo que siempre dominó la calle, pero aún acartonado desde la pandemia. La Ciudad de Buenos Aires, gobernada por uno de los candidatos a heredero político de Mauricio Macri, Horacio Rodríguez Larreta, intentó resolver la situación como solo ellos saben hacerlo, con infantería policial y represión. La militancia resisitió y terminó de reactivar el llamado a las calles al canto de: “si la tocan a Cristina, que quilombo1 se va a armar”.

Desde esa noche y en todas las siguientes, en una marea creciente de simpatizantes y militantes, miles se acercaban día y noche a la casa de CFK trayendo consigo la liturgia de los símbolos peronistas, esos que tanto molestan y hieren la pacífica convivencia de las clases acomodadas de la Recoleta. Batucadas, asados y choripanes, cantos y fuegos artificiales día tras día, noche tras noche hasta que el alcalde Larreta hizo caso a los suyos y torpemente trató de poner un freno a esa convocatoria y alegría en fuerte aumento. El sábado 27 después de una semana intensa, de ininterrumpidas convocatorias, la casa de CFK amaneció sitiada cuatro manzanas a la redonda por la policía de Larreta. Camiones hidrantes, escudos, porras y gases lacrimógenos esperaban agazapados detrás de un vallado de hierro. Para la militancia y buena parte de la ciudadanía socialmente comprometida fue una provocación y una invitación a tirar la primera piedra para poder justificar la utilización de la violencia.

«De este modo transcurrieron los días mientras la alegría que genera una lucha en ascenso recorría los locales de militantes y las conversaciones políticas. Se estaba esbozando un capítulo (nuevo e imprevisto) hacia las elecciones de 2023. Hasta que Fernando Sabag Montiel, la noche del lunes 1 de septiembre, gatilló en la cara de Cristina Fernández de Kirchner.»

Unas 50 mil personas se convocaron ese mismo día a las 15 hs frente al vallado. El clima era de mucha intensidad pero no se cayó en la provocación: los cordones de seguridad militante contuvieron a la masa y no generaron ni un solo destrozo en los coches de alta gama aparcados o los escaparates de las tiendas de lujo del “paqueto2” barrio. Ni un solo disturbio, salvo claro, que terminaron por tirar el vallado, resistieron la represión e hicieron retroceder a la policía militarizada y consiguieron llegar a la puerta de su jefa política. Cristina era la única que podía contener toda esa energía militante y así lo hizo. Acusó a la oposición, el gobierno de la ciudad y los medios de instigar el odio en contra de los peronistas, agradeció el apoyo a su militancia y, tras tensas negociaciones con el gobierno de la ciudad, le pidió que se retire a “descansar”.

A partir de ese día el clima volvió a cambiar. Por un lado la derecha acusó recibo sobre la vitalidad del movimiento en las calles, sus radicales se radicalizaron más exigiendo más represión y sus moderados fueron tachados de débiles. Por otro lado la militancia peronista y sus grandes círculos de afinidad reafirmaron el camino de la movilización, sintiendo una victoria en lo que llamaron “la toma de la Recoleta”. Todo esto sin desplegar el gran aparato sindical y los movimientos sociales peronistas que tienen más conexiones y terminales en común con el empresariado y la derecha que el kirchnerismo.

Después de toda aquella efervescencia hubo por parte del peronismo cierto repliegue táctico para evaluar y continuar en un estado de constante alerta y movilización. La proscripción política de la líder parecía encontrar una dura traba en la calle. Mientras tanto, tras un pacto de convivencia con el Gobierno de la Ciudad, la militancia continuó asistiendo a la casa de CFK reduciendo su afluencia y concentrándose en los momentos donde salía o llegaba a su casa. De este modo transcurrieron los días mientras la alegría que genera una lucha en ascenso recorría los locales de militantes y las conversaciones políticas. Se estaba esbozando un capítulo (nuevo e imprevisto) hacia las elecciones de 2023. Hasta que Fernando Sabag Montiel, la noche del lunes 1 de septiembre, gatilló en la cara de Cristina Fernández de Kirchner.

Galería «La toma de Recoleta»

Noticia relacionada

Notas

1. Quilombo: lío, follón, jaleo.

2. Paqueto: lujoso.