La humanidad, entre la conquista del espacio y el despeñadero

Entre el abismo al que nos precipita el capitalismo y la esperanza en la aceleración de los procesos disruptivos.

Luis Politi*

Hace unos 7 a 10 millones de años, nuestros antepasados los homínidos se separaron de nuestro primo lejano, el orangután y, más tarde, de otros más cercanos, el gorila y el chimpancé; en ese transcurso evolucionaron hasta llegar a nuestra especie, el Homo sapiens, unos 300.000 años atrás.

Sin los recursos tecnológicos que poseemos hoy; sin vehículos ni armas sofisticadas, impulsados quizás por cambios ambientales desfavorables, se lanzaron hace 50 o 60.000 años, a la búsqueda de una “tierra prometida” desafiando las adversidades del clima, los ambientes desconocidos, el hambre, las pestes y el frio, y afrontando la posibilidad cierta de su extinción.

Apoyados por cambios claves, como el desarrollo del cerebro, el lenguaje, la posición erguida y la estructura de las manos, antepasados de los Homo sapiens, originalmente denominados cromañones, alcanzaron Europa desde África sorteando dificultades inmensas.

“Si miramos un film de hace 50 años, veremos muchos patrones de conductas diferentes a las actuales, varios de ellos reprobables y, obviamente, nos quejamos porque evolucionan a un paso demasiado lento. Sin embargo, debemos reconocer que los cambios ocurridos han sido vertiginosos considerados en los tiempos evolutivos.”

Luis Politi

El cruce a Europa fue una catástrofe en la cual miles de ellos sucumbieron (1). Muchas variantes genéticas se perdieron y otras aumentaron su frecuencia aleatoriamente entrando en una deriva genética que llevó a nuestra especie al borde de la extinción. Entre otros, más de 80 genes relacionados con el olfato y la quimio recepción fueron eliminados del linaje humano (1, 2). Aun así, nuestra especie se recuperó y se esparció, conquistando todos los rincones del planeta y sobreviviendo prácticamente a todos los climas y condiciones.

Una vez en Europa, los sapiens se encontraron con otras dos poblaciones, los neandertales (Homo neanderthalensis) y los devonianos, los cuales ya habían migrado unos 200.000 años antes a Europa y Asia. Con ellos convivieron y se cruzaron durante al menos 10.000 años, contribuyendo así a la estructura actual del Homo sapiens. Respecto de las otras dos variantes humanas, el grupo de Pääbo (3) constató que hubo un flujo genético hacia nuestra especie actual, de modo que parte de sus genes los conservamos insertos en nuestro genoma. Sabemos ahora que, en las personas de ascendencia europea o asiática, un 1% a un 4% de su genoma proviene de los neandertales (4). En base a los hallazgos arqueológicos se estableció que sus cerebros, en promedio, eran un tanto más grandes que los nuestros y quizás más inteligentes. No está claro si nos los comimos, o desaparecieron por otras causas, pero lo cierto es que de las tres poblaciones humanas solo quedó una, la nuestra.

Los humanos de hace 40.000 años no eran de ningún modo inferiores, o menos inteligentes que nuestros congéneres actuales. Pocos de nosotros sabemos, como sabían ellos, encender una fogata si carecemos de fósforos, cazar un animal con una trampera, o defendernos de animales salvajes. Podemos ahora manipular un celular, una computadora, un auto, o un televisor, pero si viajásemos en el tiempo hacia los orígenes de la humanidad llevándonos estos aparatos y se nos rompiesen, probablemente no sabríamos cómo repararlos. A la inversa, si transportásemos en el tiempo hasta nuestros días a un bebé de nuestros antepasados de hace 40.000 años y lo criásemos en una familia de alguna ciudad del mundo, es probable que creciera de una forma indistinguible a la de otros chicos de la zona; posiblemente manejaría el celular mejor que muchos adultos actuales, jugaría, haría deportes, aprendería y se desempeñaría en la escuela como sus congéneres.

Tanto para nuestros ancestros como para nosotros en la actualidad, la inteligencia resultó clave para resolver problemas. La transmisión de conocimientos de generación en generación, fue y es, sin duda, uno de los baluartes para el progreso de la humanidad. La adquisición del lenguaje primero y de la escritura, más recientemente, permitieron elaborar estrategias, compartir conocimientos y experiencias y transmitirlos a las nuevas generaciones. Según Pääbo, el éxito de los sapiens se debió en parte, a poseer una organización social relativamente compleja. Además, de entre las múltiples capacidades, la solidaridad y el altruismo redundaron en beneficios a largo plazo. Existen evidencias de que los humanos heridos eran transportados por sus congéneres. Transportar a un herido podría, indudablemente tener un valor afectivo, pero también, redundaría más tarde, en contar con alguien capaz de realizar tareas de apoyo como mantener el fuego o cuidar los niños.

La plasticidad de nuestra especie es extraordinaria; podemos adaptarnos rápida y eficazmente a las modificaciones y condiciones, muchas veces severas, que nos imponen los ambientes. A diferencia de otras especies donde las habilidades, tareas y hábitos de todo tipo, incluyendo los reproductivos, están en muchos casos determinados genéticamente, los hábitos que nos rigen a diario son, en buena medida, culturales y, por ende, modificables, lo que nos hace resilientes a los cambios constantes de nuestro entorno (5).

La estructura social y los comportamientos de las sociedades humanas de hace 500 años son diferentes a los actuales. Ciertas conductas arraigadas en nuestra cultura, como la discriminación, el machismo o la violencia, que deberían ser modificadas ya, lo hacen con una parsimonia que nos parece exasperante. Si miramos un film de hace 50 años, veremos muchos patrones de conductas diferentes a las actuales, varios de ellos reprobables y, obviamente, nos quejamos porque evolucionan a un paso demasiado lento. Sin embargo, debemos reconocer que los cambios ocurridos han sido vertiginosos considerados en los tiempos evolutivos. Para muchos animales, la modificación de una conducta puede tomar cientos de miles de años, porque se requieren mutaciones genéticas y que éstas sean apropiadas para enfrentar las nuevas condiciones. Las especies que no han modificado a tiempo sus características fenotípicas o comportamientos, se extinguieron. Pensar que algo requiera 50 o 500 años para ser modificado nos da pavor, pero si consideramos los tiempos evolutivos, quinientos, mil, o diez mil años, resultan insignificantes; claro que no lo son para cada uno de nosotros, pero sí para nuestra especie en el contexto de los casi cinco mil millones de años de la historia de nuestro planeta.

“Dos fenómenos parecieran indicar que el desorden ambiental podría estar entrando en una crisis global de carácter irreversible: ellos son la ralentización del flujo de las corrientes oceánicas y el descongelamiento del permafrost.”

Luis Politi

En los últimos 50.000 años hemos sobrevivido con éxito y alcanzado límites y progresos inimaginables hace 500 años, o quizás imaginables solo por unos pocos, como Leonardo Da Vinci u otros. La revolución industrial, iniciada hace 300 años, y las mejoras en la agricultura, la economía y los avances tecnológicos, han generado un salto enorme que contribuyó al progreso de la humanidad. En los últimos 50 o 100 años, la multiplicación de estos avances en la salud, la ciencia, la tecnología, y en otros campos mucho más nuevos y dramáticos, como la inteligencia artificial, han sido tan drásticos, que los avances con los que contamos hoy, hacen difícil creer que hace poco vivíamos sin siquiera pensar en ellos. Sin ir mucho más atrás en el tiempo, en 1970, la famosa frase, “Houston we have a problem”, cuando se puso en riesgo la misión espacial de la Apolo 13 y la vida de sus tripulantes, no fue resuelta con computadoras sofisticadas, sino gracias a imaginación, inteligencia y reglas de cálculo. No obstante, algunos de los avances registrados en los últimos 20 o 30 años, que debieran servir para asegurar la continuidad de nuestra especie, nos han llevado paradójicamente, a un punto en el que debemos replantearnos como utilizarlos más inteligentemente, de modo que no pongan en riesgo nuestra supervivencia.

De los millones de especies que poblaron nuestro planeta en los últimos cuatro mil millones de años, el 99% de ellas se han extinguido. Cabe entonces preguntarnos si nosotros podremos escapar a este destino. Estamos hoy cercanos a conquistar otros planetas, pero quizás aún más próximos a acabar con nuestra existencia.

La humanidad como causante de una crisis que amenaza su propia existencia

Hace 65 millones de años, los dinosaurios que dominaban el planeta fueron, muy probablemente, barridos por un meteorito de unos 10 km de diámetro que impactó en México. Un hecho absolutamente fortuito los quitó de la escena para siempre, dando lugar a la evolución de unos pequeños mamíferos, los cuales originaron miles de nuevas especies, incluyendo la nuestra. En cierto modo podemos afirmar que fuimos bendecidos por esta catástrofe. Por el contrario, lejos de ocurrir por azar, en nuestros días, estamos generando, muy conscientes de ello, una catástrofe de la misma magnitud que la que sufrieron los dinosaurios y que podría poner fin a nuestro paso por el planeta.

Si escapamos de la conflagración devastadora con que amenazan destruirnos las principales potencias mundiales, en los próximos años, probablemente para el 2030, cuando llevemos la temperatura del planeta a un incremento de 1,5 °C, aumentarán las sequías, los incendios, los tornados, las hambrunas, la escasez de agua, de energía y recursos, todo lo cual dejará pocas probabilidades de sobrevivir a las nuevas generaciones.

Pocas especies, o ninguna, parecen estar tan empeñadas como la humana, en destruir su hábitat y socavar su propia existencia. Las actividades humanas que se iniciaran principalmente durante la revolución industrial a fines del siglo XVIII con la quema de combustibles fósiles incrementaron la proporción de CO2 en la atmósfera generando el llamado “efecto invernadero”, que conlleva a un aumento de la temperatura en la Tierra. El efecto invernadero se ve hoy reforzado por la incapacidad de los bosques para recaptar el exceso de CO2 debido a la masiva deforestación ocurrida en todo el planeta. Para peor, las actividades humanas en el periodo comprendido entre 1970 y el 2004 han aumentado un 80% la emisión de CO2 (6). Como agravante, a los efectos del CO2 se ha sumado la emisión de otros gases de efecto invernadero (GEI), tales como el metano (CH4), el óxido nitroso (N2O) y los compuestos halocarbonados (gases que contienen flúor, cloro o bromo), algunos de los cuales, como el metano, son generadores de un impacto ambiental mucho más grave que el mismo CO2.

“Pedirles a las empresas capitalistas que produzcan menos contaminantes es como pedirle al león que no cace gacelas para evitar su posterior hambruna. La analogía es válida, dado que la base de las empresas capitalistas es el lucro.”

Luis Politi

La crisis ambiental se agravó con la contaminación de nuestros recursos hídricos, la acumulación de millones de toneladas de plásticos en el mar y otros ambientes y el uso indiscriminado de pesticidas. La devastación generada por las actividades humanas está llevando a la desaparición de millares de especies animales y vegetales equivalente a las extinciones masivas ocurridas naturalmente durante la historia de la tierra. La actual ha sido tan rápida, que muchas de estas especies ni siquiera llegamos a conocerlas.

La pandemia del COVID-19, en su primera fase, con el confinamiento y la paralización de gran parte de las actividades humanas, en particular las industriales, dejó la impresión que podía haber una recuperación ambiental. El retorno de cielos límpidos en Los Ángeles, el avistaje de delfines en Venecia, y de animales salvajes en los centros urbanos, generaron la sensación de que la recuperación de la salud del planeta era posible. La reanudación de la actividad industrial, sin embargo, reencauzó la crisis ambiental.

Gran parte de la humanidad ya ha tomado conciencia del calentamiento global y de la crisis ambiental, en parte por las sequías, incendios y violentos tornados que se abatieron sobre Estados Unidos y Europa recientemente y también, por la prédica incesante de las organizaciones y grupos ecologistas y ambientalistas, como los liderados por Greta Thunberg. Existe aún cierta esperanza de que los acuerdos internacionales, las conferencias (como las del G8), y la supuesta racionalidad de los líderes de las principales potencias mundiales para la reducción de los GEI podrían detener la crisis ambiental. Sin embargo, es evidente que, en general, los países más industrializados, toman escasas medidas para disminuir los daños ambientales. Los acuerdos internacionales realizados en este sentido se reducen a manifestaciones tendientes a minimizar las protestas y denuncias de los grupos ecologistas y ambientalistas.

“En un contexto donde la posibilidad de expandir mercados es cada vez más limitada, la eliminación de alguno o algunos de los competidores aparece como un recurso válido en la economía de mercado, aunque ésta sea por las armas.”

Luis Politi

Más graves aun, aunque menos conocidos que los anteriormente descritos, dos fenómenos parecieran indicar que el desorden ambiental podría estar entrando en una crisis global de carácter irreversible: ellos son la ralentización del flujo de las corrientes oceánicas y el descongelamiento del permafrost. La circulación de las corrientes oceánicas mantiene un equilibrio dinámico de temperaturas en el planeta. La Corriente del Golfo funciona como un motor impulsor llevando aguas cálidas saladas y superficiales hacia el casquete polar; allí, las bajas temperaturas precipitan las sales, generando una masa de agua fría, salada y densa que es obligada a hundirse y circular en sentido inverso hacia la Antártida, enfriando el planeta. La magnitud de los deshielos en Groenlandia y el aumento de la temperatura del agua debido al calentamiento global disminuyen la precipitación salina, por lo que el volumen de agua menos densa que se hunde y retorna disminuye, ralentizando así la circulación oceánica global. Aunque la circulación es más lenta, ésta no se ha detenido completamente; sin embargo, las emisiones cada vez mayores de los GEI, con el consiguiente calentamiento del planeta, indicarían que el enlentecimiento de la circulación oceánica podría estar próximo a alcanzar un punto crítico de no retorno. La detención llevaría a un aumento severo de las temperaturas en los trópicos y las regiones boreales con consecuencias adversas para el equilibrio de los ecosistemas actuales en todo el planeta.

La otra consecuencia de gran impacto generada por el calentamiento global es el descongelamiento del permafrost. Esta área abarca unos 13 millones de km y se mantiene congelada desde la última glaciación. Según el GISS (NASA’s Goddard Institute for Space Studies) en su informe presentado en la reunión anual de 2022 de la Unión Geofísica Estadounidense, el calentamiento en las regiones del Ártico es unas cuatro veces superior al promedio mundial. Debido a ello, los fenómenos de descomposición de vegetales y animales muertos y acumulados en el permafrost por milenios, han comenzado a liberar, no solo CO2, sino también gas metano, el cual contribuye entre 20 y 40 veces más que el CO2 al calentamiento global por efecto invernadero.

A los efectos por el calentamiento global se suman otros de características impresionantes, como la contaminación por plásticos. La Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales de Argentina informó en el 2018 que para ese entonces había acumulados entre 5 y 50 mil millones de toneladas de microplásticos en el mar. Por año, la producción de plásticos genera unos 300 millones de toneladas de residuos plásticos, una cifra equivalente al peso de toda la población humana (ONU Ambiente Comisión Europea – Comunicado de prensa: 2 de marzo de 2022). En su mayoría, estos residuos plásticos se degradan a fragmentos menores a los cinco milímetros, denominados microplásticos, los cuales entran en las cadenas tróficas al ser ingeridos por los organismos marinos y alcanzan a los consumidores finales, incluyendo los humanos.

Los residuos plásticos han formado ya siete grandes “islas” sobre el mar, las cuales constituyen en la actualidad uno de los mayores problemas de contaminación oceánica, afectando la vida y continuidad de enormes ecosistemas marinos (7). La mayor de estas “islas” está ubicada en el Pacífico norte, contiene 1800 millones de piezas de plástico, abarca unos 1,6 millones de km cuadrados y pesa aproximadamente unas 80 mil toneladas.

Las fábricas de bebidas gaseosas contribuyen tan fuertemente a la acumulación de estos residuos en los mares, que los organismos reguladores en varios países ya han tomado medidas para controlar a estas empresas e incorporar en sus líneas de productos más reciclables. Sin embargo, hasta ahora, solo se pudo modificar unos grados la pendiente ascendiente de acumulación de estos desechos.

Los “beneficiados” por el calentamiento global

Mientras la crisis ambiental parece acercar rápidamente a la humanidad al despeñadero, Estados Unidos, que representa la economía más poderosa del mundo, pese a que genera aproximadamente un 15% de las emisiones globales de gases de efecto invernadero, se retiró, durante la administración Trump, del Acuerdo de París sobre el cambio climático. El retiro, si bien no fue seguido por otros países y fue revertido por Biden en el 2021, muestra el escaso grado de compromiso respecto de la preservación del ambiente y de controlar los desastres en el mismo, por los países más poderosos.

Dado que existen pocas dudas respecto de los efectos nocivos de los GEI sobre el calentamiento global, cabe preguntarse por qué no hay una respuesta contundente de estos países, que tienen la capacidad para enfrentar este problema. La causa principal debemos buscarla en la economía. Pedirles a las empresas capitalistas que produzcan menos contaminantes es como pedirle al león que no cace gacelas para evitar su posterior hambruna. La analogía es válida, dado que la base de las empresas capitalistas es el lucro. La inversión de capitales para desarrollar una actividad económica no tiene como objetivos la solidaridad, las mejoras sociales, o llevar progreso y bienestar a la humanidad, sino generar más capitales y obtener mayores ganancias. El lucro está en la raíz de estas empresas. Si las actividades económicas de las empresas generan mejoras de condiciones para la sociedad, éstas son bienvenidas, pero representan un beneficio extra. Sin embargo, la inversa es quizás más común: si el consumo del petróleo genera ganancias, el calentamiento global será considerado un daño colateral inevitable. En forma similar, las ganancias generadas por la extracción de metales preciosos están asociadas a la contaminación por mercurio e inutilización de las napas de agua potable; sin embargo, estos daños también son considerados colaterales. Dado que las empresas capitalistas se ubican en países donde rigen sistemas económicos de tipo capitalista (hoy hegemónicos en el mundo), y dónde el lucro es el objetivo principal, para estos países los perjuicios ambientales representan consecuentemente, daños colaterales inevitables. Así, las potencias económicas y militares más ricas y poderosas del mundo, priorizan el lucro en desmedro de los daños ambientales ocasionados. Ahora bien, ¿cuántos son los habitantes de estos países que resultan favorecidos? Datos de USCIS (Agencia gubernamental que supervisa la inmigración legal a Estados Unidos), del 2023 revelan que la línea de pobreza en uno de los países más ricos de mundo, Estados Unidos, alcanza unos 40 millones de habitantes, mientras que, en el mundo, más de 700 millones de personas (un 10% de la población mundial) vive en situación de extrema pobreza con dificultades para satisfacer las necesidades más básicas, como la salud, la educación y el acceso al agua. En el otro extremo, apenas un 1% de la población humana controla el 45,6% de la riqueza del mundo, y este porcentaje seguirá aumentando en los años venideros.

Una de las causas de la mayor crisis ambiental que pone hoy en peligro a la humanidad es la voracidad del capitalismo por aumentar las ganancias y que lo impulsa a conquistar nuevos mercados. En un mundo donde las principales potencias ya ocuparon los mercados disponibles, y en un contexto donde, como se señalara anteriormente, la desigualdad económica y la pobreza son rampantes, los países dominantes aplican cada vez más medidas de presión política, o eventualmente, militar para mantener y ampliar sus mercados.

Esto deja muy poco margen para llevar a cabo mejoras económicas en los países que no alcanzaron un desarrollo significativo de sus economías. Al contrario de lo ocurrido en décadas pasadas, en los países pobres, los gobiernos reformistas no tienen excedentes para repartir ni posibilidades para desarrollar industrias que compitan con las potencias mundiales, por lo que terminan siendo proveedores de materias primas a bajo costo y compradores de productos elaborados, con alto valor agregado, agudizando las dificultades económicas. Esto, y en muchos casos también la corrupción de los gobiernos, lleva a estos países a la adquisición de préstamos leoninos que, con sus condicionamientos, agudizan la dependencia y el flujo de riquezas y recursos hacia las potencias dominantes.

Resulta paradójico que el continente africano, con sus enormes riquezas naturales sea uno de los lugares más castigados por la pobreza extrema y que la población africana, de donde surgiera la humanidad, sea de las más discriminadas y maltratadas en los países del primer mundo.

En un contexto donde la posibilidad de expandir mercados es cada vez más limitada, la eliminación de alguno o algunos de los competidores aparece como un recurso válido en la economía de mercado, aunque ésta sea por las armas. Al respecto, es importante mencionar que, salvo excepciones como las causas étnicas o religiosas, las guerras se originan mayoritariamente por razones económicas. La puja abarca a todos los países industrializados, pero se hace más aguda entre las tres mayores potencias mundiales: Estados Unidos, Rusia y China, las cuales no han dudado en invadir territorios y apuntar misiles nucleares contra los adversarios.

La puja no es trivial ni puntual. No es trivial porque Rusia, Estados Unidos y China, poseen el mayor arsenal nuclear del mundo, el cual llega, en el caso de las dos primeras, a unas 12 mil cabezas nucleares. Una comparación de la energía liberada (en kilotones) por la bomba lanzada por Estados Unidos durante la Segunda Guerra Mundial, que mató a 146.000 personas en Hiroshima, y las bombas atómicas actuales, muestra que la primera era de 15 kilotones, mientras que las actuales pueden tener más de 1.000 kilotones cada una.

La amenaza nuclear actual tampoco es un fenómeno puntual como fue la recordada crisis de los misiles de Cuba en 1962 y que puso al mundo al borde de una guerra nuclear. En ese entonces, el conflicto fue desatado por una coyuntura política signada por la decisión de la entonces Unión Soviética, de emplazar misiles nucleares en las costas cubanas con alcance suficiente para llegar a Estados Unidos. Por el contrario, las causas económicas que subyacen en la contienda militar actual, son parte de un proceso de crisis del capitalismo que abarca, al menos medio siglo, en el cual se afianzó la supremacía de las finanzas por encima de la economía real (8).

“Si no existe una vía alternativa que pueda reemplazar al capitalismo de hoy, surge que la debacle económica junto a la catástrofe climática llevaría inexorablemente a la extinción de la humanidad, arrastrando de paso, a millones de especies.”

Luis Politi

La competencia entre Estados Unidos y las otras potencias económicas, sumada a los enormes costos de la carrera armamentista, las intervenciones militares y la desaceleración del crecimiento de la productividad en las economías más avanzadas, llevó a una disminución de las tasas de rentabilidad del capital en todos los países desarrollados desde 1966. A su vez, la crisis del dólar (1971) y de los precios del petróleo (1973 y 1979), contribuyeron a iniciar una situación que favoreció el flujo de capitales hacia el sector especulativo financiero, el cual brindaba una mayor rentabilidad ofreciendo títulos a intereses a corto plazo, aunque causando una mayor inestabilidad económica. El proceso, acompañado por la implementación de altas tasas de interés en los países desarrollados para reducir la inflación y atraer capitales, junto a la caída de la rentabilidad e inversiones en el sector productivo, favoreció las finanzas especulativas acelerando los procesos de endeudamiento, escándalos financieros y fraudes como los que ocurrieron con varios fondos de inversión y empresas como la energética Enron, en el 2001, o de telecomunicaciones Worldcom, al fraguar acciones sobrevaloradas en la bolsa, o al ser vaciadas por sus dueños.

Con el estancamiento de la inversión, el sector financiero creció mucho más que el de las actividades productivas, ocasionando una baja de los salarios, favorecida por la aplicación de las nuevas tecnologías. Una de las compañías líderes que cayó como consecuencia de la baja rentabilidad debido a la competencia y el impacto de la crisis económica, fue la compañía General Motors, que en el 2008 se vio obligada a declarar la bancarrota, por lo que el Gobierno estadounidense evitó su desaparición mediante la compra del 60,8% de sus paquetes accionarios, a cambio de inyectar en ella 50.000 millones de dólares.

Para peor, en el 2007 se sumó la llamada crisis de las subprime, originada con el otorgamiento de préstamos de hipotecas inmobiliarias a individuos que no calificaban para tomarlos y que se incorporaron luego como productos financieros que se colocaban en los mercados de valores. La crisis movilizó a los bancos a recuperar sus créditos dejando a los propietarios sin sus inmuebles, los cuales cayeron en sus valores arrastrando al sistema bancario, al mercado inmobiliario, y a la industria de la construcción.

Así, la inestabilidad de un régimen económico dominado por el sistema financiero agravó los problemas de desempleo y desigualdad económica inherentes del capitalismo, arrastrándolo hacia una crisis general crónica cuya salida es hoy, a todas luces, incierta.

La falacia de un socialismo que no existe

Ante la crisis, los economistas neoliberales plantean que es necesario aferrarse al capitalismo dado que la alternativa a éste es el modelo ya fracasado del socialismo. El argumento de la disyuntiva capitalismo o socialismo, es engañoso, dado que se omite que el socialismo, como tal, se desmoronó con el fin de la Unión Soviética (URSS) en 1991, dos años después de la caída del “Muro de Berlín”. En efecto, las reformas llevadas a cabo en la década de 1990 en la URSS, que incluyeron la privatización de gran parte de la industria y la agricultura, llevaron a la instauración de la Federación Rusa bajo un sistema capitalista.

Del gran bloque socialista que se oponía al mundo capitalista en las décadas de los 60 y 70, solo quedan hoy resabios en vías de desaparición. Hoy solo subsisten 6 países, de los cuales uno es China, cuyo “socialismo” ha retornado al capitalismo de mercado, pero con una constitución que consagra como gobierno al Partido Comunista Chino; con sindicatos subordinados a éste y con restricciones a las libertades, incluidas las de prensa, de derechos reproductivos, así como los de reunión y asociación. De entre los países restantes, se destacan Cuba y Corea del Norte. Cuba, que fuera un icono de la revolución en Latinoamérica durante las décadas del 60 y 70, hoy se debate en una crisis económica, política y con denuncias de violaciones a los derechos humanos, que amenazan su existencia como estado socialista y Corea del Norte, que se mantiene bajo un régimen dictatorial, que fuera soportado inicialmente por la Unión Soviética y China y que hoy se mantiene gracias a un poderío militar que incluye un ejército de más de un millón de efectivos y un arsenal atómico.

En verdad, la instauración del socialismo en Rusia y en China con las revoluciones de 1917 y 1949, extrajo de la miseria a millones de personas generando mejores condiciones en las áreas económicas, de salud y educación y llevando, en el caso de la URSS, a avances en todos los campos incluidos los tecnológicos, espaciales, científicos, médicos y militares, similares a los de Estados Unidos y otros países capitalistas desarrollados.

“Tiempo no queda, pero los grandes cambios muchas veces ocurren y han ocurrido cuando ya no quedan opciones más que las de aplicar modificaciones profundas.”

Luis Politi

La causa de la caída del régimen soviético puede rastrearse en motivos diversos, ya sean éstos, económicos o también políticos, por el enquistamiento en el gobierno de burocracias ineficientes con un fuerte apoyo represivo. No es intención aquí de polemizar respecto de las bondades o miserias del socialismo dado que éste como tal, es un sistema en desaparición.

La desaparición del socialismo hace que el planteo neoliberal que postula que la opción al capitalismo sea el socialismo, carezca de una base real. Para mantener esta disyuntiva la propaganda neoliberal echa mano a la argucia de señalar como socialistas a gobiernos reformistas, muchos de ellos, no exentos de corrupción y con índices de pobreza alarmantes, que emplean medidas asistencialistas, las cuales son mostradas por el neoliberalismo como “evidencias” de un avance inexorable hacia el socialismo, por lo cual se debería huir de estas amenazas refugiándose en salvaguardar un régimen capitalista.

Una ayuda a este argumento proviene de los propios reformistas que aun sin resolver los problemas de fondo, como la desocupación y la pobreza, contribuyen a la confusión al utilizar emblemas y consignas revolucionarias, típicas del socialismo.

Las crisis del capitalismo dejan poco margen para el desarrollo de los países del llamado tercer mundo, de modo que los gobiernos reformistas tienen cada vez menos posibilidades de alcanzar mejoras económicas o sociales y de alcanzar la independencia política, viéndose obligados frecuentemente a privatizar sus recursos y transferir sus riquezas a las potencias dominantes. Así, una vez “demostrado” que los gobiernos reformistas son “socialistas”, los elevados índices de pobreza y la debacle económica de países como la Argentina o Venezuela colocan un broche de oro a la falacia neoliberal.

Las catástrofes climáticas con inundaciones, o sequias como la que azotó a la Argentina en 2022, derivadas del calentamiento global, agudizaron la situación de los países agroexportadores que dependen de la venta de sus materias primas. Según un informe de Bloomberg (2023) (9), la proyección de la cosecha de soja argentina indica que ésta caería a su nivel más bajo en 5 años con una reducción a 36,9 millones de toneladas, en comparación con los 48 millones estimados por la Bolsa de Cereales.

Si no existe una vía alternativa que pueda reemplazar al capitalismo de hoy, surge que la debacle económica junto a la catástrofe climática llevaría inexorablemente a la extinción de la humanidad, arrastrando de paso, a millones de especies.

La pregunta que se impone entonces es si nuestra especie es capaz de alterar este sino. La respuesta es que tenemos la misma inteligencia y capacidades que permitieron a nuestros ancestros arcaicos superar contingencias tremendas e inimaginables, por lo cual, sin duda es posible superar estas dificultades aparentemente infranqueables. Pero, la crisis ambiental tiene un reloj que marca que el final está muy cerca, a menos que hagamos algo más efectivo que las declamaciones.

¿Si no es el capitalismo, entonces qué?

Como señalara anteriormente, los países más poderosos son los que más se aferran al sistema económico y político que amenaza con el derrumbe de la humanidad. Como hemos visto, aun en estos países, extensos sectores de sus poblaciones viven en condiciones de extrema miseria mientras que el poder de los gobiernos está, en buena parte, basado y sostenido por el soporte económico de un sector minoritario, que representa apenas el 1% de la población, pero que detenta las mayores riquezas de la humanidad. Este sector, con su poderío, impulsa las guerras, presiona y fuerza decisiones políticas, económicas y militares que tienden a afianzar su dominio en medio de la catástrofe sin precedentes que amenaza la continuidad de nuestra especie.

De todo ello, surge reconocer primero, que el sistema capitalista, agotado en su estructura actual, es incapaz de controlar el desmadre ambiental y la pobreza extrema en que se debate gran parte de la humanidad y que la conduce a un callejón que desemboca en el despeñadero.

En América Latina, según un informe de la CEPAL cerca de un 45% de los niños y adolescentes menores de 18 años vive en condiciones de pobreza (10). Según este informe, de los 81 millones de menores que viven en ese contexto, 35 millones lo hacen en situación de pobreza extrema. Los jóvenes más afectados corresponden a Colombia, Honduras y México, mientras que, en Argentina, Bolivia y El Salvador, el porcentaje de estos jóvenes empobrecidos llega a un 40%, una cifra que está en aumento. Una situación similar se observa en todo el mundo.

Con este panorama, no es casual que sean los jóvenes o muy jóvenes quienes haya iniciado los movimientos de cambio en el mundo con una ola de protestas como las iniciadas por Greta Thunberg. Con tan solo 15 años, Thunberg inició solitariamente, una huelga escolar en el 2018, frente al Riksdag del parlamento sueco en Estocolmo, demandando al gobierno de su país que tomara medidas contra el cambio climático y que redujera las emisiones de carbono según lo establecido en el Acuerdo de París. La joven tiene hoy millones de seguidores en todo el mundo. Las exigencias han puesto en jaque a los gobiernos; sus intervenciones acaparan la atención de la prensa mundial y han logrado poner al mundo en alerta respecto de las consecuencias de los desequilibrios ambientales. Si bien el efecto propagandístico tuvo éxito, las medidas destinadas a la restricción de los daños ambientales tomadas hasta ahora, aunque importantes, son paliativos que no impedirán las consecuencias finalmente catastróficas que castigarán a la biosfera y sacudirán a la humanidad.

En síntesis, la falta de resultados que aseguren la protección del ambiente, se debe principalmente al rol hegemónico de los países desarrollados, controlados por un sector muy minoritario, pero poderoso económica y militarmente.

Hoy, la salud de la biosfera está supeditada a la voluntad, escasa o nula, del capitalismo de preservarla. Es necesario replantear la estructura mundial de modo de que el capitalismo, o cualquier otro sistema económico que pueda surgir, quede supeditado a la salud del planeta y no a la inversa. Sin duda es una tarea monumental, pero equivalente a las que enfrentaron nuestros antepasados.

Quienes detentan el poder mundial son poderosos, pero del otro lado se encuentra la mayor parte de la población; mayoritariamente jóvenes que viven en la pobreza, carecen de futuro y que no tendrán un planeta en donde vivir a menos que se hagan estos cambios.

Tiempo no queda, pero los grandes cambios muchas veces ocurren y han ocurrido cuando ya no quedan opciones más que las de aplicar modificaciones profundas. Marx propuso que el capitalismo iba a dar paso a un sistema superior, el socialismo, y que de éste devendría el comunismo en una sociedad donde cada cual daría lo que pudiese y recibiese en cambio lo que necesitase. En este contexto, planteó que los países más adelantados en el capitalismo como Estados Unidos, Inglaterra y Alemania serían los primeros en pasar al socialismo. Sin embargo, la pobreza extrema de Rusia en tiempos de los zares y las consecuencias dramáticas de la guerra con Alemania, mostraron que eran el contexto dramático y la desesperanza, más que la evolución natural de los sistemas, los que impulsarían los cambios económico sociales. Una situación similar fue la de China, uno de los países más atrasados del mundo cuando surgió la revolución socialista.

El uso racional de la inteligencia ha llevado los avances tecnológicos a limites inimaginables hace unos años; estamos prontos a saltar al espacio, explorar el universo e indagar sus confines y orígenes; pero, al mismo tiempo, la irracionalidad de un sector minoritario de la humanidad nos empuja al borde de un despeñadero del que no podremos retornar.

Los responsables de la catastrófica crisis actual, sin precedentes por sus características, no son los jóvenes, quienes heredaron esta crisis. Sin duda, la mayor responsabilidad les corresponde a los adultos, quienes inmersos en un sistema capitalista agónico y agresivo, han sido incapaces de cuidar el planeta para el futuro. Esta incapacidad nos lleva a pensar que la tarea ciclópea de enmendar años de errores y mezquindades no puede ser llevada adelante por los mismos que los causaron, sino por las nuevas generaciones.

¿Si es esto posible? ¡Obvio que sí! ¡Aun los humanos de hace 40.000 años pudieron superar la amenaza de su extinción!

Bibliografía

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Luis Politi, 15 de junio del 2023

inpoliti.blogspot.com

Ex Profesor Titular de Biología Celular y Neurobiología de la Universidad Nacional del Sur, Bahía Blanca (Argentina) y Ex Investigador Principal del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET), Argentina.

Luis Politi nació en Buenos Aires en 1950. A los 6 años, sus padres se hicieron cargo de una escuela en la selva formoseña; allí el contacto con la naturaleza marcó su personalidad. Se graduó de biólogo en Bariloche; realizó su trabajo de tesis en la Universidad de Johns Hopkins; obtuvo su doctorado en Biología en la Universidad Nacional del Sur y realizó un postdoctorado en la Universidad de Harvard. Fue Profesor de Biología Celular en la Universidad Nacional del Sur y es Investigador del CONICET Su vida ha sido un largo recorrido de lugares y culturas diferentes de Argentina y Estados Unidos. Ha publicado dos libros, “Formosa Puros Cuentos” y “Las Gárgolas”. En el primero, amalgama su percepción de la naturaleza humana y su mirada crítica de una cultura poco conocida del norte argentino. “Las Gárgolas”, es un viaje donde fusiona sus orígenes en la selva, la biología, su pasión y su imaginación transportando al lector a un mundo fantástico. En “Cuentos de la Cuarentena”, los protagonistas son acosados por las vicisitudes de un mundo peligroso y cambiante, revelando aspectos sorprendentes de sus personalidades e incitando al lector a reflexionar sobre la condición humana.

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