Foto. Manifestación contra el calentamiento global en Barcelona el 27.10.2019. Angela Compagnone

Jordi Escuer

Uno de los retos de nuestra época es unir la lucha por los derechos sociales y la lucha contra el expolio ecológico, en una sola. Sobre el papel, eso ya está hecho, pero la realidad es que la política sindical y la ecológica transitan por caminos distintos. Basta ver las posturas ecologistas sobre la crisis del automóvil y la de los representantes sindicales. Y son los primeros, a mi juicio, los que tienen razón. No hay salida con el coche eléctrico: no se van a salvar ni los puestos de trabajo ni se puede replicar el parque automovilístico actual con vehículos eléctricos.

El cambio es inevitable, la única cuestión a discutir es cómo se dará: ¿tendrá las riendas la clase trabajadora, y las clases populares, o el oligopolio de las grandes corporaciones? De momento, las tienen el segundo y para que las organizaciones de la clase trabajadora pasen a tomar la iniciativa tienen que recoger los análisis que vienen del ecologismo y dar una alternativa integral. Hay unos límites físicos que nadie puede trasgredir sin consecuencias: no hay medios para mantener el actual consumo energético y hay que cambiar. El cambio climático es sólo el primer aviso de lo que se avecina.

Para ir abriendo boca con ese debate recomendamos la lectura de tres artículos. Uno es el publicado por Samuel Romero Aporta y Eduardo Garzón Espinosa, “Nos va la vida en ello, estamos a tiempo”, en el que se afirma que “las soluciones que deben plantearse no pueden elegir entre abordar la crisis ecológica o la social; entre frenar el crecimiento en el consumo energético o garantizar unas condiciones de trabajo dignas” y se preguntan: “¿Os imagináis que todo ese dinero [de los rescates] fuera destinado a acometer las transformaciones que necesitamos para garantizar vidas que merezcan la pena ser vividas y para asegurar un planeta sano a nuestros descendientes?”

En segundo lugar, el texto de Samir Awad Núñez “¿Qué es la paradoja de Jevons y por qué nos va a joder?”, en el que explica la necesidad de priorizar el transporte público y las movilidades blandas frente a las subvenciones al coche eléctrico, las cuales sólo agravarán el problema que queremos resolver.

Y, en tercer y último lugar, la entevista a Antonio Turiel en la web de Ecologistas en acción, y en el nº 106 de su revista, Ecologistas, con motivo de la publicación de su libro “Petrocalipsis. Crisis energética global y cómo (no) la vamos a solucionar”. Turiel cuestiona el actual modelo de explotación de las energías renovables, incluido en New Green Deal, porque está orientado a sustituir de forma completa lo que hay actualmente, algo que el autor considera imposible físicamente. Y termina señalando que “el problema es el capitalismo”. Merece la pena leerla con atención.

Sólo quisiera señalar una cuestión respecto a una de las ideas que se plantea en el primer artículo, y que merecería una discusión por sí misma: la afirmación de que “el dinero es un invento del ser humano”. Para ser más precisos es un “invento” social, un producto social. Tiene importancia matizarlo porque puede parecer que podemos hacer con el dinero lo que estimemos oportuno, que es una decisión subjetiva. Pero el dinero tiene su propia lógica. No se comen billetes o asientos digitales en una cuenta. A un gobierno de izquierda no le bastaría con un control social y democrático de la emisión de moneda, hace falta controlar el sector financiero y la economía real, es decir, la producción real. Si no, la consecuencia final sería inflación. La única forma de evitarlo sería una política de nacionalizaciones de los sectores estratégicos, su control democrático efectivo, y garantizar que toda la producción básica es atendida.

La cuestión central es quién controla la economía, en todas sus facetas decisivas, desde las grandes empresas a las entidades financieras (incluido el Banco Central emisor), y con qué lógica se administran. Actualmente es la de la máxima rentabilidad. Por eso no pueden dejar de crecer, o mejor dicho, no pueden decrecer de forma ordenada, sino mediante crisis. En última instancia, la economía capitalista no puede aplicar otra. Puede haber matices, diferencias según las circunstancias sociales y políticas de cada momento, país… pero las exigencias del capital se resumen en rentabilidad.

Al final, hacer la política social y ecológica que sería necesario reduciría drásticamente la rentabilidad de las grandes corporaciones. De hecho, la transición energética tendrá costes. ¿Quién los pagará? El Estado y el “costo de oportunidad” lo pagarán las políticas sociales.

En definitiva, los tres artículos abren varios debates, vitales para el futuro de la izquierda.

Nos va la vida en ello, estamos a tiempo

de Eduardo Garzón y Samuel Romero Aporta